Septiembre 02, 2010
Show must go on (y 2)
El postparto ha sido un infierno. A las dificultades normales de un postparto (el dolor de los puntos, el bajón de hormonas que te traslada a un universo paralelo, los lloros desconsolados que no sabes como parar, las noches sin dormir, el caos) se añadió que Bet nació con el frenillo de la lengua corto. Esto significa que, aunque parecía estar mamando bien, en realidad la lengua le hacía poco juego y tragaba muy poco, por lo que empezó a perder peso peligrosamente.
En el hospital (La Maternitat, jamás volveré a parir allí, me tocaron unos profesionales nefastos), en vez de buscar la causa de la pérdida de peso nos recetaron directamente un biberón después de cada toma, así que en poco tiempo Bet estaba tomando un montón de biberones (se los dábamos cada vez que lloraba, sin saber si era por hambre o qué, era lo único que la anestesiaba) y casi nada de pecho. A eso se unía la poca fe que tiene mi familia en mi: que si tienes poca leche, que si tu leche es mala, mejor dale lactancia artificial, será más fácil y todos contentos.
Pero yo no estaba contenta. Ninguna mujer que yo conozca que haya tenido que dar biberones es feliz y nadie sabe, excepto ellas, lo muchísimo que duele que te digan que tu leche es mala, lo que te pone emocionalmente aún peor y hace que tengas menos (se podría comparar quizás al dolor que siente un hombre al que le dicen que la tiene pequeña). Por último, estaba el coro de amigas, vecinas y abuelas con sus consejos tipo: bebe horchata, come avellanas, come más que si estás flaca no tienes leche (salí del hospital sólo con 2 kg de más respecto a mi peso habitual). Así que, ya me conocéis, les hice caso a muerte y en dos meses aumenté 10 kg, pero de más leche, ni rastro.
Por suerte, encontramos a una experta en lactancia que nos explicó que no existen mujeres con poca leche o mala leche, que es un bulo de las viejas. Si un bebé no engorda es porque mama en mala posición, se le ofrece poco el pecho (cuanto más maman, más leche produces, cuanto menos, menos) o tiene un problema de frenillo que le impide mamar bien, por lo que traga poca leche y, a la vez, no succiona lo suficiente para que su mamá produzca lo necesario.
Teníamos, entonces, a una bebita que al acabar el primer mes pesaba lo mismo que cuando nació (jamás perdió, pero tampoco aumentó), que se pasaba el día llorando de hambre y que, si seguíamos emperrados con la lactancia materna, había que cortarle el frenillo y reeducar su forma de mamar, un trabajo ingente puesto que, a raíz de lo del frenillo, se había acostumbrado a chupar sólo la punta del pezón, que me dolía un montón. Era un reto, que me supondría pasar todo el postparto del sofá a la cama y viceversa, con tomas de una hora y más, revisando continuamente la posición de Bet hasta que la pequeña se acostumbrase. Una tortura, para ella y para mí.
Aquí tiré la toalla. Muchas la tiran antes, cuando en el hospital les recetan bibes y sus bebés acaben prefiriendo el bibe a la teta. Bet no, pero esta nueva pantalla del videojuego ya me parecía imposible de superar.
Por suerte tengo un compañero que vale un imperio. Alfonso, te quiero! Me animó a intentarlo, aduciendo que, si no, en el futuro siempre estaría pensando qué habría pasado si hubiese seguido adelante. Y nos pusimos a ello, sacando no sé ni cómo -estaba emocionalmente muy débil- a una leona que vive en mis entrañas: tiré los bibes por la ventana y me enchufé a Bet a la teta. Al principio siguió sin aumentar y con mucha hambre, porque aunque le cortamos el frenillo, seguía mamando mal. Después de 15 días de solo pecho seguía sin aumentar así que, muy a mi pesar, tuvimos que volver a introducir suplementos, pero esta vez menos, super controlados y priorizando siempre la teta.
He estado 3 meses dando de mamar continuamente. Me ayudó un montón el libro de Carlos González, "Un regalo para toda la vida", con el que pude combatir totas las tonterías que te dicen las viejas sobre el "no tienes leche" y que me regaló Rosa, una amiga de la lista de las Ciberdones (otra vez mi amada Internet al rescate!). También la web socpetit.cat, que recomiendo a cualquier mujer que haga este viaje increible de ser madre. Durante 3 meses, ha sido un hacking continuo: no he tenido nada más en la cabeza, he probado todos los trucos, me he empapado del tema lactancia y me he convertido en una experta.
A partir del tercer mes, por fin pudimos empezar a disfrutar de Bet, que va engordando aunque, como empezamos la carrera los últimos de la fila, se nos ha quedado un pelín delgadita. Ya sólo le damos un bibe de suplemento, de 60 ml, que dudo en quitarle porque es quitarle a Alfonso su alegría: nos lo repartimos de forma que yo daba la teta y él, los bibes, siendo así la alimentación de Bet un fifty fifty entre ambos y una forma para que papá también participase.
No le deseo a nadie los mares tormentosos por los que he estado navegando. A nadie. Y el mayor dolor que me queda es haberme dado cuenta de que son las propias mujeres quienes coartan a sus iguales la maravilla que es dar el pecho, con bulos como "tu leche está aguada". Todas tenemos leche suficiente. Todas. Sólo una proporción bajísima tiene una enfermedad por la que no puede dar el pecho. El resto, o no maman en la posición correcta, o dan demasiadas pocas tomas. Nada más. Lo que necesitan no son biberones sinó alguien que las enseñe. Lo escribo aquí clarito para que quede claro a las navegantas. No os dejéis engañar, aprovechando que estáis desorientadas.
