23 de Abril de 2009
Un cuento sobre ayudar a los otros
Ayudar a otra persona no es fácil. Puede que la persona no quiera la ayuda o, peor, que la quiera tanto que se convierta en dependiente de la ayuda de otros y jamás sepa ayudarse a sí misma. Si sobreprotegemos demasiado a alguien, jamás aprenderá la lección que le manda su pesar. Así, ayudar se convierte en un arte: ni demasiado, ni demasiado poco. Acompañar y a veces observar a distancia, pero nunca entrometerse demasiado en el ciclo del otro. Por muy oscuro que sea su pozo. Así interpreto ese precioso cuento, sacado de un maravilloso libro que estoy leyendo:
Una vez un hombre se encontró un capullo de mariposa. Un día apareció una pequeña abertura, de modo que se sentó a observar la mariposa durante varias horas mientras esta trataba con fuerza de atravesar aquel agujerito con su cuerpo. Entonces pareció dejar de hacer ningú progreso. Daba la impresión de que la mariposa hubiese llegado al límite de sus posibilidades.
El hombre decidió ayudar a la mariposa: cogió unas tijeras y cortó el trocito de capullo que quedaba. La mariposa salió entonces fácilmente, pero tenía un cuerpo hinchado y unas alas pequeñas y arrugadas.
El hombre continuó observando a la mariposa porque esperaba que, en cualquier momento, las alas aumentarían de tamaño y se extenderían para poder aguantar el cuerpo que, a su tiempo, se contraería. No sucedió ni lo uno ni lo otro; de hecho, la mariposa se pasó el resto de su vida arrastrándose por ahí con un cuerpo hinchado y alas arrugadas. Jamás pudo volar.
Lo que el hombre, con su bondad y su prisa, no comprendió fue que el limitador capullo y el esfuerzo necesario para atravesar la abertura eran la forma del Creador de obligar a que el fluido del cuerpo de la mariposa se transformase en sus alas. Esta estaría lista para volar una vez que lograse su libertad respecto del capullo, a su debido tiempo.
"La mujer que se sueña a sí misma". Pamela A. Field.
