8 de Agosto de 2006
Noche de un cuento de verano
Estaban sentados juntos, en dos cómodas tumbonas de ropa, en la terraza. Miraban el cielo sin estrellas de una noche de verano. Acababa de caer una estrella muy brillante y fugaz y ambos se habían cogido las manos, en silencio. Ella había pensado un deseo y dejó que la mente lo repitiese un par o tres de veces, para asegurar la efectividad de la magia estelar. Siempre lo hacía. Pasó un instante antes de que él dijese: -¿Has visto?. Y ella, con una sonrisa, asintió. Se había parado el tiempo, aquella noche.
Él apuró las últimas gotas del Daiquiri que tenía en la mesita de cristal, a su izquierda. Se giró hacia ella, que continuaba mirando el cielo, acurrucada en la tumbona, con la mano en la de él, sintiendo su compañía. Poco a poco, los ojos de ella pasaron del cielo a los ojos de él, los cerró, perezosa, y los volvió a abrir, acompañándolos con un beso de lejos. -¿Vienes a la cama? - dijo él. Y, sin esperar la respuesta, se acercó a ella y le devolvió, labios contra labios, el beso.
-¿Cuándo volverán papá y mamá? - preguntó ella.
-Espero que nunca.
Copyright 2006 Mercè Molist.
Verbatim copying, translation and distribution of this entire text is permitted in any digital medium, provided this notice is preserved.
Daiquiris en el ático? ala V.C. Andrews...?
SpotlessMind | 8 de Agosto de 2006 - 10:02 AMNo: ¿Quiere usted ser millonario?
"¿De qué ingredientes se compone un Daiquiri?".
:)
Mercè | 8 de Agosto de 2006 - 12:15 PM
Un Daiquiri es un mojito, ¿no?.
Por cierto, M&M, por si te interesa el grupo de news "es.soc.cultura.teatro" que estaba vacio fué okupado por un numeroso grupo de ciberokupas que se dedican a escribir cuentos cortos y microcuentos.
The C1-B0rg | 9 de Agosto de 2006 - 11:12 PMLA CHICA DEL FRONTÓN
Aquella tarde fui a jugar al frontón del pueblo, como lo había hecho ya un montón de veces durante el verano. Alguien decidió por mí que ella jugaría conmigo. “Ella” era una especie de niña alta y delgada, rubia y de ojos azules, con el pelo cogido tras de su nuca como una cola de caballo. Sonreía.
Cuando falló la primera pelota, soltó un “nooooooo”, protestando con su voz suave y haciendo una especie de ondas inacabables con su boquita redonda, como si fuera una cantante lírica. Me sorprendí pensando que aquella forma de decir “no” me importaba un carajo, no me atraía para nada. Ella buscó en vano mi mirada, para que yo justificara su fallo. Pero a mí me importaba una vaina tanto ganar como perder, jugando con aquella nenita de ojos claros.
De manera que toqué la pared con mi raqueta, mientras hacía un gesto que quise fuera desagradable. La siguiente vez que tocó la pelota, la mandó para atrás, donde yo nunca podría enviarla, con su brazo delgado y largo como un regaliz de palo. Nunca antes había visto soltar a nadie el brazo, tanto si era hombre como si era mujer, de esa forma. En ese momento me pareció como si la chica fuera de acero. Ganamos.
Al día siguiente apareció en el frontón con un chaval mucho más joven que yo, de ojos de serpiente y boca de rana enigmática. El chaval era aún más alto y casi tan delgado como ella. Cuando empezó el partido y metió el primer zurdazo al 9, que resté con dificultad, me dije a mí mismo que aquel desafío había que ganarlo. Solo que mi pareja era el animal de Javier, una fuerza descontrolada que lo mismo sacaba la pelota del frontón hacia atrás que hacia delante.
En cuanto vi distraída a la rubita sonriente, le metí un “dos paredes” que no pudo alcanzar, mientras repetía aquel “nooooooo” que yo ya conocía, con sus atractivos morritos redondos. Después, fui a por la pelota, me agaché para cogerla mientras miraba a la chica de reojo, y luego me acerqué a mi compañero.
- Bueno- le dije entre dientes al bestia de Javier- Tírale todo atrás a ese mamón, tírale a muerte.
Mi compañero asintió. El partido prometía ser divertido. Yo no quería que aquella rubia larga y bonita que tenía la fuerza de una tenista profesional me impresionara. Solo quería ganarle, oírle decir aquel “nooooooo” cada vez en un tono más angustioso, borrarle aquella sonrisa de su rostro, humillar a aquel compañero suyo tan mono de pelo rizado que protestaba nuestros tantos diciendo como un niño repipi “a mi compañera también le ha parecido que ha sido buena”.
- Qué buena ni qué hostias, niño pijo- me dije a mí mismo cada vez que este protestaba- Este frontón es la guerra y mi compañero ya se encargará de robaros todos los tantos que pueda. Por mi parte, como hay espectadores, tendré que dar otra imagen. No tengo por qué desgastarme. Si soy mucho más viejo, también tendré que ser mucho más inteligente.
En uno de aquellos forcejeos que tuve con él en la parte de atrás del frontón, salí como un tren hacia delante y me encontré con la niña que, de espaldas, me impedía darle a la pelota. La tiré al suelo. Y, luego, le dije, con expresión de idiota, “perdona”.
Ella, mientras se levantaba, tan sorprendida como furiosa, me miró con odio, diciendo entre dientes:
- He sentido como si me atropellara un camión.
Qué necesidad tenía... Yo miré para otro lado, evitando que viera mi sonrisa, mientras pensaba que, si no la hubiera empujado, aquella pelota hubiera sido tanto para ellos. Y no me dio la gana. A fin de cuentas, la cancha es la cancha.
A fuerza de pelotazos del animal que tenía por compañero y de alguna jugada mía habilidosa que saboreé como un coyote hambriento, logramos acorralar a la pareja hasta que aquel chaval empezó a perder la compostura. Pero más la perdió ella, discutiendo algún tanto con expresión de odio mientras me miraba, con su raqueta tirada en el suelo y los brazos en jarras.
Cuando ocurría esto, yo invariablemente miraba hacia el suelo rehuyendo su mirada de loba. Ya había dejado de decir “nooooooooo” de aquella forma en la que cualquier hombre maduro en la misma circunstancia hubiera enloquecido por besarla, por oprimir su cuerpo de junco contra la pared izquierda, por someter para siempre a aquellos dos látigos que eran sus brazos.
Cuando el chico aquel de ojos de serpiente tiró por última vez la raqueta al suelo, furioso por no poder llevar a buena la pelota que era nuestro tanto postrero, y la chica le miró con los ojos inyectados en sangre de la mujer furiosa y desilusionada, respiré profundamente.
Mientras ella pasaba a mi lado, con paso firme, dispuesta a marcharse de allá para siempre, nuestras miradas coincidieron por un momento. Yo sabía que jamás sería mía. A ella, por su parte, ni se le habría ocurrido tener alguna relación conmigo porque, en su frialdad de cría hermosa, ni siquiera aquel chico zurdo de ojos de serpiente al que yo pasaba treinta años, le atraía.
Esa misma noche soñé que era un dragón. Sí, yo era un dragón. Mientras sesteaba, tumbado, en las profundidades de un bosque, una avispa de ojos azules y boca redonda picoteó todo mi cuerpo hasta matarme. Cada uno de sus picotazos me paralizaba más y más. Impotente, sin poder moverme, oía el batir de sus alas cada vez que se alejaba de mí con la intención de volver a darme una picada más, y otra, y otra. Mientras se alejaba, reía, con su voz fresca de joven cantante lírica.
Me desperté. Y juré para siempre no volver a pasear mi maldito ego por un frontón.
Mercé:
Tu cuento de una noche de verano es acojonante.
