Abril 19, 2010
La última canción de Miley Cirus
En esta cinta se unen dos fenómenos muy interesantes. Por una parte, la de la estrella adolescente absolutamente encasillada en el papel que le ha dado fama. Por otra, la de una estrella de la canción que no canta más que unos compases y finge tocar el piano. Miley Cirus, Hanna Montana, es uno de esos fenómenos inexplicables que, de vez en cuando, sacuden la industria audiovisual.
Miley está dotada de buena voz y de un gran registro para los papeles cómicos, así que su aparición como cantante y protagonista de una serie que lleva su nombre fue todo un éxito. Discos, conciertos, mercadotecnia de todas clases, tres temporadas de televisión y una película, la avalan como la estrella indiscutible del universo juvenil.
Pero hacer el mismo papel cansa y Miley ha intentado dar un giro a su carrera con La última canción, un melodrama un poco antiguo y soso. Con una carrera escrita con tiralíneas, hacer experimentos no suele salir bien y cada vez que Miley Cirus aparece en pantalla, lleva en sus revueltos cabellos a Hanna pegada como un sello a sus expresiones y gestos.
Y no lo digo en demérito de la actriz. Muy pocos grandes actores han conseguido sobrepasar la frontera del papel que les dio fama y brillar en otros por sí mismos. Ni Charles Chaplin se libró de Charlot nunca, ni Mario Moreno de Cantinflas, por poner a dos genios como ejemplo. Y MIley Cirus no es una excepción. Hace falta mucho valor y talento para ser tan creíble como Julie Andrews en Víctor o Victoria, después de haber estado prisionera de Mary Poppins durante décadas.
La última canción intenta convencer al espectador de los problemas de conducta y comportamiento que arrastra una chica neoyorquina obligada a convivir con su padre y su hermano durante un verano. El amor, la paciencia y unos huevos de tortuga calmarán el corazón de la joven que se enfrentará a duras pruebas antes de regresar a su casa.
Hay secuencias de voley playa, animalitos tiernos, iglesias que se reparan y amigos inseparables que trabajan en un garaje, pero ni las lágrimas ni los diálogos conmueven mucho, precisamente por su desesperada obviedad. Y no consigo entender porqué no canta -sólo unos compases de una canción que oye en la radio-, ni toca el piano, a juzgar por los planos, en los que no se ven las manos y su rostro en el mismo momento. Aunque la publicidad esté basada en ambos hechos.
Más allá del tiempo, un romance en el filo de la relatividad
La primavera suele traer a las pantallas algunos títulos de esos que hacen rechinar los dientes a los distribuidores, películas de cuota que han de ser proyectadas si el cine en cuestión quiere después una copia de los iron man de turno. Son las reglas, aunque algunos de los males del cine español podrían tener solución si esas prácticas desaparecieran.
Más allá del tiempo es un pasatiempo romántico, de esos por los que se suele discutir en pareja, aunque ambos acaben igual de decepcionados. La idea de partida no es mala -haciendo abstracción de los elementales conocimientos de Física que todos tenemos-, pero acaba siendo un poco estirada hasta el límite. Todo para conseguir que una historia de amor, más o menos vulgar, se transforme en una especie de Romeo y Julieta en la que las pegas no las ponen las familias, sino el espacio-tiempo.
Henry descubre siendo niño que tiene un extraño problema genético que le hace viajar en el tiempo, sin poder controlar ni su destino, ni la época, ni alterar nada. Esa particularidad le obliga a llevar una vida un poco errante y al filo de la ley, en busca de unas ropas que puedan ocultar su obligada desnudez de viajero en el tiempo. El desorden genético, claro, no se aplica a las ropas ni los objetos.
En uno de esos viajes conoce a una niña imaginativa y crédula, Clare, que acepta sus explicaciones y lo recibe con frecuencia, a pesar de los 30 años que les separan. Hablar de tiempo en una película como esta es difícil, pero el caso es que, cuando se encuentran en una edad en la que ella puede tomar sus decisiones y él no terminar en la cárcel, ambos están enamorados y se casan.
Algunos amigos, el padre de él, la tragedia de ver morir a su madre, los intentos por tener un hijo y algunas peripecias espacio-temporales, rellenan el resto. Hasta que el espectador, un poco mareado por los cambios de Henry, que lo mismo vive con Clare como un joven de 30 años, que como un maduro galán con canas, siente también el deseo de viajar en el tiempo y volver a la taquilla.
El director Robert Schwentke debutó en EEUU con Plan de vuelo: desaparecida, en la que Jodie Foster buscaba a su hijo en un avión; una película con ritmo y mejor dosificada que ésta. Más allá del tiempo, disipada la sorpresa final es demasiado rutinaria, en los diálogos y las interpretaciones -sólo se salvan las niñas-, como para dejar mucho recuerdo, por mucho tiempo que pase.
