Marzo 01, 2010
Shutter Island, una rallada de Scorsese
A veces, algunos críticos de cine, para no tener que reconocer que la obra de un gran director no les ha gustado, recurren a subterfugios como "película de extremos" "que no deja indiferente" o recurren a la dirección de actores, la producción, o cualquier otro aspecto técnico que les libere de la necesidad de pronunciarse claramente. Ese es un poco el caso de Shutter Island, una película anómala y fascinante de Martin Scorsese.
Es anómala porque al habitual ejercicio de estilo de Scorsese, se une un argumento poco lineal, profundo y oscuro, en el que sólo desentona su estrella fetiche, Di Caprio, que no está ni mucho menos se le espera a la altura de las circunstancias. Inexpresivo, plano y hasta despistado, en un papel que en manos de otro daba para una obra maestra.
Es fascinante porque la locura como eje de un discurso cinematográfico se convierte, en manos del maestro Scorsese, en una materia tangible, en algo vivo y palpable, que recorre las tripas de todos los planos, los paisajes y los personajes. No es una película sobre la locura, es la misma locura la que vertebra el filme.
En su momento no me gustaron mucho ni Infiltrados ni El aviador, pero con esta isla de pesadilla, tan real que parece una alucinación, me reconcilio con un cineasta realmente grande. Es una rallada, sí, como decían los espectadores más jóvenes con los que compartí proyección, pero una rallada maestra, que se queda en el esófago y no se digiere hasta pasadas unas horas.
No se la pierdan, pero no esperen aventuras, complacencias o ligereza, es un filme tenebroso, para rozar sentados y sin peligro los abismos de la mente humana, la capacidad del ser humano para protegerse a cualquier precio.
