Febrero 24, 2010
Daybreakers, más vampiros y menos humanos
Parece que están de moda las parejas de hermanos dirigiendo, lo que siempre resulta una garantía -para ellos- a la hora de equivocarse. Los hermanos Peter y Michael Spierig dirigen con energía, pero con poca novedad, Daybreakers, otra película más de vampiros con vocación de originalidad, lo que consiguen a medias.
Si en Underworld un mundo medieval estaba dominado por los vampiros y los licántropos, con los humanos de mano de obra esclava, Daybreakers está ambientada en un no muy lejano 2019. Una epidemia ha transformado a la humanidad en vampiros y las personas que han escapado o se han negado a convertirse, son ahora cazadas e internadas en granjas para que su sangre sirva de alimento a las criaturas dominantes.
Los vampiros son, por supuesto, de ojos amarillos, invisibles a los espejos y no soportan la luz del sol, lo que da pie a un planteamiento original e inquietante, con las ciudades desiertas y conectadas por una red de túneles que les permite esquivar el sol, mientras desarrollan su actividad como trabajadores urbanos, como si nada hubiera pasado.
Pero este paisaje idílico de una humanidad vampírica inmortal tiene un reverso preocupante: las reservas de sangre humana se agotan con rapidez y hay que encontrar una sustancia que pueda alimentarlos. A estas alturas, Ethan Hawke no termina de creerse su personaje de vampiro hematólogo, un oxímoron digno de Umberto Eco, como hípica azteca.
El que sí se lo cree y disfruta con el papel es Willem Defoe, cada vez mejor actor haga lo que haga, como un desaprovechado Sam Neill. La película es distraída, con buenos momentos, aunque sea previsible y convencional a la media hora. Al final, en mi opinión, hay un exceso de glóbulos rojos en una orgía de sangre que revuelve cualquier estómago.
