Febrero 08, 2010
Tiana y el sapo, el ala izquierda de los estudios Disney
Esta vez, confiando la dirección a John Musker y Ron Clements, Disney sí ha conseguido dar un ligero golpe de timón y abandonar el rumbo que lleva desde hace decenas de años. No es que haya abandonado los rasgos principales de sus películas, a saber: el triunfo del bien o del mal, los personajes susceptibles de comercializarse, el final feliz o los momentos aterradores para que los más pequeños no los olviden jamás.
Tiana y el sapo incorpora, con sabiduría y hasta con humor, algunos asuntos tabú hasta ahora como la muerte y la traición, sin perder ni un ápice del 'estilo Disney'. Más allá de Pixar, Disney se ha actualizado con inteligencia, gracias al trabajo de los directores de Hércules, no porque hayan incorporado elementos 'pixar', sino precisamente por evitarlos y crear una película 'disney' del siglo XXI.
Lo de menos es la princesa de color -ya tuvimos a Pocahontas o a Mulan-. Lo interesante es la inversión de roles entre el príncipe y la chica, por así decirlo, el papel revisado de la mujer, las consecuencias de una vida sin esfuerzo, el sacrificio por amistad o la deslealtad de un compañero. Sólo por eso, ya vale la pena, aunque el diseño de personajes siga siendo un poco 'corta pega' de filmes anteriores. La música es espectacular y hay secuencias con un ritmo y un movimiento de cámara que harían palidecer a otros directores de cine con personas.
Si la compañía del tío Walter sigue en esta línea, lo siento por otros estudios pero habrá Disney para varias generaciones más.
La sociedad de la cobardía
No es una cuestión de ideología, sino de realidad: vivimos en una sociedad cobarde, antes que en una sociedad de la información. Cobardía de los políticos, de todos los signos, incapaces de llamar a las cosas por su nombre, más preocupados por las encuestas que por hacer política. Cobardía del Gobierno, que tiene que gobernar y no se atreve, pendiente de que no se note de que va a volver a hacerle el juego a la derecha.
Cobardía de los sindicatos, literalmente comprados con fundaciones, con el dinero destinado a la formación y los puestos en consejos sociales o de administración. Cobardía de los medios de comunicación, dedicados al cuanto peor, mejor y a contribuir a la cobardía silenciando o prescindiendo de cualquier voz crítica. Cobardía de los empresarios, más interesados en cambiar de coche o de móvil cada año que en invertir, imaginar y construir empresas de verdad.
Pero la peor es la nuestra, la cobardía de los ciudadanos, que hemos abandonado cualquier rebeldía, cualquier atisbo de protesta, para mantener el fin de semana en la casa rural y la hipoteca. Se nos va la fuerza por la boca en los bares o en los comentarios a las noticias, pero nada más: adocenados, ignorantes y sumisos como jamás lo hemos estado. Creemos que con un votito cada cierto tiempo, ya vamos servidos, que para qué molestarse en escribir al congreso, o salir a la calle, o peor aún, ¿para qué tener ideas? ¿para qué ser ciudadanos?
Creo, honradamente, que peor que la crisis económica es la crisis de dignidad, de vergüenza, que la sociedad tiene en la mayoría de los ámbitos.
