Septiembre 11, 2007
Death Proof, una gamberrada genial
Que el director Quentin Tarantino es uno de los mayores gamberros del cine es una obviedad y que es un cineasta que roza la genialidad, también. Asi que su última película, Death Proof, es una prueba más de ambos rasgos: es una gamberrada genial. Tarantino suele explicar en cada película qué piensa del cine a través de sus propias películas y, de paso, dar un repaso a las tendencias actuales. Y en Death Proof no podía ser menos.
La película es un homenaje completo y certero a los programas dobles del cine de serie B de los 70: desde el montaje a saltos, la mala calidad de la copia –con rayajos, una secuencia sin color y saltos en la música y los diálogos-, a los primeros planos gratuitos de los culos de sus actrices. En Death Proof todo está medido, ajustado al milímetro para que la película sea un homenaje cariñoso y no una parodia infumable. El argumento es sencillo y hasta tópico: psicópata más chicas de excursión; y sin embargo qué forma de darle la vuelta, qué punto de vista tan diferente es capaz de mostrarnos.
Excelente director de actores, Tarantino convierte a un Kurt Russell único en un psicópata tan creíble como malvado, aunque al mismo tiempo es capaz de situarlo en otro tiempo, de convertirlo en un personaje fuera de lugar, no por su maldad, sino por su propia vida. Por ejemplo, en una secuencia memorable, Russell deja de ser amenazante –luego volverá a serlo- para resultar patético, mientras relata sus peripecias televisivas como doble de acción delante de tres veinteañeras que no tienen ni idea de a qué series o actores se refiere.
En su discurso sobre lo que es y lo que no es el cine, Tarantino deja claro que nada de efectos digitales, que la tensión, el suspense, el interés del espectador se tiene que sostener por la historia, por la narración, a despecho de las técnicas empleadas para su filmación y, por supuesto, que siempre es mejor sugerir que mostrar. Si tienes que mostrar, hazlo, pero hazlo bien y con sencillez, parece decir en dos secuencias especialmente brutales. Por lo demás, su apuesta por las mujeres como verdaderas heroínas se mantiene intacta, así como un par de guiños al espectador “marca de la casa”: su presencia en el filme como propietario de un bar decorado con carteles de cine que incluye una película de Charo López (¡!), y el diálogo de dos policías, padre e hijo en un hospital en una secuencia que es para tirarse al suelo de la risa.
