Septiembre 06, 2007
Ratatouille, una fiesta de los sentidos
Conocí a John Lasseter durante su gira promocional para presentar Bichos en 1998, tres años después del estreno de Toy Story, la película que cambió para siempre el concepto de cine de animación. Para ganar tiempo y dar cabida a todos los medios, esas giras incluyen entrevistas colectivas de unos veinte minutos con tres o cuatro periodistas a la vez. Y son una pesadilla, porque el personaje está aburrido, no sabes con qué compañero te puede tocar y puede ser un plasta que no deje meter baza o, peor aún, haga todas las preguntas "originales" que llevabas preparadas.
Pero aquella entrevista colectiva, realizada tras ver la película, salió redonda: eramos tres enamorados de la animación, sintonizamos con el personaje, Lasseter no estaba muy cansado y nuestras preguntas -que incluían referencias a los grandes maestros-, le animaron. Hasta le preguntamos por Cruz Delgado, el más importante de los cineastas españoles de animación, y lo conocía. Ya no me acuerdo qué le preguntamos exactamente, porque muchas preguntas eran impublicables: sólo para iniciados, pero no he olvidado dos cosas. Una, el cariño con el que sujetaba un peluche muy detallado de Hopper, la malvada langosta. Y dos, el brillo de sus ojos cuando hablaba del cine que le gustaba hacer.
Ha pasado el tiempo y tanto Lasseter como Pixar han crecido en todos los sentidos, pero sobre todo creativamente. El cine de Pixar sigue en mi opinión un esquema muy sencillo, narrativamente eficaz y técnicamente impecable. El argumento es clásico: un viaje iniciático, la amistad, el compañerismo, un poquito de nostalgia por tiempos pasados, malvados con un punto de ironía y una ternura sensata, no sensiblera. Sus historias se dividen en dos clases: las que tienen protagonistas colectivos (Toy Story, Monstruos S.A.) y las que tienen un protagonista soñador y visionario, casi marginado de su entorno, incomprendido y genial, como en Bichos o en Buscando a Nemo.
Es en estas últimas donde el discurso de Lasseter -o de Pixar, dirija quien dirija- es más personal e íntimo, donde la historia que cuenta deja de ser un cuento para niños para ser algo más profundo sin perder la sencillez. Y aqui nos encontramos con Ratatouille, la última y verdadera obra maestra del cineasta californiano. Ratatouille es una historia de marginados, de afanes de superación, de exaltación de la amistad y de un sueño imposible hecho realidad: una rata de alcantarilla, ladrona por definición, portadora de todas las enfermedades, criminal desde la cuna, convertida en chef, reina de las cocinas más impolutas.
Ratatouille se articula en torno al discurso más radical -y yo creo que más verdadero- de Lasseter, el que expresa la cultura de Pixar: vale la pena arriesgarse. Vale la pena darle la vuelta a los tópicos y explicar a través de una comedora de basura qué es la comida, qué son los sabores y cómo se articulan éstos en nuestro paladar, cómo nuestra relación con los alimentos puede ser una necesidad biológica, pero también una cultura y una fiesta.
Ratatouille es una obra de madurez desde el principio, pero cuando alcanza su cénit se convierte en una pieza maestra. Llegado el final, cuando nadie le hubiese reprochado tirar de manual y cerrar el film de una forma convencional, Lasseter se descuelga con un extraordinario parlamento sobre la crítica, el riesgo, las convenciones humanas y los prejuicios, capaz de cortar el aliento. Pensada como una comida -francesa, asi que el orden de los platos es diferente-, Ratatouille se cierra con un café aparentemente ligero, pero sin azúcar y un impagable plano de París a través del cartel de un restaurante que inaugura una nueva era.
Como en los carteles publicitarios que entrecomillan las frases favorables de los críticos, no se me ocurre nada mejor que decir: No se la pierdan.
