Abril 02, 2007
El jefe no quiere serlo
Cada vez encuentro más motivos para defender el cine como tal, al margen de su nacionalidad, de su formato, de dónde o cómo lo veas. El sábado estuve viendo El jefe de todo esto, una comedia delirante de Lars Von Trier, más conocido por sus películas Dogma, y capaz de hacer una comedia sencillamente genial.
Habitualmente, para los genios queda hacer dramones reflexivos o películas de mucha tensión ideológica, política o social. Pero la verdadera medida de lo que es un genio la da su capacidad de hacer reír al espectador. Woody Allen es un genio porque es capaz de filmar Match Point y Misterioso asesinato en Manhattan. Hasta Shakespeare es quien es por escribir Hamlet, pero también por Las alegres comadres de Windsor.
Lars Von Trier es un gran cineasta que ha filmado Dogville o Europa, pero a partir de ahora también es un genio por hacer El jefe de todo esto. Y es el mismo cine y el mismo genio. La historia, de imposturas, representaciones y actuaciones, recuerda un poco a la de Whisky, la joyita uruguaya de hace unos meses.
Un empresario decide, al construir su empresa, no figurar como tal y ahorrarse el mal trago de presentar como propias las decisiones, malas y controvertidas, que toma a diario. Para ello construye un personaje que solo vive a través de los correos y las órdenes que transmite: es el jefe de todo esto. Cuando se presenta la oportunidad de vender la compañía, el empresario se ve obligado a contratar a un actor para que haga de jefe y rematar la ficción.
A partir de ahí, Trier construye una delirante comedia con un grupo de actores tan desconocidos como buenos. Aunque a las comedias no les sienten bien los subtítulos y yo no entiendo una palabra de danés, no hay un solo momento en que no tengas la sonrisa en la boca ante las situaciones y los equívocos que la presencia del jefe provoca en la compañía. Y al mismo tiempo, los diálogos encierran algo más.
Porque a esa comedia, a esa corriente de divertimento sin más, Trier añade una reflexión inteligente e implacable sobre el juego de la representación, sobre quién es actor en una empresa, sobre cómo nos desenvolvemos en contextos que no son los nuestros. Es, otra vez, el gran teatro del mundo de Calderón, 500 años después. No somos lo que parecemos, ni tampoco parecemos lo que somos, viene a decir. Todos representamos un papel y el autor de la obra no tiene más autoridad que cualquiera de sus personajes. Sobre todo cuando esos personajes lo son sin su consentimiento.
