16 de Mayo de 2010
Prince of Persia, la confusión de géneros y el productor estrella
Confieso no haber jugado nunca al Prince of Persia, aunque lo intenté. Así que no puedo juzgar la bondad o desacierto de esta adaptación del videojuego al cine. Que los grandes estudios americanos tengan que buscar inspiración o directamente los argumentos en cualquier otro medio sería objeto de un libro entero.
Prince of Persia, las arenas del tiempo es un espectáculo y como tal hay que juzgarlo, sin más intención que la de pasar el rato. Lo que sí incluye es un detalle interesante en mi opinión, la presencia cada vez más notoria del productor Jerry Bruckheimer al frente de esta clase de filmes.
Bruckheimer está recuperando la figura del gran productor de la edad de oro de Hollywood, cuando las películas se “vendían” por su productor y no por su director. Bruckheimer, autor de estimables series televisivas –la franquicia C.S.I., por ejemplo, ha conseguido un hueco en ese extraño olimpo de los productores con sello personal.
Por lo demás, Prince de Persia es un revuelto de géneros con un hilo común: que no decaiga la atención ni un momento. La película arranca con un momento Aladdin, de persecuciones y mercados y tiene todos los ingredientes del videojuego y de las mejores cintas de Disney.
El protagonista vuela de plataforma en plataforma, los momentos íntimos con la princesa son breves, los malos son muy malos, no hay alardes de sangre y horror, los compañeros del héroe son muy graciosos. Hay espacio para una música arábigo/persa con todos los tópicos que se le suponen al sonido “oriental” y también para los animales y para el desierto.
Y, por supuesto, los efectos especiales. Nada distingue ya la realidad que vemos en la pantalla con la auténtica. Empiezo a pensar que los actores son extraordinarios, capaces de creerse, rodeados de verde, que están luchando contra la arena o las más venenosas serpientes. Menos mal que los besos, de momento, siguen siendo de verdad.
