19 de Abril de 2010
Más allá del tiempo, un romance en el filo de la relatividad
La primavera suele traer a las pantallas algunos títulos de esos que hacen rechinar los dientes a los distribuidores, películas de cuota que han de ser proyectadas si el cine en cuestión quiere después una copia de los iron man de turno. Son las reglas, aunque algunos de los males del cine español podrían tener solución si esas prácticas desaparecieran.
Más allá del tiempo es un pasatiempo romántico, de esos por los que se suele discutir en pareja, aunque ambos acaben igual de decepcionados. La idea de partida no es mala -haciendo abstracción de los elementales conocimientos de Física que todos tenemos-, pero acaba siendo un poco estirada hasta el límite. Todo para conseguir que una historia de amor, más o menos vulgar, se transforme en una especie de Romeo y Julieta en la que las pegas no las ponen las familias, sino el espacio-tiempo.
Henry descubre siendo niño que tiene un extraño problema genético que le hace viajar en el tiempo, sin poder controlar ni su destino, ni la época, ni alterar nada. Esa particularidad le obliga a llevar una vida un poco errante y al filo de la ley, en busca de unas ropas que puedan ocultar su obligada desnudez de viajero en el tiempo. El desorden genético, claro, no se aplica a las ropas ni los objetos.
En uno de esos viajes conoce a una niña imaginativa y crédula, Clare, que acepta sus explicaciones y lo recibe con frecuencia, a pesar de los 30 años que les separan. Hablar de tiempo en una película como esta es difícil, pero el caso es que, cuando se encuentran en una edad en la que ella puede tomar sus decisiones y él no terminar en la cárcel, ambos están enamorados y se casan.
Algunos amigos, el padre de él, la tragedia de ver morir a su madre, los intentos por tener un hijo y algunas peripecias espacio-temporales, rellenan el resto. Hasta que el espectador, un poco mareado por los cambios de Henry, que lo mismo vive con Clare como un joven de 30 años, que como un maduro galán con canas, siente también el deseo de viajar en el tiempo y volver a la taquilla.
El director Robert Schwentke debutó en EEUU con Plan de vuelo: desaparecida, en la que Jodie Foster buscaba a su hijo en un avión; una película con ritmo y mejor dosificada que ésta. Más allá del tiempo, disipada la sorpresa final es demasiado rutinaria, en los diálogos y las interpretaciones -sólo se salvan las niñas-, como para dejar mucho recuerdo, por mucho tiempo que pase.
