9 de Marzo de 2010
El libro de Eli, apología del apocalipsis
Hay películas cóctel y películas receta. El libro de Eli es de esta últimas. La mayoría de sus ingredientes por separado son buenos, pero unidos, forman un plato difícil de digerir. El argumento es impecable: en un mundo que ha sufrido la devastación nuclear, un solitario caminante es portador de un libro que muchos ambicionan. Se dirige al oeste de Estados Unidos mientras sobrevive en medio de la nada a los ataques de quienes se han animalizado tras el desastre. Pero en una parada en un pueblo, alguien reclama su libro y tendrá que hacerle frente.
Denzel Washington, un actor que me gusta mucho, está espléndido en su papel de caminante, igual que Gary Oldman; el resto del reparto no desentona en absoluto. La narración -un poco previsible- funciona como un reloj. Pero cuando se desvela el misterio del libro y la misión del caminante, el estupor invade al espectador. No porque sea un truco -que no lo es-, sino porque la sabia manipulación que hacen los hermanos Hughes de su excusa final suena a cobardía, a que se han dejado llevar por el pensamiento dominante, en vez de arriesgarse hasta el final.
Así, de una película sobre la moral tras un desastre nuclear, los Hughes la convierten en una película moral sobre el fin de la humanidad y el apocalipsis, que no es lo mismo. Como desvelar la carga que porta Eli me parece de mal gusto, no insistiré. La película, no obstante, es muy interesante por muchas razones aunque provocará más de un debate. Es un buen guiso, pero con un ingrediente equivocado, al menos para mí.
