16 de Febrero de 2010
En la gala de los Goya el ganador fue Álex de la Iglesia
Al margen de los premios -cada cual juzgará según sus gustos-, creo que esta gala de los premios Goya puede marcar un antes y un después, gracias a la presidencia de Álex de la Iglesia, verdadero triunfador de la noche. Primero por su elección de presentador, después por su decisión de posponer su discurso hasta la mitad de la gala y, por último, por convertir al público en el eje de su discurso. La presencia de Almodóvar y de casi todos los candidatos, de la Sardá como complemento y de actores y actrices normalmente ausentes dicen mucho de la capacidad de convocatoria de un gran director de cine convertido en excepcional presidente de la Academia. Pero escucharle un discurso sin lamentos por las 'descargas', su apuesta por el público -para quien el cine trabaja- y su insistencia en que el glamour es sólo una pequeña parte de la industria, fue de agradecer. Eché en falta en su discurso -sólo mencionó a RTVE- una mención a Telecinco, que ganó por goleada como productora.
Ángeles González Sinde pasó sin pena ni gloria por la presidencia de la Academia y parece empeñada en dejar huella en un ministerio que le viene grande y en el que se amontonan los conflictos con el cine, con la danza, con la gestión del patrimonio, con el mundo del arte, con las bibliotecas y con los ciudadanos. Qué lástima.
Pero estábamos con la gala, la primera emitida sin publicidad y con un locutor innecesario, que apostillaba a destiempo y sin ganas. Dos horas y 40 minutos en los que la mayoría de los premiados volvió a aprovechar su minuto de gloria para soltar la habitual y penosa retahíla de agradecimientos familiares. Fue divertido ver a Pocoyó, 'pirateado' hasta la saciedad y representante de otra forma de hacer negocio, entregando goyas a la animación, otra vez lo único como producto que lleva el cine español a los Oscar.
En fin, me sigue resultando un misterio porqué comparamos tanto los Goya con los Óscar y nos empeñamos en la comparación, lo que ni los César de Francia o los Bafta británicos soportan. Quizá Álex consiga reconciliar al público con una industria y unos creadores que son de los nuestros. Habrá que esperar al año que viene, en el 25 aniversario de la Academia, para saberlo.
Noche grande para el cine
la que vivimos ayer
y que nos hizo posible
poder volver a creer
en nuestro cine español,
y todos los que lo crean,
que después de un gran bajón
parece sacar cabeza.
Una taquilla muy buena,
con pelis de calidad
como Ágora y la Celda
que llegaron a mandar
en el top de la taquilla;
una gala de envidiar
que ha sido la más seguida
(¡no tuvo publicidad!)
de manos de Buenafuente,
(buena gala, buena gente)
que medido y trabajado,
con humor inteligente
y tono desenfadado,
hizo olvidar ese ambiente
bastante politizado
que en las previas ediciones
resultó algo exagerado
y que a los presentadores
reducidos los dejaron
a ser meros transmisores
de eslóganes muy quemados
olvidando sus labores:
presentar a los premiados;
un discurso, de la Iglesia,
que fue para darle un Goya
porque usó palabras serias
y dió nombres a las cosas
solicitando modestia
a los que viven del cine,
pidiéndoles a la vez
trabajar y hacer posible
el que lleguen a creer
los que acuden a las salas
que las pelis españolas
son tan buenas (o tan malas)
como cualquiera otra
(aunque sea americana);
el reencuentro de Almodóvar,
el más internacional,
ese que América adora,
con su lugar natural
e incluso entregando un Goya,
que fue la traca final
de esta gala tan redonda
(no faltó ni la Sardá)
donde la escena española
volvió por fin a brillar.
Resumiendo la rimada:
“la que más ganó en los Goyas
tal y como fué la gala,
fue nuestra escena española”
