14 de Enero de 2010
La reforma laboral soñada
La reforma laboral con la que sueñan los empresarios -no todos, que es generalizar mucho- no es una cuestión de leyes o de que los sindicatos y el Ministerio de Trabajo acepten sus propuestas sin discutir. Es más bien una cuestión que debe salir de los trabajadores, una reforma fruto de su iniciativa y de la educación recibida. Es decir, los empresarios -no todos, claro- sueñan con que los trabajadores tengan la formación adecuada, ni más ni menos, a poder ser pagada por el Estado y con prácticas no remuneradas en las propias empresas.
Esta reforma debe salir de nosotros, de aceptar sin remilgos que los salarios en la mayoría de los oficios y profesiones estén un veinte o un treinta por ciento por debajo del que cobran en otros países. Por supuesto, las trabajadoras deben aceptar con alegría que ese sueldo sea aún más bajo que el de sus compañeros varones y, también la desaparición de la baja de maternidad, bajo el principio de que si quieren tener hijos, hay que dejar el trabajo y cuidar de ellos.
Esa reforma soñada incluiría aceptar sin pestañear que los empresarios cambien de automóvil todos los años y estén al tanto de la última tecnología, pagada y subvencionada por la propia empresa, a costa de no declarar beneficios y desarrollar una contabilidad creativa que permita eludir las obligaciones fiscales sin por ello perder ni un gramo de la estima de las autoridades locales.
Esta reforma con la que sueñan los empresarios -no todos, naturalmente- estaría basada en una serie de medidas para reducir la sanidad pública, de tal forma que las cotizaciones de la Seguridad Social se redujesen al mínimo. Ante la perspectiva de tener que pagar por cada acto médico, el absentismo y las bajas por enfermedad se reducirían notablemente.
En fin, esa reforma por la que suspiran los empresarios -no todos, ¿verdad?- se basaría en la renuncia, consciente y plena, de los trabajadores a sus derechos de todas clases, de los laborales a los ciudadanos, con la perspectiva, eso sí, de mantener toda la vida un empleo. De la clase de vida resultante, hablamos otro día.
