16 de Septiembre de 2009
El silencio de los parados: no hay derecho
A medida que el tiempo transcurre y el paro se alarga; a medida que no hay ninguna respuesta a los currículos que se envían, a las cartas y las solicitudes tramitadas a través de los portales de empleo, más empeñados en cobrar por supuestos servicios añadidos que por exigir seriedad a las empresas, empiezan a producirse dos fenómenos:
* la cosificación y anulación de los parados
* la dejación de funciones de la administración en materia de empleo
En cuanto a lo primero, el ninguneo, la no-existencia del parado se asimila a la de los mendigos que entran en los transportes públicos y a los que nadie presta atención cuando recitan su discurso enternecedor. Hay una evidente incomodidad ante los parados que se traduce en el silencio, en el rechazo activo de su mera existencia: para huir de la imagen del “podría ser yo” y refugiarse en un repugnante “algo habrá hecho”
Cuando tuve ciertas responsabilidades en mi empresa a la hora de seleccionar el personal en prácticas, una de las primeras obligaciones que me impuse -heredadas de mis antecesores, todo hay que decirlo- fue la de no demorar jamás una respuesta. Sobre todo para decir que no, para rechazar a una persona que no parecía adecuada para el puesto.
Me parecía -y me parece- de estricta justicia, cuando no de pura humanidad, decirle a alguien que no se cuenta con él cuanto antes, aunque sea incómodo o desagradable. Hoy esa costumbre ha desaparecido por completo. Nadie dice nada. Tenemos la mayor cantidad de herramientas de comunicación de la historia y las usamos para banalidades o para que el silencio ante las cuestiones más importantes sea aún más estruendoso.
De las administraciones, ¿qué se puede decir? Ayuntamientos, Gobiernos autónomos y Administración central han dejado de hacer cualquier cosa, remitiendo a las personas a los portales de empleo y a Google, abandonando a su suerte a miles de personas. No hay derecho.
Ayer, en una biblioteca pública, un hombre abatido, encanecido y perplejo parecía pedir perdón hasta por respirar. Llevaba encima un grueso tomo de una guía laboral que consultaba desde la primera página sin comprender nada, escribiendo alguna palabra -no eran ni apuntes- en unos folios cuadriculados cogido con un clip.
Al abrir la carpeta para guardar los folios sin escribir, pude ver su cartilla del paro con tres sellos, lo que significa un año. Un año de silencio, de anulación, de sorpresa por la situación. No hay derecho.
Bonito, y realista, resumen de mis últimos seis meses laborales...
mmoroca | 16 de Septiembre de 2009 - 04:19 PM¿Qué te voy a decir? Cada vez me indigna más la cantidad de gente con talento en la calle por culpa de la avaricia de las empresas y la dejadez de los políticos.
Darío Sanz | 17 de Septiembre de 2009 - 08:41 AM