22 de Junio de 2009
Séraphine, demasiado lenta para ser buena
Los premios César son los Goya del cine francés, para entendernos, así que tienen el mismo valor para juzgar los méritos de una película que aquí: nulo, en demasiadas ocasiones, cuando no descaradamente comercial. Así que los siete premios que se llevó el año pasado Séraphine, más el hecho de que no se ha doblado al castellano ninguna copia de la película, es un poco sospechoso. Y al salir de la proyección, 125 minutos después de haber entrado, la sospecha se ha transformado en una certeza.
No tiene suerte el cine francés con las biografías, o mejor dicho, algunos personajes no tienen suerte con los directores que les tocan, por mucho que eso les moleste a los espectadores de La vida en rosa. Y, en general, tampoco tienen suerte los artistas a la hora de ver reflejada su vida en la gran pantalla. Buena parte de los biopics de pintores suelen buscar una estética falsa -como si cada plano fuera un cuadro- que perjudica sus intenciones. Hay excepciones, como Pollock, pero es que Ed Harris es muy bueno.
Desgraciadamente, Séraphine no se sale del guión y a pesar de la excelente historia y de la interpretación sobresaliente de su actriz protagonista -que se merece sobradamente el césar-, el resultado es una película fallida, lenta hasta decir basta, carente de ritmo, irregular y a ratos incomprensible.
El material de partida es incomparable: Séraphine de Senlis, una mujer del campo que se gana la vida como fregona en los primeros años del siglo XX, tiene un talento especial como pintora. Todas las noches las dedica a pintar, según ella, porque se lo han ordenado los ángeles. Poco antes de la Primera Guerra Mundial, un marchante y crítico alemán descubre sus obras y se convierte en su mecenas hasta que la guerra se lleva por delante la relación. Tras el conflicto, ambos vuelven a encontrarse y Séraphine se convierte en una artista cotizada por su estilo naïf, hasta que, gravemente perturbada, la ingresan en un psiquiátrico, donde morirá sin haber vuelto a pintar.
Sin embargo, Martin Provost, director del filme, desperdicia a los actores y la historia, construyendo un farragoso fresco que intenta explicar la relación entre el marchante y la pintora, llena de sombras según la documentación existente, pero que se queda en nada. Donde Provost cree estar haciendo un cuadro, no hay más que una viñeta, y mal dibujada. Sólo queda -gracias a la sobresaliente atuación de Yolande Moreau- la pasión por la propia obra. Moreau trasciende la mala dirección y el ritmo pétreo para arrastrar al espectador hasta la magia de crear, hasta mostrar desnuda la incontinencia, la violencia y la obsesión que envuelve el acto de crear.
