20 de Abril de 2008
La edad de la ignorancia
Desde los Tiempos modernos de Chaplin e incluso antes -estoy pensando en Metropolis-, el cine se ha ocupado de la alienación del hombre moderno, de cómo las personas son atrapadas por una telaraña de necesidades y ocupaciones sin posibilidad de huida. Después, Un día de furia o American Beauty analizaron las consecuencias de esa alienación y de las escapatorias: a través de la violencia en la primera, mediante la inacción en la segunda.
Ahora, Denys Arcand cierra de momento el círculo con la tercera de sus películas dedicada a dinamitar la sociedad del Canadá de comienzos de siglo. Si en Las invasiones bárbaras su historia de amistad se centraba en la desastrosa situación de la sanidad pública de su país, en La edad de la ignorancia consigue ampliar el campo y mostrarnos un demoledor análisis del estado y la sociedad canadiense, con un tono de humor grotesco y exagerado que arranca muchas carcajadas al principio pero que consigue silenciar la sala después, cuando el espectador empieza a comprender que no es sólo Canadá quien está enfermo.
El interminable trayecto hasta el trabajo de Marc Labrèche, el protagonista y espléndido actor, envuelto en los atascos, el metro, los cercanías que se averían un día sí y otro también; la ausencia de cualquier relación con sus hijas, permanentemente aisladas en su mundo de iPods, y también de su mujer, ejecutiva de éxito enganchada al teléfono; su estéril trabajo en la Administración escuchando los problemas de la gente sin poder hacer nada para ayudarlos más que remitirlos a otras instancias; el despotismo sádico de su jefa, la persecución por ser fumador y su precario refugio en inocentes y tópicas fantasías sexuales, componen un preciso retrato de la bomba de relojería en que se puede convertir cualquiera y del tipo de sociedad en la que vivimos.
Arcand exagera, por supuesto, sus pinceladas son gruesas, pero en mi opinión no abusa de esa exageración y la alterna con el contrapunto de las fantasías del protagonista para reflejar a la perfección la sensación de ahogo, el agobio de vivir una rutina comparable a la de la mosca atrapada en la telaraña. Agobio que no se cura mediante las fantasías llevadas a la realidad o las alternativas de ocio más o menos sofisticadas. Con el humor y la caricatura Arcand refleja también el abismo que separa los sueños y los anhelos de la juventud de la asfixiante realidad de una hipoteca o unas relaciones vividas como inevitables.
Aunque al final, no se ceba con su protagonista, dejándole una salida abierta, una pequeña puerta a la esperanza. Esperanza que no se amplía a lo que espera de su país, desde luego.
