16 de Enero de 2008
El bosque del luto, puro cine oriental
A veces una película, más allá de ser una alternativa de ocio, se muestra desnuda, como la obra de arte que es. Es entonces cuando la sensibilidad, la poesía, el arte en definitiva, aparecen como la última razón de ser de un film.
Es muy difícil permanecer indiferente ante una película como El bosque del luto para bien o para mal. Porque reúne todos los problemas y todas las virtudes del cine oriental visto con nuestros ojos de espectador occidental.
Primero por su ritmo, deliberadamente lento, no cansino pero si contemplativo, concentrado. Las imágenes de este film se deslizan por la pantalla con la cadencia de la meditación. Están para ser miradas antes que vistas, paladeadas. Es una caricia: la del viento en las cosechas, el agua de la lluvia, la intensidad de una mirada.
La historia -más bien el momento- de unas personas discurre ante el espectador llena de matices, pero sin la sensación de que te estás perdiendo algo. Una joven comienza a trabajar en una residencia de ancianos y se hace cargo de uno de ellos, obsesionado hasta la violencia con su esposa muerta. La naturalidad de los actores y la espléndida secuencia final son un prodigio de sensibilidad.
Pero sus virtudes son también sus defectos: es muy difícil apreciar esta película sin haber visto antes alguna otra, sin un poco de, digamos, entrenamiento. Sólo si el espectador está dispuesto a aceptar que todos tenemos dentro nuestro propio bosque del luto, y cuánto dolor, pero también cuánta liberación provoca saberlo, se fascinarán con ella. No digo que sea para minorías, porque cualquiera puede apreciar la belleza y los sentimientos que muestra, pero no es una película para “estrenarse” en el cine oriental.
Actualización: al príncipe Felipe tampoco le gustaría El bosque del luto.
Dario Sanz a las 08:27 AM | Referencias 0