5 de Noviembre de 2007
Persépolis, la libertad por encima de todo
Pocas veces la función educativa, la función pedagógica que el buen cine ha de tener se ha expresado con tanta contundencia como sencillez. Si ya la historieta original era espléndida, su traslado a la pantalla no podía ser mejor. Persépolis es una pequeña obra maestra, que narra en toda su intensidad y con altas dosis de humor, la vida de una mujer obligada a abandonar lo que es suyo por sus ideas, perseguida por una sociedad incomprensible.
Cuando estamos empezando a plantearnos el debate sobre los símbolos religiosos en las escuelas, a raíz del caso del velo en una escuela de Girona, llega Marjan Strapi y nos enseña en qué consiste realmente el islam en versión antigua, qué es el velo y lo que representa en las sociedades en las que la religión, y no la política, establece las reglas del juego.
Película profundamente femenina, es también una lección de libertad y de historia del siglo pasado y de lo que vendrá, atrapados como estamos desde Occidente en la ignorancia más absoluta de lo que sucede y porqué sucede en los países de Oriente Medio.
Sin caer en el panfleto, Marjan explica los últimos 30 años de Irán a través de su propia experiencia, hija de una acomodada familia que acaba literalmente expulsada por su propio bien de su país. Marjan, incapaz de adaptarse a la realidad opresiva de Irán, tampoco encuentra fácil acomodo en Occidente, perpleja ante nuestra ignorancia e indignada por nuestra indiferencia.
Marjan, además, centra su mensaje de tolerancia y al mismo tiempo de reivindicación, en la figura de su abuela, a la que retrata como una mujer extraordinaria, íntegra y poco complaciente con los desvaríos del tiempo que le ha tocado vivir. Y es en torno a la integridad, a la honradez, en donde se articula el mensaje principal de Marjan. “La gente puede elegir –dice-, siempre puede elegir” entre la cobardía y la integridad, entre la mera supervivencia y la verdadera resistencia.
