28 de Agosto de 2007
La soledad, casi una obra maestra
Si algo hay que agradecerle a Jaime Rosales es el riesgo que ha aceptado, la valentía de hacer cine español, pero radicalmente diferente a lo que cualquiera llamaría así. Su segunda película, La soledad, no es una obra maestra y arrastra varios defectos, pero quien no se arriesga, no gana. Y Rosales acabará ganando.
La soledad es una propuesta radical, en su puesta en escena y en su temática. En su puesta en escena porque Rosales ha decidido experimentar en lo posible con las posiblidades de la cámara y del encuadre. En la temática porque hace un retrato minucioso y fiel de la vida cotidiana de un par de familias, unidas ante el espectador porque dos de sus miembros comparten la vivienda.
Es la vida cotidiana en estado puro: monótona, premiosa, casi vulgar. Cualquiera puede reconocerse en los muchos momentos diarios que muestra la película: ante la plancha, en una cena, en la terraza de un bar, sentados en un autobús. Ni siquiera la muerte logra romper el ritmo por mucho tiempo: el ser humano siempre se recupera, nos dice Rosales. Y lo hace como sabe: recuperando las rutinas, la cadencia de la vida, con sus trabajos aburridos y sus conversaciones insustanciales.
Si Alexander Sokurov fue capaz de filmar en un solo plano secuencia El Arca Rusa, Rosales recupera recursos expresivos muy cinematográficos pero poco utilizados, como partir la pantalla en dos partes en las que los personajes entran y salen. Abusa un poco de ello, pero en los diálogos a dos, la pantalla partida –un personaje de perfil y el otro de frente- se muestra mucho más efectiva que el habitual plano/contraplano del cine convencional.
A diferencia de las propuestas casi documentales de un Guerín (En construcción) o de Mercedes Álvarez (El cielo gira), que utilizan la cámara como testigo "invisible", La soledad es un relato completo de ficción, una ficción naturalista y que no oculta la presencia de la cámara: la técnica se usa también como parte de la ficción. Rosales ha intentado elevar la vida cotidiana a la altura del arte. Y el resultado es sobresaliente, aunque en general, creo que a La soledad le sobra un poco de metraje y le falta un poquito más de diálogo.
Su narración y la ausencia de las convenciones habituales del cine intimista, establecen una distancia frente al espectador que provoca muy poca empatía con los personajes y la frialdad se nota. Hay algo de científico social en este director, que mira y nos obliga a mirar con distancia. Es una película para ver varias veces, para entrar en su poesía y en esa distancia, en su fluir de pequeños acontecimientos diarios que lo son todo para las personas.
Rosales tiene una mirada propia, a veces lejana y fría y otras de una intensidad poética muy difícil de encontrar en el cine de hoy en día. Es un director a tener en cuenta, que si sobrevive a la jungla de la distribución y al ninguneo de crítica y colegas, va a hacer grandes películas.
