21 de Agosto de 2007
Dos días en París, una tosca comedia
Sesión doble el fin de semana pasado y muy diferente. Si el sábado fue una inteligente reflexión sobre la venganza, que ya comenté ayer, el domingo tocó una especie de comedia bufa y disparatada, Dos días en París, dirigida por la polifacética y casi hiperactiva Julie Delpy.
Delpy no se complica mucho y se limita a contraponer dos mundos muy diferentes para arrancar las carcajadas del espectador, sin intentar nada más original. El problema es que los dos mundos no son tan diferentes, ni tan extremos y ni siquiera están medianamente dibujados. Delpy, que cuenta haber empleado a sus amigos y parientes para rebajar los costes de producción, consigue transmitir cierta sensación de miscasting, de error de reparto.
La pareja protagonista –la propia Delpy y el actor Adam Goldberg- no tienen mucha química que digamos y, aunque se supone que tienen la misma edad, no conseguí creérmelo en ningún momento. Quizás lo más llamativo de todo sea que el protagonista masculino, un decorador estadounidense maniático y ligeramente hipocondríaco, sofisticado, ecologista y demócrata, esté tan tatuado como un ángel del infierno y fume un cigarrillo tras otro.
Delpy, nacida francesa y habitante en Nueva York desde hace años, conoce bien ambas sociedades, pero da la impresión de no querer manejarse ante la sutileza: todos los chistes son gruesos, las conversaciones toscas, la cámara se mueve con frenesí y los planos son de academia, aunque nos ahorra la visita turística a la ciudad de la luz y consigue darle algo de agilidad.
Tiene buenos momentos, sobre todo a la hora de retratar la vida más cotidiana, aunque sea excepcional, y algunos diálogos de la pareja protagonista demuestran que quiere a sus personajes. Delpy se interpreta bien a sí misma aunque en algunos momentos es como un Woody Allen femenino sin talento. El tono de autobiografía atropellada, de querer acumular chistes privados porque sí, terminan por agobiar un poco. Por cierto, la publicidad de la película incluye la presencia -en tercer lugar, tras los dos protagonistas- de Daniel Brühl y éste aparece en pantalla un par de minutos mal contados.
Sería bueno que en vez de deicarse a comentar películas dedicara usted sus ocios a la crítica gastronómica. Por ejemplo.
ambrosio | 1 de Septiembre de 2007 - 11:25 PM