25 de Mayo de 2007
El poder de la Justicia
Cuando tienes tratos con abogados en seguida descubres que en ningún país hay Justicia, así con mayúsculas, sino Derecho, también con mayúsculas. Y de eso trata la última y excelente película del maestro francés Claude Chabrol. Como los franceses y nosotros compartimos un sistema judicial muy parecido (basado en el que desarrolló Napoleón), Borrachera de poder es una película que se entiende muy bien, cercana.
Es muy diferente de la anterior (Dama de honor), más sencilla, pero con un discurso subterráneo mucho más subversivo. Una jueza se empeña en desmontar una trama de corrupción que afecta a las altas instancias del país: el cobro de comisiones y el despilfarro de caudales públicos. ¿A que suena familiar?
Sin efectos especiales ni crímenes, Chabrol construye una película policiaca, con momentos angustiosos y de suspense, pero también deja claro dónde están las instituciones del Estado, cómo actúan y hasta dónde se puede llegar a la hora de evitar la corrupción. Es una película de diálogos, que exige cierta atención, pero que compensa plenamente por la inteligencia, la facilidad con la que Chabrol describe la vida cotidiana y las relaciones personales. Es a la vez, un testigo, y un padre del comportamiento de sus personajes.
Mueve la cámara con distancia, pero los planos son cercanos, nada de lo que retrata es inocente: ni el desagüe de un fregadero, ni la longitud de un pasillo de hospital. La música y los gestos, la luz y los pequeños detalles son cruciales. Borrachera de poder es, además, un ejemplo de lo que es el cine europeo y su diferencia con el estadounidense: la protagonista tiene 53 años y los luce, no es una joven heroína enfrentada a los entresijos de Washington como en El informe Pelicano, por ejemplo. Y eso sin desmerecer este filme del, por otra parte, buen director Alan J. Pakula.
