10 de Agosto de 2006
C.R.A.Z.Y., de Jean Marc Vallé
Con dos películas no se puede juzgar a todo un país, pero de momento puedo decir que me gusta el cine canadiense. O con matices, me gustan las dos películas canadienses (que yo sepa que lo son) que he visto. Ya me sorprendió y mucho en su momento Las invasiones bárbaras, una historia a la vez muy divertida y dura sobre la amistad, la enfermedad y el pasado.
C.R.A.Z.Y., que al menos en Madrid puede verse tanto en versión original como doblada, tiene elementos muy singulares en su interior. El título de la película es un acrónimo compuesto por los nombres de los hijos de la familia, con Zac al frente. La historia es bastante simple: un niño nace en plena Navidad de 1960 y a través de él se cuenta la vida de una familia de cinco hijos varones, de sus conflictos entre sí, del conflicto entre el padre y el protagonista y del conflicto del protagonista consigo mismo. O sea, nada del otro mundo. La singularidad empieza con el nacimiento, con las reacciones que la Navidad provoca, las ensoñaciones del protagonista y, sobre todo, la ambigüedad que preside las relaciones de Zac con su padre.
Es la historia de una familia normal en la que nadie es culpable de nada, pero en la que cada uno de sus miembros desarrolla su vida de una manera, a pesar de los demás pero también por los demás.
Es una película sobre la identidad, sobre todo la sexual, pero también la mental: ¿quién soy? ¿qué siento? ¿por qué soy así? ¿cómo me perciben? Zac intenta a lo largo de más de veinte años responderse a si mismo, a través de sus actos, su pensamiento, los actos de los demás, los pensamientos de los demás. Identidad, diferencia, tiempo. Me ha gustado mucho cómo se desarrolla el paso del tiempo, las transiciones, a través de los estados de ánimo, de los acontecimientos que forman la vida de cualquier familia: nacimientos, celebraciones, muertes...
A lo largo del filme se alternan los momentos dramáticos con los cómicos, un contrapunto muy bien resuelto en el guión, no sólo por lo ingenioso de los diálogos, sino cómo la trama avanza con naturalidad, sin estridencias. Es una película, además, muy masculina, en la que los sentimientos se ocultan, hay un pacto de silencio entre todos, como si sólo las mujeres tuvieran derecho a sentir o a expresarse.
La banda sonora es muy buena: Pink Floyd, Bowie, Aznovour, un cóctel que incluye hasta una versión francesa del tamborilero. Y la interpretación del padre (Michel Coté), de la madre (Danielle Proulx) y de Zac (Marc-André Grondin) es excelente.
