21 de Marzo de 2005
Una demonización constante
Estos días, a cuenta de una red de pederastas y de un intento de suicido colectivo vuelve a demonizarse la Red como si se tratara del mal con mayúsculas. No es la primera vez que la tecnología o cualquier avance que transforma las relaciones humanas sufre de esa clase de ignorancia, cuando no de mala fe.
La imprenta trajo aparejada la censura, las academias científicas del XIX se hincharon a decir que el ser humano no podría viajar a más velocidad que la de un caballo, que la luz eléctrica desquiciaría los cerebros... Todavía recuerdo cuando apareció la televisión haber oído en casa que la exposición prolongada al televisor provocaba cáncer y que esa era la causa de la muerte de un presentador.
Después llegaron los móviles, que van a provocarnos una mutación en los pulgares, o que nos fríen el cerebro o nos dejan impotentes o nos provocan arritmias según vayan colocados.
Vaya legado para la posteridad: más allá del círculo protector de la hoguera, de las caras familiares de la tribu, seguimos pensando que sólo hay monstruos.
La tecnología sigue dando miedo.
