Diciembre 14, 2007
El mejor vendedor del mundo
Un niño me ofrece en el bus 10 jícamas por 2 colones. Es un niño al que ya he visto antes y que por capricho se me mete, tiene cara de llamarse “Óscar”. Son un poco pequeñas, le digo. Pero están dulces, dice él. A mí me gustan más grandes, insisto. Pero las grandes no son dulces, subraya.
Me echa un rollo sobre la cosecha de jícamas en diciembre, mientras se sienta junto a mí. Le digo que de todos modos no quiero. Él se queda callado, viendo las tres bolsas de jícamas que tiene acomodadas en la mano.
Cada tantos minutos, mientras el bus avanza a paso lentísimo gracias a un congestionamiento en pleno mercado, insiste. “Cómpremelas.” Como si yo fuera la única pasajera. Repito que “no” cada vez.
Por hacer plática le pregunto si va a la escuela. Dice que sí. Me cuenta que tiene 10 años, va a quinto grado por las mañanas. En las tardes ayuda a su mamá vendiendo en los buses. Le pregunto cómo va en las clases. Dice que bien. Orgulloso agrega que desde que comenzó siempre saca 9 en todo. Me alegra esa noticia. Lo felicito.
El bus avanza un poco más. El niño insiste: “cómpremelas, así las va comiendo en el camino y no se aburre”. Me río. Mala táctica. Él se aprovecha de mi sonrisa. Insiste con un bombardeo de “cómpremelas, cómpremelas”. “Vaya pues, dámelas”, le digo, vencida.
Saco una “cora”. Empieza a buscar el vuelto. Le digo que se lo quede. Mientras tanto, el bus rueda con más soltura. Los vendedores comienzan a bajarse. El niño hace lo mismo. Pregunto su nombre. Me grita un “Josías”, mientras va apurado hasta la puerta. Pero antes de tirarse, se voltea, me regala una gigantesca sonrisa y me dice adiós con la mano.
(Publicada el 6 de diciembre del 2003 en La Prensa Gráfica. Una "cora" es un quarter, la moneda de 25 centavos de dólar. La moneda oficial de El Salvador desde el 2001 es el dólar. En la época de transición del cambio de moneda, todavía circulaba el colón mientras iban metiendo el dólar, de ahí que los precios todavía se daban en colones aunque uno podía pagarlos en dólar. Dos colones equivalían a 0.22 centavos de dólar).
Noviembre 16, 2007
Los pollitos dicen...
… pío, pío, pío, cuando tienen hambre y cuando van en bus. Este hombre se acomoda en el asiento de al lado. Trae dos canastos plásticos rojos llenos de pollitos, cubiertos por una red para que no se escapen. El píar de los animalitos inunda con alegría el bus y se sobrepone al estrépito del motor. Es mediodía, el bus va medio vacío. Varios pasajeros dormitan, aburridos, mientras llegan a su destino.
Uno de los pollitos del canasto superior picotea, jala, cabecea tratando de encontrar un hueco por donde escaparse. Yo lo observo divertida. Y por fin lo logra. Escapa saltarín por el pasillo del bus. Detrás suyo, varios pollitos más, entusiasmados pero silenciosos para que nadie se de cuenta de la fuga.
Pero no contaban conmigo. Le advierto al dueño que los pollitos se le escapan. El hombre se levanta, y mientras tanto, los pollitos siguen en fuga, imparables. El hombre trata primero de tapar el hueco y luego comienza a perseguir a los pollitos en el bus.
Y si capturar pollitos en un patio es afanoso, ya se pueden imaginar lo que puede ser intentar capturarlos en el pasillo de un bus en movimiento, que por fortuna, iba medio vacío. Ningún otro pasajero ayuda, más que yo. De rodillas, de cuclillas, correteando por el bus, acorralamos a los pollitos, escuchamos el píar que nos despista y colocamos los pollitos en el canasto.
Mientras tanto, mi parada se acerca y me despido del hombre quien los sigue correteando. Y en el tramo que separa la parada de mi casa, en el camino lleno de árboles y bambú y piedras, pienso que me hubiera gustado tomar todos los pollitos y soltarlos o llevármelos a casa. Sobre todo cuando imagino que, más temprano que tarde, esas mismas criaturas estarán convertidas en tamal, en sopa, en comida de velorio.
(Publicado en LPG, posiblemente primer trimeste del 2005).
Octubre 25, 2007
El Mudo
Cuando lo conocí era cobrador de buses en la ruta 12. A veces, las hacía de ayudante. Nunca supe cómo se llamaba. Era nada más “El Mudo”. El motivo es obvio. Era flaco, desdentado, de pelo colocho y largo, amarrado en una cola. Siempre andaba sucio. Cuando la 12 dejó de tener cobradores, apareció vendiendo cosas. Un día lo vi vendiendo orquídeas. Otro día lo vi con una inmensa flor de izote. Se perdió un tiempo y volví a verlo, hace unos meses, barriendo la calle de las pupuserías frente al Hospital Neumológico, a cambio de una taza de café y un pedazo de pan. Barriendo calle porque aceras no tenemos en Los Planes.
El Mudo escuchaba pero no emitía más que gemidos. Se comunicaba a través de señas. Alguna vez me regaló un chicle que no le desprecié. Me conocía y no se metía conmigo, más bien, me ayudaba cuando regresaba cargada a cambio de un par de monedas, sin ofenderse si lo único que le dabas, a falta de más, eran cinco centavos. En esos últimos meses le había dado por oler pega. A pesar de ello, no se tornó agresivo, por lo menos no con los conocidos.
Ayer mi jardinero, don Irene, me platica que si me he dado cuenta que mataron a “un marero” en Los Planes. Le pido que me cuente. El supuesto marero era El Mudo. Tres hombres lo decapitaron. Uno de ellos, el ejecutor, envolvió su cabeza en un trapo y la anduvo paseando un par de horas por ahí, alardeando su gran hazaña.
He pensado en eso todo el día. La imagen del Mudo, clarísima. Imaginando el momento final, la certeza de una muerte tan cruel. E inmerecida. No señores. No todos los muertos en estas circunstancias son mareros ni son “malos”. Y aunque lo fueran, NADIE se merece una muerte así.
(Publicado en La Prensa Gráfica, posiblemente en el último trimestre del 2004.
La flor de izote, aparte de ser la flor nacional salvadoreña, es lo que en otros países se conoce como flor de espadillo y es comestible).
Octubre 19, 2007
Soñar es gratis
En el costado este del mercado Sagrado Corazón (en San Salvador), hay una fila de almacenes pequeños, la mayoría de los cuales vende electrodomésticos. También hay un par de locales que vende zapatos, un lugar donde tomarse fotos y una bodega donde los vendedores ambulantes guardan sus mercancías.
Las vitrinas de estos almacenes están atiborradas de cosas. Organizadas de manera habilidosa, todo el espacio es aprovechado para enseñar lo que se vende adentro. Desde pañuelos hasta radiograbadoras, champú, talcos, baterías, lo que uno se pueda imaginar. Los aparatos son por lo general marca Patito, es decir, Sonyc o Panaxonik hechos en Taiwán a bajo costo. Los objetos además se anuncian con un cartoncito de color fosforescente donde se apunta la marca y el precio para que los laboriosos dependientes no tengan que soportar la impertinencia de los curiosos que entran a preguntar a cada instante el precio de los productos.
Todas las tardes, por ahí de las 5, frente a estas vitrinas se mira apelotonado a un grupo de gente. Hombres en su mayoría, de piel oscura y curtida, con una mochila al hombro, de camisas gastadas y manos callosas. Se reclinan sobre las vitrinas para ver con fascinación lo que hay adentro. Hablan poco. Se señalan uno a otro algún objeto preciado, añorado, dicen en voz alta el precio, como si al hacerlo estuvieran más cerca de poseerlo. Se les nota la ambición del artefacto en el rostro. Hacen cuentas mentales quizás. ¿Cuánto tiempo tendrían que ahorrar para poder pagar la prima, cuántos meses tardarán para pagar en su totalidad el ansiado objeto?
Y se quedan ahí esos hombres que me recuerdan a los personajes de Salarrué (*), soñando con un imposible, lejano, inalcanzable radio, un par de zapatos nuevos, un cambio de ropa para el tierno; soñando, sin esperanzas, con la dicha de comprar sin tener que centavear.
(*) Salarrué: escritor y pintor salvadoreño, sin duda uno de nuestros clásicos.
Publicado en La Prensa Gráfica, pero no tengo la fecha, quizás a inicios del 2005.
Octubre 12, 2007
José Luis, el taxista
Por cosas del destino, conocí a un taxista. A José Luis podía llamarlo para hacer viajes de noche o giras por la ciudad. Sus precios eran razonables. Respetuoso, honrado, puntual, de total confianza. Pero lo mejor eran nuestras pláticas. Conversador ameno, de memoria prodigiosa, tenía un anecdotario interminable. Desde historias de taxista, pasando por anécdotas familiares y los infaltables comentarios deportivos.
Un día le comenté que estaba escribiendo una novela que transcurre en un barco. Me dijo que había sido marino mercante durante muchos años. Comenzamos entonces una serie de diálogos en que me detallaba sus escalas en los puertos más variados del planeta, las rutinas de su vida de marino, los mareos durante las tormentas, los delfines que eran el anuncio infalible de dichas tormentas (un detalle que incorporé en la novela). José Luis conocía Grecia, Italia, Egipto, Holanda y quién sabe cuántos lugares más. A uno de sus hijos le puso el nombre de un niño egipcio que le había servido de guía en Alejandría.
También fue paracaidista. De la primera promoción de paracaidistas, repitió varias veces, orgulloso. Y yo, permanente cazadora de historias, le hice prometerle que la próxima vez que nos viéramos, me tendría que contar eso con detalle. Y ya especulaba yo con sentarnos para ordenar todo aquel caudal de información y poderlo escribir. No podía saberlo, pero sería la última vez que lo vería.
Hace cosa de 10 días llamé para pedir sus servicios. Su esposa contestó el celular. Me dijo que José Luis había sufrido un infarto, que estaba en cuidados intensivos, delicado. El pasado jueves al mediodía, falleció. Tendría unos 52 años. Pero la muerte no es cuestión de edad. La muerte es un ser caprichoso, ya se sabe. Un momento estamos, y al otro nos vamos. Y quedan historias pendientes, en capítulo. Vidas que ya no conoceremos. Y promesas que no podremos cumplir.
Post Scriptum: Esta nota fue publicada en La Prensa Gráfica el 16 de octubre del 2004. José Luis falleció el 14 de octubre de ese año. Cuando fui a la funeraria a presentar mis respetos y vi su cuerpo, hubo un detalle inolvidable. Tenía una sonrisa en los labios, algo que no era efecto de los maquillistas fúnebres, algo que no se puede forzar en un cadáver. Una sonrisa y una expresión de gran tranquilidad. Nunca me quedó la duda de que, a pesar de ser muy corta, tuvo una vida intensa, muy movida pero feliz.
Y lo extrañamos.
Septiembre 28, 2007
¿La muerte de la belleza?
Preguntaba alguien en un grupo de discusión en internet, si la belleza y el optimismo en el arte han muerto, y si esto se debía a que estamos agobiados y frustrados por la realidad actual.
Citaba a un colega que decía: “El arte se ha tornado como un medio de expresión de los no felices, que necesitan expresar sus frustraciones a través de su obra. No sería raro que el próximo performance fuera un suicidio”.
La pregunta final era si volver a la belleza y al optimismo sería “ético y moral” en estos tiempos. Curiosamente, nadie contestó el planteamiento.
No pretendo dilucidar en tan mínimo espacio un asunto tan complejo. Si es ético o moral, es igual de complejo discutir.
Pero en lo personal, estoy cada día más saturada de la violencia y de la “estética de lo feo”, no sólo en el arte y la literatura, sino en todas las áreas del ámbito privado y público.
Creo que lo importante en un artista es seguir su proceso interior y su desarrollo personal, sobreponiéndose a las modas o las exigencias del mercado artístico y editorial para seguir su propia voz. Aunque “lo feo” esté de moda.
Quizás será una vuelta natural de tuerca, ese alejarnos de “lo feo”, para redescubrir la belleza en lugares donde ya no la estamos viendo. Porque llegará un punto en que lo feo no podrá superarse a sí mismo. De ahí que no sería raro un suicidio como performance. Pero, y después, ¿con qué vas a superarlo?
La negación a la violencia y lo feo puede ser otra manera de hacer notar la realidad, por la fuerza del contraste.
Y quizás en esta época atroz que vivimos, buscar un refugio de belleza y optimismo sea una necesidad que hemos obviado, tan concentrados como estamos en el hara-kiri de nuestras desgracias cotidianas.
(Publicado en LPG, 29 de mayo del 2004).
Septiembre 21, 2007
¡Matálo!
El bus avanza con torpeza, lento en pleno mercado. Sube un muchacho, se queda parado en las gradas. El motorista le pregunta “¿y lo que me robaste dónde está?”. El muchacho balbucea algo que no entiendo. El chofer desenvaina sin mayor aviso un machete gigantesco y brillante de tanto filo. Sale detrás del muchacho, quien al ver el machete, corre.
Los pocos pasajeros del bus nos asomamos a la ventana a ver en qué termina el asunto. El chofer le pega al muchacho con el canto del machete varias veces.
Pienso que es una broma pero luego veo la seriedad del asunto. Un viejo de sombrero, que va en el asiento delante del mío, se da la vuelta. Cuando habla, puedo ver que le faltan muchos dientes. Tiene aliento alcohólico. “¡Estamos en guerra, estamos en guerra!”, repite exaltado. “Si no los matamos nosotros, ellos nos van a matar”. Eran las únicas frases que repetía e intercalaba a cada rato una frase que le gritaba al chofer, asomándose a la ventana: “¡Matálo, matálo!”.
El viejo abre su maletín y saca un palo. Está dispuesto a ayudar al chofer. Mientras tanto, en tierra, el muchacho se ha escapado por el otro costado del bus. El chofer vuelve al bus y sigue manejando. El suceso causa tremendo embotellamiento y la curiosidad de todos.
El viejo sin dientes sigue azuzando al chofer con su “¡matálo, matálo!”. Le da palmadas en el hombro. El chofer y el cobrador fuman, nerviosos, comentando el asunto. Deduzco de los comentarios que el muchacho había ya robado una vez la caja de los pasajes. Y que el chofer no mató al otro porque realmente no quiso.
Pienso en la frase del viejo, “¡matálo, matálo!”, y en lo deshumanizados que estamos. Y que, como decía nuestro ideólogo pre-post-moderno favorito, Pedro Infante: “La vida no vale nada”.
Septiembre 14, 2007
Un programa bonito
¿Ha visto el programa de la señorita Laura?, pregunta el taxista. Le contesto que sí. A él le parece “un programa bonito porque pinta casos que le pasan a cualquiera”. Yo sonrío con tristeza.
El programa consiste en tomar un tema de la vida real y presentar testimonios al respecto. Por ejemplo, hombres jóvenes que se enamoran de mujeres mayores. Entra la madre del novio clamoreando porque el hijo de 20 años anda con una “vieja” de 44.
Que pase el hijo: el hijo viene diciendo que la novia es la única mujer que lo comprende y que él está sinceramente enamorado.
Que pase la noviaaaa: una guapa rubia oxigenada entra diciendo que este muchacho la ha hecho sentir mucho más mujer que cualquier hombre mayor.
Pero oh sorpresa, hay una tipa que dice estar embarazada del muchacho, que pase la embarazada: una muchacha de 20 que entra pegándole bofetadas al novio y se agarra de la greña con la novia.
Laura explica que la novia de 44 años tiene que confesar algo: se ha prostituido en los últimos meses para pagar una operación para su hijo. Entra el chivo. El novio, claro, se agarra a puñetazos con él, se tiran al suelo y son apartados por unos gorilones vestidos de negro, presencia permanente en el programa.
Resultados: se descubre que la embarazada está mintiendo pues la prueba de embarazo resultó negativa. ¡Afuera con la mentirosa! El proxeneta es denunciado y llevado preso. ¡Afuera con el chivo! Los novios terminan en arrumacos y besitos. Y la madre decepcionada mientras Laura le da consejos de que debe dejar a su hijo vivir su vida.
Y si todo es un montaje o que los personajes entren agrediéndose siempre con insultos y trompadas, parece no ser impedimento para los espectadores que, como mi taxista, piensan que están viendo “un programa bonito”.
(Publicado en LPG, 31 de diciembre 2004).
Agosto 31, 2007
Otro apacible amanecer en San Salvador
Desde que los veo venir sé que no andan en nada bueno. Son dos. Vestidos de blanco, sucios. Se saludan con un huelepega que va en sentido contrario. Van hacia la parada a un costado de la Biblioteca Nacional, sobre la avenida Cuscatlán.
Pienso, porque ya había ocurrido la semana anterior en la misma parada, que se montarán en un bus y lo asaltarán. Paso junto al bus y me atrevo a ver. Los dos forcejean con un hombre fornido que intentaba montarse. Se dan de puñetazos. Uno de los asaltantes saca un destornillador. El otro, una navaja de las que se ocupan para cortar en papelería y que ahora se compran en cualquier esquina. Lo rayan.
Me sube una sangre caliente por la nuca. El simple hecho de verlos es peligroso. Sueltan al hombre y van caminando en mi misma dirección. Me meto a lo primero que veo abierto, una panadería. Entro y me quedo ahí parada, a medio local. Un tipo que está trapeando me pregunta qué quiero. Nada, le digo, es que acaban de asaltar a un hombre en la parada y quiero esperar acá hasta que se vayan los ladrones. El tipo me mira feo, como si la ladrona fuera yo. Tan así me mira de mal que, sin mediar palabra, doy la vuelta y busco la puerta.
Me quedo parada ahí. Veo a la calle. Los tipos de blanco sucio ya no están. El asaltado tampoco. La calle está extrañamente silenciosa. Las pocas personas que están ahí parecen estatuas de sal. Todo está estático.
Observo a un vendedor de golosinas que seguro vio todo porque fue justo enfrente de él que sucedió. Nada más nos vemos. Mudos.
Respiro profundo. Tomo valor. Vuelvo a caminar. Falta un cuarto para las ocho.
Así comienza otro apacible día en el Gran San Salvador.
(Publicada en La Prensa Gráfica, 13 de marzo 2004).
Agosto 24, 2007
Mariana
El pelo hecho un desastre, quemado. Mal vestida, sucia. Camina aprisa, siempre con prisa. Flaca. Fuma piedra, marihuana, tabaco. Huele pega. Toma. Supongo que también se prostituye. Roba. No sé. La conozco de vista como se conoce a la gente que se mira a diario cuando uno pasa por las mismas calles y que llegan a ser parte de tu vida.
Ese día la veo en el punto de buses en el centro, con un vasito plástico en la mano izquierda y con un par de claveles en la derecha. Se acerca a una fresquera, toma del vaso, arruga la cara, tira el vaso. Vocifera, algo le dice a la fresquera. Pero estoy demasiado lejos para saber qué dice. La expresión delata que está drogada, ebria o ambas cosas.
Cerca viene el origen de las flores: un huelepega, con un tarro de leche en polvo, colmado de claveles frescos. Supongo que lo ha robado del cementerio, que está a unos pasos. O de alguna de las vende flores, que también están cerca.
El motorista del bus pide un fresco. La fresquera entra, le da la bolsa, recibe las monedas. Algo le dice él, comentando sobre la mujer de los claveles que, ese día supe, se llama Mariana. La fresquera le cuenta que Mariana tiene 3 meses de embarazo, no sabe quién es el padre, y no sabe qué hacer. La fresquera dice que le dijo que considere al niño, que deje la droga, que se meta en un centro de rehabilitación mientras pasa el embarazo, luego puede dar el niño en adopción. Sí, le ha dicho Mariana, eso voy a hacer en unos quince días.
Escucho la historia como se escucha todo en un bus. El cuento es para quien tenga oídos. Mientras tanto Mariana sigue su camino, chupa una paleta, y coqueta, se coloca los claveles en el destruido pelo.
(Publicado en LPG, 30 de octubre del 2004).
Agosto 17, 2007
La muerte en mi jardín
Veo desde mi estudio una ardilla que llega al corredor. Es mediana, joven. Anda curioseando. Me alegra verla. Entonces veo a un gato amarillo hiju’e las cien mil pares de pepitorias, de los que merodean por aquí, y se le tiró encima. Salí veloz a salvar a la ardilla que chillaba mientras el gato se la llevaba en la trompa. Le caí encima al gato que por evitarme, la soltó.
Examiné a la ardilla. Le hablaba. Se me hace inconcebible no hablarle a los animales. Me alegré porque no vi sangre. Pensé que estaría aturdida, asustada, que se repondría. El corazoncito le latía a mil.
Me senté en una gradita. La tenía entre mis manos, tan liviana y frágil de esqueleto, con su magnífica cola, larga, peluda, excelsa. Le hablaba para tranquilizarla, pero se puso peor.
Comenzó a boquear, como si se ahogara. No había nada que yo pudiera hacer. Mientras la acaricio, susurro el mantra del Buda de la Compasión. No sentí cuando murió. Se fue suavecita.
Hago esfuerzo por no llorar. Me toca entierro. Con la tierra que está seca hacer un hoyo es una tarea descomunal. Pero debajo del palo de mango hay un montón de hojas secas. Busqué un lugarcillo y llegué a la tierra que está un poco más floja por la humedad.
Coloqué a la ardilla en su hoyito. La tierra olía bien. Seguí hablándole. Le decía eso, que qué bien olía la tierra justo para ella. Y que le daba las gracias por haberme permitido estar a su lado en su muerte.
Su cola era más larga que todo el cuerpo. Se la puse al frente y la punta debajo de su cabeza, como almohada. Bien linda se miraba en su entierro. Luego la tapé con la tierra y muchas hojas secas.
Y después, pensé en mi propia muerte.
(Esta fue la ardilla que mató el gato del que hablé el martes. Publicado en LPG el 27 de marzo del 2004).
Agosto 10, 2007
El aleph
Vi a un hombre que vendía conejitos grises, blancos y negros en una acera del parque Bolívar; vi a una vendedora con el milagroso Santo Niño de Atocha tatuado en el hombro posterior derecho; vi a dos niños compartir un pan dulce y mojarlo en un vaso de café, que también compartían, sentaditos en la grada de una zapatería, junto a la cual, su madre vende golosinas; vi a un hombre cruzar la alameda Roosevelt cargando con dificultad un pastor alemán; vi a otro hombre cruzar la misma alameda, cargando un niño que llevaba la cabeza vendada; vi a dos adolescentes hablando en lenguaje de sordomudos en la acera del mercado Modelo; vi a un muchacho que se parece demasiado a alguien que no me ama; vi a un estudiante que, al bajarse del bus, gritó: “¡Te amo!” y lanzó un gran beso a alguien que iba adentro; todos los pasajeros vimos a la muchacha a quien fue lanzado ese beso sonreír emocionada, feliz; vi el charco de sangre de una vendedora de lotería que había sido asaltada junto al Palacio Nacional; vi un montón de palomas esperar las migas de pan que todos los días les da alguien frente a la oficina del Parasicólogo Numar; vi a un mendigo al que le faltaba el ojo derecho, cerca del parque Libertad; vi a otro al que le faltaban ambos ojos, en la avenida España; vi a un niño con una camiseta de Bob Esponja y de cuyo cuello colgaba, en oro, la Cruz de Caravaca; vi el rostro de mi padre ya muerto; vi las prostitutas esperando clientes en la esquina del mercado Sagrado Corazón; vi a alguien que amarraba a una gallina, la acomodaba con otras más en un canasto y la gallina grite y grite presintiendo su suerte y yo con los ojos, aguaditos en lágrimas.
(Ilustración: el Santo Niño de Atocha. Publicado en LPG el 17 de abril del 2004).
Julio 26, 2007
Vicio-nes: Historia de un taxista
Hoy tomé un taxi. En medio de los embotellamientos, del humo que nos disparaban los buses dentro del vehículo y los estertores de los pitos ajenos, el taxista habló incontenible.
El día había comenzado pésimo para él: un fulano le pidió que lo llevara al aeropuerto porque dizque venía su mamá de Los Ángeles, pero ya puesto allá se desapareció y no le pagó los 20 dólares que habían acordado por la gira.
Se quejaba del tránsito, de lo poco corteses que son los conductores, de cómo bloquean las esquinas en los semáforos sólo por capricho. “Pero esto es el gran San Salvador”, repetía una y otra vez, como un leitmotif irónico.
“Entonces la gente cree que es mejor irse a los Estados Unidos, pero no se dan cuenta de que también allá la vida es difícil, si lo sabré yo”, decía.
Había vivido 21 años entre Miami, Atlanta y Houston. Había sido querido de una prostituta, vendedor de drogas, taxista y falsificador de documentos. Amasó y perdió fortunas por ese mal amor y por los años en la cárcel. Perdió todo, de hecho. Estuvo preso en dos ocasiones, primero un año por lo de las drogas, y la última, cuatro años en una cárcel de Colorado por falsificación de documentos; finalmente fue deportado.
No puede volver a los Estados Unidos, aunque puede gestionar un perdón, cuyo trámite podría tardar entre cinco y siete años para lograr una respuesta positiva.
Le pregunto cómo ha sido la reinserción. Pésima, me dice, el país está muy mal.
Ha trabajado acá de vendedor en el mercado y hasta hace tres meses ha tomado el taxi en el que me lleva desde la iglesia del Calvario hasta Galerías.
“Pero estamos en el gran San Salvador”, me repite, con una amarga sonrisa despidiéndose. Como si estar acá fuera consuelo.
(Publicado en LPG, 14 de febrero, 2004).
Julio 19, 2007
Vicio-nes: Ranchera con final infeliz
Voy junto a un viejito en el bus. Un superarchitrihipermegaviejito. Con sombrero y anteojos “fondoebotella” (por no decir la otra palabra que usted ya sabe).
A los pocos minutos de sentarme junto a él, saca de su mochila una grabadora de mesa. Es un modelo antiguo, largo, de color negro, con las teclas a un extremo del aparato y el único parlante del otro. Miro de reojo el objeto. Debe haberlo conseguido en un pulguero. Nadie compraría una grabadora así en estos tiempos. Las de ahora hasta resultan objetos decorativos, de línea aerodinámica.
El viejito la mira y la mira. Aprieta una tecla. Con los dedos de su mano izquierda mueve el botón del volumen. Miro la uña de su pulgar izquierdo, reseca y escamándose por lo que creo es un hongo.
Es un casete de rancheras para toda ocasión: “Las mañanitas”, el “diétusanto” y hasta “Las golondrinas” para el entierro. Cantadas todas por Pedro Infante. El viejito sube el volumen. Estoy segura que a nadie ofende la música. Unas mujeres emperoxidadas que van en el asiento de al lado me sonríen. Como si yo anduviera con el viejito. Éste cierra los ojos. Duerme. O recuerda.
En la Roosevelt, junto al parque Cuscatlán, un embotellamiento. El lento avance del bus permite escuchar mejor la música. El viejito sube y baja el volumen a su antojo.
No se sabe el por qué del embotellamiento pero para el viejito está muy bien. Parece que no se aguantaba llegar hasta su casa para oír el casete.
Cuando avanzamos, veo las cintas amarillas de la Policía y el cuerpo, que yace boca abajo contra el pavimento. Con los brazos estirados, en cruz. Y dos piezas de sesos, a un lado del cuerpo, nada más ahí, sobre el asfalto.
El viejito apaga la música, guarda la grabadora rápido. Nadie dice nada.
(Publicada en LPG, 25 de enero 2003).
Julio 12, 2007
Rescatando "Vicio-nes": Alguien llora una rata
En octubre del 2002, La Prensa Gráfica, uno de los periódicos de mayor circulación en El Salvador, inauguró su sección de Cultura. Parte del atractivo de aquel par de páginas fue una sección de columnas escritas por diversos artistas y personas del mundo cultural salvadoreño. Fui invitada a participar. Lo de la columna llevaba varias semanas hablándose y cuando finalmente fue aprobado el asunto, me dijeron que contaría con un espacio quincenal, cada sábado, de 300 palabras.
Me sentí bastante decepcionada. Me parecía que 300 palabras era poquísimo espacio, que apenas se podría completar una idea en tan poco (menos que una cuartilla tamaño carta). Pero luego pensé que ése sería precisamente un reto y un ejercicio del que, como escritora, podría aprender algo. Así es que acepté. (Por cierto, ahora que volví a releer algunas, me asombra lo breves que eran).
Por aquellos días tenía poco más de un año de haber regresado a vivir en El Salvador. Viví en Los Planes de Renderos, y para hacer cualquier mandado, debía obligadamente atravesar el centro de la ciudad, el área de mayor criminalidad del país. No tenía remedio pues no tenía carro y me tocaba hacer aquellos viajes en bus.
Antes incluso de que se me propusiera la columna, ya había comenzado a escribir algunas crónicas de lo que miraba en mi paso por la ciudad. Cuando lo de la columna, decidí que "mi línea" sería hacer eso, crónicas de la ciudad (aunque de vez en cuando escribía sobre otros temas).
