Marzo 31, 2008
Cuando vivir duele
“Los hombres de genio, los grandes creadores, ¿no se encuentran precisamente entre los depresivos y los melancólicos?”, preguntaba Aristóteles ya en su tiempo.
Como decíamos al comienzo de esta serie, la relación entre enfermedad mental, suicidio y creatividad siempre ha estado bajo la lupa pero nunca ha podido comprobarse científicamente. Aunque no hay estudios específicos que analicen el suicidio entre escritores, hay varios sobre su relación con la enfermedad mental que han arrojado conclusiones interesantes.
Arnold M. Ludwig, un profesor de psiquiatría ya retirado del Centro Médico de la Universidad de Kentucky, realizó una investigación cuyos resultados fueron publicados en 1995 en el libro The Price of Greatness: Resolving the Creativity and Madness Controversy (El precio de la grandeza: resolviendo la controversia entre creatividad y locura).
Ludwig estudió a más de 1,000 personalidades prominentes con 18 profesiones diferentes, 8 de ellas del área creativa y artística. La investigación lo llevó a concluir que eran los artistas los que tenían mayores problemas. Entre sus sujetos de estudio, el 20% de los poetas había cometido suicidio en comparación con el 4% de suicidios de todas las otras profesiones examinadas.
En el estudio de Ludwig, los poetas vivían un promedio de 59.6 años y los científicos sociales 73.5. Los escritores de no ficción llegaban a los 70.6 años y los músicos apenas alcanzaban los 57.2.
Algunos años después, el psicólogo James C. Kaufman, de la Universidad del Estado de California, analizó a 1,987 escritores muertos, tanto hombres como mujeres, de diversos orígenes (estadounidenses, canadienses, mejicanos, chinos, turcos y de Europa del Este).
Marzo 25, 2008
Una vida de amor, locura y muerte: Horacio Quiroga
En 1937, en el sótano del Hospital de Clínicas de Buenos Aires, había un paciente llamado Vicente Batistessa. Estaba internado en esa parte del hospital por su aspecto físico: tenía horribles deformaciones, causadas quizás por una elefantiasis, una neurofibromatosis o el Síndrome de Proteus. Apenas era visitado por el médico que lo atendía y por alguna enfermera.
Un día, un paciente alto, delgado, barbado y de ojos verdes, bajó al sótano por curiosidad y encontró a Batistessa. Le habló. El deforme, acostumbrado a ser visto con temor o en el mejor de los casos, a ser ignorado, apenas tuvo valor de contestarle. Poco a poco se dio cuenta que el paciente barbado era sincero y amable y ambos se hicieron amigos. El barbado exigió que Batistessa fuera sacado del sótano y trasladado a su habitación, que ambos compartirían.
Cuando ya Batistessa, profundamente agradecido por ser tratado como un ser humano normal, se encontraba en la habitación que compartiría con su amigo, el barbado le contó la historia de su vida.
Se llamaba Horacio Silvestre Quiroga Corteza y había nacido en El Salto, Uruguay, el último día del año 1878. Cuando era apenas un bebé de brazos estuvo presente cuando su padre, Prudencio Quiroga, murió al disparársele accidentalmente la escopeta, que llevaba en una posición incorrecta, al descender de una lancha. Su madre, Juana Pastora Corteza, asustada por el disparo y la visión del marido herido, dejó caer al bebé, que se golpeó contra las tablas del muelle y casi cae al agua.
Fue un niño tímido, asmático y algo tartamudo. Cuando Horacio cumplió doce años, Pastora vuelve a casarse con Ascensio Barcos, a quien el niño tomó gran afecto. Pero cinco años después del matrimonio, Barcos sufrió una hemorragia cerebral que lo dejó paralítico y afásico. No conforme con su suerte, Barcos, utilizando el poco movimiento que todavía tenía en una de sus piernas, logró arrastrarse hasta donde guardaba la escopeta, puso el caño en su mentón y accionó el gatillo con el pie. Horacio, en ese entonces de diecisiete años, quien se había esmerado en cuidarlo, fue el primero que acudió al oír el disparo, encontrándolo muerto.
Marzo 17, 2008
Los pájaros cantaban en griego: Virginia Woolf
El 28 de marzo de 1941 puede verse cerca de las riberas del Río Ouse a una mujer de 59 años, paseando con su bastón y su abrigo. La mujer mira al suelo. Parece buscar algo. De vez en cuando se agacha y mete algo en sus bolsillos. Ha salido desde su casa, un lugar conocido como Monk’s House, en las afueras de Rodmell, y ha caminado atravesando un valle para llegar al río.
Rodmell, en el distrito de Lewes, en Sussex Este, Inglaterra, es un lugar tranquilo, de pocas casas. La palabra “ouse” tiene origen celta y significa simplemente “agua”. El río tiene poco más de 67 kilómetros. A ratos está bordeado de valles y se torna muy ancho, y en otros parajes se torna más angosto y está rodeado de bosques.
Al fin junto al río, la mujer examina el contenido de sus bolsillos. Piedras. Grandes y pequeñas. Repletos los bolsillos de ellas. Con su bastón tantea caminar hacia el borde lodoso del agua. Siembra el bastón en la orilla, en el lodo. Y sigue caminando hacia adentro, hacia el agua, hacia la parte más profunda del Ouse. Siente el frío en sus pies, en sus pantorrillas. Se alegra al notar que el llenar sus bolsillos de piedras está funcionando. No le pasará como hace pocas semanas, que se metió al río pero salió flotando. Salió mojada y sucia del agua y al regresar a casa tuvo que mentirle a Leonard y decirle que se había caído.
Ahora no habría mentiras. No flotaría. Ahora sería definitivo.
Marzo 10, 2008
Leche negra de la muerte: Paul Celan
Una noche de abril de 1970, un hombre camina por la Avenida Emile Zolá de Paris. Mientras lo hace, recuerda su reciente viaje a Israel, hecho a fines del año pasado. Era su primera visita y, esta noche lo sabe, también fue la última. A su regreso se mostró tan jubiloso de haber conocido la tierra de sus ancestros que hasta pensó en irse a vivir allá.
Piensa también en Samuel Beckett. Franz Wurm, un amigo poeta, le había invitado a ir a conocerlo, pero se negó. No le parecía correcto ir a visitar a alguien sin anunciarse. Pensar en Beckett lo lleva a recordar a su hijo, Eric, de 14 años. Habían quedado de ver juntos una puesta en escena de Esperando a Godot, pero un día antes canceló la cita con su hijo.
Desde 1967 ya no vivía ni con él ni con su mujer y se fue a vivir solo a aquel apartamento de la Avenida Emile Zolá. Recuerda el 67 como un mal año. Fue acusado de plagio. Pero el 67 también fue bueno si piensa en la cantidad de poemas que escribió y en el viaje a Alemania para dar una conferencia en la Universidad de Freiburg-im-Brisgau, entre cuyos asistentes se encontraba nadie menos que Martin Heidegger.
Al llegar al puente Mirabeau, se detiene. Se queda un rato ahí asegurándose de que no haya nadie en las cercanías, nadie que vaya a entorpecer su plan. Se asoma a ver las aguas del río Sena. De noche el agua se mira negra, una leche negra hacia la cual Paul Celan se lanza. Una leche negra en la cual espera ahogarse, él, que ha sido un excelente nadador desde su adolescencia.
Marzo 03, 2008
Vivir cansa: Cesare Pavese
El hombre toma una maleta. Mete algo de ropa. El libro más querido de todos los que ha publicado, Diálogos con Leucó. Su diario personal, un folder con sus últimos poemas. Y 16 envases de somníferos.
Se despide de su hermana. Le dice que hará un viaje de fin de semana, algo que ya había hecho otras veces. A él le gustaba retornar con alguna frecuencia a Santo Stefano Belbo, en el Piamonte, donde habían nacido.
Sale de la casa en la Via Lamarmora y toma un tranvía. El viaje es corto, menos de 10 minutos. Baja en la parada de la estación del tren, la Stazione di Porta Nuova, frente a la Piazza Carlo Felice. Se detiene un momento. Mira a su alrededor y descubre un pequeño hotel en la Piazza, el Albergo Roma. Cambia de planes.
Entra al hotel. El mostrador del negocio familiar es de madera. El suelo está cubierto por una moqueta roja. En el vestíbulo hay dos grandes radiadores, un espejo, una mesita con dos sillones y una escalera de baranda metálica. Pide un cuarto. Insiste en que tenga teléfono. Le dan la habitación 346. Sube por la escalera con su pequeña maleta.
Abre la puerta. La habitación es sencilla, pero limpia. La cama es angosta. Hay una mesa de madera y una silla. Un pechero. Un lavabo. El teléfono es negro y está pegado a la pared. Hay una lamparita encima de la cabecera de la cama.
Llamó a alguna gente por teléfono. Era el sábado 26 de agosto de 1950. El día fue pasando, se hizo la tarde, cayó la noche. Hizo tres últimas llamadas telefónicas, se dice que a tres mujeres. Las invitó a cenar. Ninguna aceptó. Ninguna quiso o pudo ir al hotel a verlo tampoco.
Tomó su diario. Releyó la última entrada, la del 18 de agosto: “Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”. Releyó los últimos poemas que había escrito de manera febril, los poemas para C. Tomó el libro Diálogos con Leucó. Releyó sus partes favoritas. Luego tomó un bolígrafo y pese a la promesa de no escribir más, Cesare Pavese, de 42 años, escribió sus últimas palabras en una de sus páginas: “Perdono a todos y a todos pido perdón. No murmuren demasiado”. Entonces buscó en la maleta los somníferos. Se quitó los zapatos, se aflojó el nudo de la corbata y comenzó a tomar, una por una, las pastillas de esos 16 envases.
Febrero 25, 2008
Yo, demasiado impaciente, me les adelanto: Stefan Zweig
Un matrimonio de judíos austriacos ha viajado desde Petrópolis hasta Río de Janeiro para disfrutar del carnaval. Necesitaban distraerse un poco de la sombra de la guerra que se libra al otro lado del Atlántico. El 16 de febrero de 1942, Martes de Carnaval, se lee en los periódicos que Singapur se ha rendido ante el Japón. Esto le produce un profundo impacto al matrimonio, sobre todo a él. La guerra lo ha tenido entrando y saliendo de depresiones. Recuperar el optimismo es casi imposible. Teme que el nazismo se impondrá sobre Europa y alcanzará al resto del mundo.
El matrimonio decide acortar su viaje y volver a su casa en el número 34 de la Rua Gonçalves Dias del Barrio Valparaiso en Petrópolis. Han tomado una decisión, pero hay que preparar algunas cosas antes de ejecutarla. Bluchy, el perrito del matrimonio, observa feliz el retorno de sus amos.
Los siguientes cinco días él los dedica casi exclusivamente a escribir cartas a varios amigos, a su ex-esposa, a revisar el manuscrito de su autobiografía. Busca todos los libros que ha prestado y les coloca el nombre de su dueño. Hace un último viaje rápido a Río de Janeiro para entregarle copia de su testamento a su abogado.
Su mujer le ayudaría a poner estampillas para todas las cartas que se enviarían a los amigos, a meter los manuscritos y los trabajos inconclusos en sobres manila. Preparó el pago pendiente del alquiler, el sueldo de los empleados domésticos, instrucciones sobre qué hacer con sus utensilios y la ropa que se donaría a los pobres. También le sacó punta a todos y cada uno de los lápices que dejarían sobre el escritorio.
Cuando se hizo el 22 de febrero y revisaron la lista de pendientes, se dieron cuenta que todo estaba listo. Cenaron como todos los días y jugaron una partida de ajedrez.
Febrero 18, 2008
Una mujer así no se avergüenza de morir: Anne Sexton
Podría decirse que el viernes 4 de octubre de 1974 fue un buen día. El sol brillaba. Era otoño. Las hojas de los robles y los arces comenzaban a cambiar de color. Por la mañana había ido a ver a su terapeuta, la doctora Schwartz. Le contó del viaje del que recién había retornado el día anterior, un viaje para leer su poesía. Fumaba, siempre fumaba. Cuando terminó la sesión, manejó su Cougar rojo modelo 67 hasta Norton, para almorzar con su entrañable amiga Maxine Kumin.
Comieron sandwiches de atún. Bebieron vodka. Fumaron. O fumó ella. Era inconcebible verla sin un cigarro entre los labios, entre los dedos. Hablaron de poesía y también de cosas triviales. Revisaron las pruebas de su próximo libro. Maxine también era poeta, pero no sólo eso. Desde que se conocieron en el invierno de 1957, habían formado un vínculo intenso gracias a la identificación de dos amas de casa de los suburbios convertidas en poetas. Ganadoras ambas del Premio Pulitzer, Maxine apenas el año anterior. Ella, en el 67, que fue cuando compró el Cougar.
Hablaban a diario, se veían a menudo. Si estaban lejos, se escribían cartas. Entre ambas trabajaban sus poemas con la misma rigurosidad como si estuvieran en el taller literario donde se conocieron. Instalaron una segunda línea telefónica, en cada una de sus casas, para dedicarla exclusivamente a hablar dos o más horas diariamente sobre sus versos. Escribieron juntas cuatro libros para niños. Se retaban: escribamos algo a partir de equis idea. Veinte minutos después se llamaban con un poema que se leían y trabajaban, mientras trataban de mantener sosegados a hijos y esposos.
Terminado el almuerzo, ella se monta en el Cougar, arranca, baja la ventanilla y le grita algo a Maxine, algo que ésta no entendió. Siguió con la mirada el Cougar rojo hasta perderlo de vista preguntándose qué le habría dicho. Se lo preguntaría el resto de su vida.
Febrero 11, 2008
¿Suicidado yo? ¡Qué bonito!: José Asunción Silva
La noche del sábado 23 de mayo de 1896, hubo una cena informal para amigos en la casa número 13 de la Calle 14 de Bogotá, Colombia. Era costumbre entre las familias bogotanas de la época ofrecer este tipo de cenas un par de veces al mes. La lista de invitados fue hecha por doña Vicenta Gómez viuda de Silva y en la selección de los convidados había una variopinta mezcla de personas, no todas del agrado de su hijo. Pero éste era de los que jamás contradecía a su madre.
Uno de los convidados no pudo asistir. Y cuando se sentaron, un comensal hizo notar que había trece a la mesa. “No se afane, porque yo voy a servir”, dijo el hijo de doña Vicenta, levantándose de inmediato. Se sirvieron té, chocolate, bizcochos y bocadillos dulces y salados hechos por una cocinera francesa. Era lo que se llamaba “el refresco de la noche”. Terminado “el refresco”, fueron a la sala, se hablaron frivolidades, se contaron anécdotas. El hijo de doña Vicenta, quien era poeta, recitó algunos de sus versos.
Casi a medianoche, los invitados se despidieron de sus anfitriones. El hijo de doña Vicenta los acompañó hasta el zaguán con una luz. El último en salir fue Hernando Villa. Éste lo invitó a cenar en su casa al día siguiente, pero el poeta de 31 años se disculpó aduciendo molestias de salud. Sin embargo, le prometió pasar a su casa para tomar el té. Villa le dijo que se dejara de esas cosas, que viviera como todos, sin tanto refinamiento, porque si no se iba a terminar dando un balazo. “¿Suicidado yo? ¡Qué bonito!” contestó el poeta, divertido por la ocurrencia.
Retirados todos, dados los besos de buenas noches a su madre y a su hermana, el poeta se metió a su cuarto. Se quitó la ropa. Se puso un pantalón de casimir. También unos botines de charol traídos de Europa. Y luego una camiseta de seda que tenía dibujado un corazón. Se metió en su cama. Se cubrió un poco. Acomodó las almohadas para poder estar sentado y leer un rato.
Enero 21, 2008
Voy a dormir: Alfonsina Storni
Es de noche y se anuncia tormenta. Una mujer de 46 años que está hospedada en una pensión de Mar de Plata sufre de dolores terribles. La morfina ya no ayuda más. Debilitada por el dolor, llama a la asistenta del lugar y dicta una carta para su hijo Alejandro, de 26 años: “... Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero”.
Ya en la madrugada del 25 de octubre de 1938, la mujer sale de su habitación. La tormenta ha comenzado. Quizás ya había escogido el lugar en días anteriores. Quizás nada más caminó y lo encontró. Los suicidas siempre tienen secretos que se llevan consigo. Lo cierto es que llegó hasta un espigón y desde allí se arrojó al mar.
En las primeras horas de la mañana, unos trabajadores ven flotar un cuerpo en la playa. Lo sacan del agua, lo llevan al hospital y reconocen a la muerta como la poeta Alfonsina Storni.
Tres años antes, en 1935, a Storni le fue detectado un cáncer mamario. Los doctores la operan y pierde el seno derecho. La amputación provoca un profundo trauma en Alfonsina. Se suma en una serie de depresiones y se aísla de sus amistades. Comienza una vida en solitario y su estado de ánimo empeora cuando al cabo de poco tiempo, se da cuenta que el mal se ha extendido y que no hay cura posible. La morfina alivia sus dolores físicos momentáneamente, pero no los del espíritu.
La vida de Alfonsina Storni nunca fue fácil. Los negocios de su padre Alfonso, alguna vez prósperos, se vienen abajo cuando ella es apenas una niña. Ella se ve obligada a trabajar desde los 11 años para ayudar en la economía de la familia. Él sufre fuertes depresiones y muere cuando Alfonsina tiene 14 años.
Enero 14, 2008
Os saludo rompiendo la pluma: Emilio Salgari
El 25 de noviembre de 1911, un hombre de 48 años se dirige a un barranco en el Valle di San Martino, cerca de Turín, Italia. El lugar está lleno de buenos recuerdos. Ahí cerca había vivido un tiempo con sus hijos y su amadísima esposa, en la Via Guastella. En aquel lugar, lo recuerda claramente, la familia entera iba a cortar flores. Desayunaban por ahí cerca. Era un pequeño lujo que podían darse, a pesar de la dramática estrechez económica.
Cuando saca el cuchillo, no puede evitar pensar en piratas y sultanes, en tigres y selvas, en barcos y palacios, en lugares exóticos a los que el común de la gente jamás viajará. Ni él tampoco. Piensa en su amada esposa Aída, en sus hijos a los que apenas podrá heredar 150 liras. Confía en que habrá seres bondadosos que cuidarán de ellos.
Cuando cumplió 16 años, el joven Salgari se mudó de su natal Verona a Venecia, para ingresar al Real Instituto Técnico Naval “P. Sarpi”. Su plan era obtener el título de capitán de gran cabotaje pero nunca lo logró. Y es de ahí en adelante donde la vida misma de Salgari se confunde entre la realidad y la fantasía.
En sus memorias, Emilio Salgari asegura haber realizado una serie de viajes por la India, Malasia, Borneo y el Pacífico Sur en los que pasaron toda suerte de sucesos y conoció a las más disímiles personas, quienes se convertirían, más adelante, en el pasto nutricio de sus novelas de aventuras. La verdad aparenta haber sido mucho más sencilla. Se cree que Salgari, quien tenía una fantasía bastante exacerbada, quien era un lector incansable y que para algunos no era más que un mitómano, en realidad no llegó a ser más que un marino que realizara poquísimos viajes como parte de su aprendizaje naval y un viaje como pasajero en un barco mercante que navegó durante tres meses en el mar Adriático.
Enero 07, 2008
La temporada de juego ha terminado: Hunter S. Thompson
La tarde del 20 de febrero del 2005, Anita Thompson está hablando con su esposo por teléfono. Ella se encuentra en el gimnasio y él está en su estudio, en su casa de “Owl Farm”, en Colorado. Él está enfrascado en la escritura de un artículo sobre los atentados del 11 de septiembre pero tiene pendiente la entrega de su columna semanal de ESPN y le pide a Anita que regrese pronto para trabajar en ello.
En algún momento de la conversación, él le pide que espere. Ella se queda en la línea y de pronto escucha un sonido fuerte. Anita piensa que algo se ha caído, pero no logra identificar bien el sonido. Espera en la línea largo rato pero su esposo no vuelve al teléfono.
Ese sonido fue el de un disparo. Hunter S. Thompson se había disparado en la boca con una pistola calibre 45. Su cuerpo estaba sentado frente a su máquina de escribir. En el rodillo había metida una hoja de papel y en su centro estaba escrita una única palabra: “Counselor” (consejero).
En el momento del suicidio, se encontraban en su casa su hijo Juan, su nuera y su nieto. De hecho estaban en el cuarto junto al estudio. Cuando escucharon el ruido del disparo pensaron que se trataba de algún libro que había caído al suelo y continuaron en lo que estaban antes de asomarse a ver si había ocurrido algo.
Horas después, cuando se reportó el incidente y llegó la policía, sus familiares afirmaron estar seguros de que el suicidio había sido algo planeado y no estaban demasiado sorprendidos. Thompson había tenido serios problemas de salud en los meses anteriores. Una cirugía en la espalda y otro procedimiento donde se le había implantado una cadera artificial lo habían dejado extenuado y sobre todo con fuertes dolores. Para rematar, se había quebrado una pierna en uno de sus últimos viajes a Hawaii. Todos estos problemas habían limitado su movilidad.
Enero 02, 2008
Hermosa como el suicidio: Alejandra Pizarnik
25 de septiembre de 1972. En el 980 de la Calle Montevideo de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía (“dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”).
Lo único que tiene es su nombre, Alejandra Pizarnik, que fue el que se dio a sí misma a partir de su segunda publicación, guardando para el recuerdo el que le habían dado sus padres, Flora, y el verdadero apellido, Pozharnik, alterado por un error de registro, hecho frecuente entre los funcionarios de migración de Argentina, cuando admitieron a sus padres, una pareja de judíos rusos que huyeron de Europa justo a tiempo, es decir, antes del holocausto donde, en efecto, murió gran parte de la familia que quedó atrás.
En junio del 71, poco más de un año antes, Pizarnik había ingerido una sobredosis de barbitúricos pero fue encontrada a tiempo como para ser llevada a un hospital a hacerle un lavado de estómago. A partir de entonces frecuentaría clínicas y tratamientos para tratar de aliviar su persistente depresión.
Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a la entonces aún Flora: era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. Ella se consideraba además a sí misma como fea e inadaptada.
A los 15 años comienza a fumar y la obsesión por su sobrepeso, la hizo consumir anfetaminas, fácilmente adquiribles en las farmacias, y que se utilizaban como tratamientos contra la obesidad.
Las anfetaminas seguirían acompañándola durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, prolongando las noches de desvelo en las que intenta estudiar letras pero que después deja para estudiar pintura con Juan Battle Planas. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones, una de ellas, la infancia perdida.
Diciembre 26, 2007
Era la noche de la muerte: Reinaldo Arenas
El 7 de diciembre de 1990, un hombre de 47 años, escribió lo que de seguro sería el texto más difícil de su vida: “Queridos amigos: debido al estado precario de mi salud y a la terrible depresión sentimental que siento al no poder seguir escribiendo y luchando por la libertad de Cuba, pongo fin a mi vida. En los últimos años, aunque me sentía muy enfermo, he podido terminar mi obra literaria, en la cual he trabajado por casi treinta años. Les dejo pues como legado todos mis terrores, pero también la esperanza de que pronto Cuba será libre. (...) Pongo fin a mi vida voluntariamente porque no puedo seguir trabajando. Ninguna de las personas que me rodean están comprometidas en esta decisión. Sólo hay un responsable: Fidel Castro. Los sufrimientos del exilio, las penas del destierro, la soledad y las enfermedades que haya podido contraer en el destierro seguramente no las hubiera sufrido de haber vivido libre en mi país”.
La breve nota sería firmada por él con la precisa instrucción de ser publicada y enviada a todos sus amigos. Luego de escribirla, Reinaldo Arenas preparó un cóctel de alcohol y pastillas. Y bebió.
La leyenda urbana afirma que Lázaro Gómez Carrillo estaba presente aquel día en el apartamento de Nueva York, que posiblemente Arenas le dictó aquella última carta a Lázaro y que éste le ayudara a ingerir el cóctel de pastillas.
La presencia de Lázaro Gómez no es improbable debido a que en los tres años anteriores a su muerte, Arenas llegaría a estar en muchas ocasiones tan debilitado y enfermo que no podía escribir y dictaba todo en una grabadora. Lázaro se convirtió en un asistente cercano. Arenas siempre describió su relación como una amistad que se había convertido “en una suerte de hermandad” aunque muchos creen que fue su amante.
Diciembre 18, 2007
Archivos Plath
-Biografía breve con bibliografía de Sylvia Plath en español.
-Sylvia Plath en Neurotic Poets, homenaje a Sylvia y una página con una detallada biografía y comentarios sobre sus libros.
-"Lady Lazarus" en inglés y en español.
-Una buena colección de sus poemas en inglés.
-Sylvia en Wikipedia, español e inglés.
-La tumba de Sylvia Plath.
-Sylvia Plath lee "Ariel", "Fever 103" y en este video lee "Daddy" (el texto del poema en inglés y en español).
Diciembre 17, 2007
Morir es un arte y yo lo hago excepcionalmente bien: Sylvia Plath
La mañana del 11 de febrero de 1963, se levantó temprano. Hacía frío, mucho frío. Aquel había sido uno de los inviernos londinenses más crudos y el frío intolerable sólo había servido para aumentar su depresión. Sus dos hijos dormían. Previendo que al levantarse tendrían hambre, fue hasta la cocina, sirvió un par de vasos con leche, preparó algo de pan con mantequilla y colocó los alimentos en el cuarto de los chiquillos, sin hacer el menor ruido.
Fue por unas toallas, todas las que pudo encontrar, y las mojó. Con ellas tapó la ranura inferior de la puerta, a manera de aislar totalmente el cuarto de sus hijos. Revisó una última vez la carta que dejó sobre alguna mesa. Era una carta dirigida a Trevor Thomas, el vecino que vivía en el apartamento justo debajo de ella. En la carta estaba anotado el nombre y el teléfono de su doctor.
Luego se encerró en la cocina, selló cuidadosamente la puerta con más toallas (algunas versiones dicen que con cinta adhesiva), encendió el gas y metió la cabeza en el horno. También se ha dicho que antes de eso, ella habría ingerido algunos barbitúricos. El olor a gas alertó a los vecinos y finalmente, cuando llegó la niñera, se tumbó la puerta para encontrar a Sylvia Plath, muerta en su cocina.
Hay quienes dicen que lo minucioso de todo este escenario pretendía no ser un suicidio definitivo sino un poderoso llamado de atención para todos los que la rodeaban. Aparentemente, según la lógica de Plath, sería encontrada fuera por la niñera o por Thomas, quien se estaría levantando y comenzando el día justo en el momento en que ella encendió el gas (de ahí el detalle de dejar el número del doctor anotado por ahí). Sin embargo, el informe del forense aseguró que su cabeza estaba metida “lo más adentro posible del horno”, lo cual le hizo concluir que “la víctima tenía toda la intención de morir”.
Diciembre 11, 2007
Archivos Mishima
-Algunos cuentos de Mishima en español.
-The Mishima Yukio Cyber Museum: biografía, bibliografía y ciber-museo (este último en japonés).
-"I cut the head of Yukio Mishima": reportaje en inglés por John-Ivan Palmer, quien intentó durante años entrevistar a Hiroyasu Koga, quien fuera el que cortara la cabeza de Mishima.
-Mishima en la Wikipedia (con varios enlaces interesantes).
-Video sobre Mishima y el fisicoculturismo, Mishima hablando acerca de los samurais con subtítulos en inglés y sobre varios temas más.
-Vida y muerte de Yukio Mishima: fotos de diferentes etapas de la vida del autor, más video de lo que llegó a ser conocido como "El incidente Mishima", en el cuartel de Ishigaya. Al final, parte de las honras fúnebres y una imagen de su tumba. (Advertencia: hacia el minuto 4:06, imágenes no aptas para los muy sensibles).
Diciembre 10, 2007
El último samurai: Yukio Mishima
Casi al mediodía del 25 de noviembre de 1970, un hombre sobre cuya frente va ceñida una cinta con el emblema japonés, arenga a los soldados desde un balcón del Cuartel de Ichigaya. En su discurso, que pocos escucharon con atención, protestaba contra la constitución impuesta por los USA en el Japón de la post-guerra y llamaba a los japoneses a recuperar la importancia de la figura del Emperador y rescatar las tradiciones japonesas. Pero fue abucheado por los soldados. Luego de tres vivas al Emperador, aquel hombre entró de nuevo al cuartel.
Ésa sería la última aparición en público de Yukio Mishima, de 45 años, un escritor altamente respetado en Japón, tres veces nominado al Premio Nóbel de Literatura. Lo que ocurrió luego adentro del cuartel fue un meticuloso ritual suicida llamado Sepukku (conocido en occidente como Hara-kiri). Pero aunque la planificación de los detalles de esta acción comenzara 12 meses antes, hay muchos indicativos de que el Sepukku y la toma del cuartel eran algo que venía rondando obsesivamente a Mishima desde hacía muchos años atrás.
Para los que han leído Caballos desbocados, una de las novelas que conforman su tetralogía “El mar de la fertilidad”, el argumento y las circunstancias de aquella mañana de noviembre son demasiado similares como para ser una casualidad. Y si bien es cierto dicha tetralogía fundamentó su visión del Japón de aquel entonces, es en esta novela donde las motivaciones ideológicas detrás de lo que se convertiría en su suicidio están fríamente desglosadas.
En su juventud, Yukio Mishima era un hombre extremadamente tímido, muy bajo, delgado y “feo”, según algunas mujeres que lo conocieron entonces. Además, el asumir su identidad homosexual no fue un proceso sencillo. Ello está relatado en su libro Confesiones de una máscara.
Diciembre 03, 2007
El Club de los Escritores Suicidas: El suicidio y la literatura
Virginia Woolf, Ernest Hemingway, Cesare Pavese, Jack London, Sandor Marai, Alfonsina Storni, Jack London, José Asunción Silva, Yukio Mishima, Jacques Rigaut, Horacio Quiroga, Anne Sexton, Vladimir Maiakovski... La lista de escritores y poetas que han cometido suicido en diferentes épocas y lugares, de las más diversas (y a veces brutales maneras) es bastante larga.
El suicidio y los procesos creativos de los artistas es una relación que ha fascinado a estudiosos y aficionados desde hace mucho tiempo. Una de las obsesiones de los que se acercan al tema es descifrar si, al analizar los escritos dejados atrás, hubiera sido posible predecir el final de dichos autores. Lo que durante mucho tiempo fue apenas una fascinación morbosa comenzó en algún momento a tornarse en asunto para estudios más serios.
Posiblemente no fue sino hasta fines del siglo XIX cuando intentó dársele confirmación científica, con la publicación en 1889 de Genio y locura escrita por el médico y antropólogo italiano Cesare Lombroso. El autor planteaba que el genio artístico era una forma de desequilibrio mental hereditario y para apoyar esta afirmación, se dedicó a coleccionar lo que llamó “arte psiquiátrico”, escritos, dibujos y pinturas realizados por pacientes encerrados en hospitales mentales. Lombroso también vinculó el genio artístico con la esquizofrenia, debido al alto índice de pacientes que sufrían de este mal y que lograban plasmar por medio de la expresión creativa, su atormentado y complejo mundo interior.
