Diciembre 14, 2010
Un sandwich con La Divina Comedia
El 6 de noviembre de este año se derrumbó la Casa de los Gladiadores, una de las estructuras preservadas en la ciudad de Pompeya, Italia. La mencionada casa era utilizada por los gladiadores para entrenar, momentos antes de salir al combate.
La instalación estaba cerrada al público debido a su frágil estado, pero luego de una serie de intensas lluvias, la estructura completa cedió. Gracias a ese cierre y a que ya se tenía noticia de que peligraba un derrumbe, nadie resultó herido durante el suceso. Luego, a inicios de este mes de diciembre, se cayó un muro de la Casa del Moralista, del mismo complejo pompeyano, que aunque no de tanto valor como la Casa de los Gladiadores, ha dejado al descubierto el lamentable estado en que se encuentra el conjunto histórico.
El derrumbe de estas estructuras supone una pérdida de incalculable valor para el patrimonio cultural, no sólo de Italia sino del mundo, ya que en 1997 las ruinas de Pompeya fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad.
Ante el derrumbe de la Casa de los Gladiadores, la sociedad italiana comenzó a debatir sobre el estado de varios de los complejos históricos y arqueológicos de Italia. Los políticos de oposición al gobierno cuestionaron fuertemente a Sandro Bondi, el Ministro de Cultura, quien fuera llamado ante el Parlamento italiano para explicar lo ocurrido.
A pesar de mostrarse apesadumbrado por el asunto, Bondi se negó a renunciar a su cargo y a asumir ningún tipo de responsabilidad ante el hecho, culpando a los superintendentes de la administración de los fondos que el gobierno italiano asigna para la manutención de los monumentos. Selló su intervención afirmando que el gobierno no podía garantizar que no se darían más derrumbes.
Noviembre 15, 2010
La novela y su material humano
Me llama la atención la concepción que tiene el común de la gente sobre el oficio del escritor. Parece que se piensa que escribir es “soplar y hacer botellas”, algo que se hace sin esfuerzo, de manera espontánea o de forma automática.
Es frecuente que alguien me pida poemas, cuentos, conferencias o artículos sobre un tema equis y por lo general, dan como plazo un tiempo muy corto, irreal para la dimensión de lo que solicitan.
Mucha gente supone que uno debe escribir algo, en plazos que tienen la premura del periodismo pero no el reposo que necesita la literatura. Y la mayoría de las veces quieren que se haga gratis, porque el trabajo intelectual y sobre todo, el literario, sigue sin ser reconocido como eso, como un trabajo.
También resulta cada vez más frecuente que alguien me diga: “¿Y por qué no escribís un best-seller? Así salís de pobre y te podés dedicar a escribir tu obra seria”. Lo malo es que no me dicen cuál es la bendita receta para escribir el best-seller, algo que la mayoría también piensa que es facilísimo de hacer pero que, en el mundo editorial contemporáneo, es impredecible. Baste recordar el famoso caso de J. K. Rowling con su serie de Harry Potter, que había sido rechazada por doce editoriales hasta dar con Bloomsbury, una pequeña editorial de Londres, que apostó por ella. Lo demás es historia y ahora Rowling es más rica que la Reina de Inglaterra.
Noviembre 01, 2010
Felicidad Nacional Bruta
El discurso que más me llamó la atención de los pronunciados en la Asamblea General de las Naciones Unidas del pasado mes de septiembre, fue el de Jigme Thinley, Primer Ministro de Bután.
Mientras todos los demás líderes analizaban los obstáculos para alcanzar las Objetivos de Desarrollo del Milenio, que deben lograrse para el 2015, el Primer Ministro Thinley proponía que se agregara un noveno objetivo: la felicidad. Cuando propuso esto, en el plenario se escucharon algunas risas. Pero el Primer Ministro, quien sonrió ante la reacción de los presentes, estaba hablando muy en serio.
“A medida que las personas superan las amenazas de la supervivencia básica, ¿cuál será nuestro esfuerzo colectivo como sociedad progresiva? ¿Debemos seguir creyendo que la vida humana debe gastarse trabajando para lograr un mayor ingreso económico para poder consumir más a costa de las relaciones, la paz y la estabilidad ecológica? ¿Vamos a aceptar como inevitables las causas de depresión, suicidio, desintegración de la comunidad y la creciente criminalidad? (...) ¿No podemos encontrar una manera de salirnos del fuego de la codicia que nos consume y que está siendo alimentado por los medios y pagado por la industria y el comercio que crecen con fuerza en un imprudente consumismo? ¿Y no deberíamos esperar que la búsqueda de tal estado de bienestar afine la mente, discipline el cuerpo y conserve el ambiente dador de vida?”, preguntó en su discurso.
La felicidad, explicó Thinley, aunque represente una meta aislada es una que contiene a todos los otros ocho Objetivos del Milenio. “La inclusión de la felicidad (...) confirmaría que estamos preocupados por la calidad de vida, por añadir significado y valor a la vida. Su inclusión destacaría la viabilidad de avanzar hacia un esfuerzo humano más responsable que incluya la promesa de una búsqueda significativa de realización y de felicidad”.
Octubre 18, 2010
El placer de leer
Recuerdo la tarde en que me regalaron mi primer libro. Debo haber tenido unos cinco años y era el fin de mi primer año de kinder. Las monjas de mi colegio, tan ceremoniosas y formales siempre, hicieron un acto en el que todos los padres de familia veían orgullosos cómo sus pequeñas se “graduaban” de su primer año en el colegio. Las monjas nos llamaban por nuestros nombres y nos daban medallas por buenas notas o buena conducta. A mí me dieron una banda de “perseverante”, porque no había faltado a clases ni un tan sólo día de todo el año.
Recuerdo que yo estaba parada sobre el escenario y desde ahí miraba a mi tío Ricardo que tenía un regalo entre las manos. Sabía que era para mí y no me aguantaba por recibirlo. Me moría de la curiosidad por saber lo que era y estaba segura que me encantaría porque mi tío Ricardo siempre me regalaba cosas que me gustaban.
Después de lo que me pareció una eternidad, el aburrido acto terminó y las niñas bajamos a reunirnos con nuestros familiares. Mi tío me dio aquel paquete envuelto en papel de regalo de colores pastel, con una chonga amarilla. “Felicidades”, me dijo, como si yo hubiera hecho algo realmente importante, al mismo tiempo que me daba un beso que me dejó húmeda la mejilla.
Tomé el regalo pero no lo abrí allí mismo. Tampoco lo abrí en el camino del colegio a la casa, que tardaba una buena media hora. Esperé hasta llegar a Los Planes para abrir el regalo. Lo abrí, como se me había enseñado a hacerlo, despegando la cinta adhesiva y procurando no romper el papel. Y cuando por fin lo destapé no supe qué pensar. Era un libro grande, de pasta dura, con la ilustración de un ratón dibujada en su portada.
Mi desconcierto se debía a que en mi casa había muchos libros. O sea, un libro no era un objeto novedoso, no era un juguete y me parecía que tampoco era algo propio para una niña. Además, y lo más grave, yo no sabía leer. Así es que ¿qué iba a hacer yo con un libro?
Octubre 04, 2010
Cuando muere un elefante
Anoche soñé con Saramago. Se le miraba relajado y sonriente. Estábamos sentados sobre unos cómodos sillones en un lugar que no sabría identificar. Una casa de cuyas habitaciones o paredes no puedo decir nada. Recuerdo alguna luz entrando por una ventana a mi lado izquierdo y un borroso fondo de azules y verdes opacos. Me atrevería a decir que las paredes estaban forradas de libros y que había una entrada hacia otra habitación igualmente forrada de libros.
Hablábamos de su novela El viaje del elefante. Recordé, en el sueño, la portada amarilla de la edición vista en librerías. Le confesé que no lo había leído. Léelo, me dijo, no con gesto de vanidad literaria sino con la generosidad del que simplemente desea compartir una buena historia. La próxima vez que vaya a la ciudad lo compraré, le prometí.
Estaba sentado frente a mí. Vestía un pantalón oscuro y una camisa blanca de mangas largas. Tenía la pierna derecha cruzada sobre la izquierda y las manos enlazadas frente a sí. Calzaba alpargatas de lona cruda. Me miraba y me sonreía. El aro negro de sus anteojos y la forma de su cabeza me hicieron recordar a mi padre.
Estuvimos callados un rato. No sabía qué decirle, qué hablar con él. Ahora que estoy despierta pienso que debí preguntarle sobre cómo es la otra vida. Y si ha hablado con Dios. O por lo menos si lo ha visto de lejos. También le hubiera podido pedir algún consejo literario o hubiéramos hablado de nuestros libros favoritos.
Septiembre 20, 2010
Amor líquido
La soledad del ser humano jamás ha sido tan profunda como en estos tiempos: hombres y mujeres empiezan relaciones sentimentales que lejos de ser satisfactorias se limitan a ser la materialización de enfermizas fantasías personales y se agotan al poco tiempo. Pocos desean una relación estable y a largo plazo, prefiriendo enfocarse en el placer sexual, despreciando cualquier tipo de compromiso. Muchos buscan a alguien, sin saber qué es lo que quieren de ese alguien, y jamás están satisfechos. Pocos son los matrimonios y aumentan las cifras de divorcios.
Familias enteras salen a comer, pero mientras lo hacen, cada uno está hablando por su celular o enviando mensajitos a supuestos amigos que habitan en las redes sociales de internet. Amigos que, hay que mencionarlo, jamás han visto en carne y hueso. Se forman comunidades habitacionales donde familias enteras se mudan, ponen un portón con vigilante armado para protegerse de la violencia callejera, pero lejos de sentirse a salvo, extienden el miedo hasta su propia casa y no saludan ni al vecino. El sentimiento de nación surge de manera tácita y sin invocación cuando la identidad nacional se ve amenazada por la presencia de extranjeros y despierta el inequívoco sentimiento de la xenofobia.
Vivimos tiempos en que, a pesar de tantos conocimientos e inventos logrados, el bienestar material nos encadena y lejos de hacer brotar lo mejor de nosotros, nos hace parir mezquindad y avaricia. Y ello nos esclaviza y nos obliga a determinar nuestro tiempo de manera que la tarea prioritaria de nuestras vidas es obtener esos pedazos de papel que llamamos dinero mediante aquello que, juran, nos dignifica a todos: el trabajo.
Septiembre 06, 2010
Sin palabras
Me costó mucho comenzar a escribir la columna de este día. Hasta este momento, 13 salvadoreños han sido identificados como parte de los 72 cadáveres en lo que se está conociendo como la masacre de Tamaulipas. Y falta identificar poco menos de la mitad de los cuerpos.
Voces de indignación se han alzado en todas partes. Se protesta, se exige justicia, se lamenta a los muertos. Las imágenes se repiten una y otra vez en los noticieros, las fotos son mostradas hasta la saciedad en internet. Comunicados y cartas de protesta para ser firmadas van y vienen.
Pero esto no es la primera vez que pasa. Para todos los que estamos familiarizados con el tema de la migración, sabemos que esto tiene años de estar ocurriendo. Que el secuestro de migrantes en territorio mexicano por parte de narcotraficantes, maras u otros grupos que muchos asocian con las mismas autoridades mexicanas, no es nada nuevo. Que los secuestrados son sometidos a esclavitud y que después de un tiempo, con suerte, son liberados. Digo con suerte porque muchos son asesinados durante ese tiempo de secuestro o, en el mejor de los casos, son rescatados por las autoridades y deportados a su país de origen.
Agosto 10, 2010
Historia del tiempo
Hace cosa de tres años me dio por intentar escribir una novela de ciencia ficción. Partí de una idea básica que iba desarrollando a medida que escribía, sin ninguna planificación (como suele ser mi método). Aunque la historia era de por sí imposible, había ciertos principios científicos básicos que debía respetar, para cumplir con algunas de las reglas que impone la ciencia ficción como género literario. Por lo menos debía lograr que el lector imaginara que la historia tenía una remotísima posibilidad de ser cierta.
Para eso, no cabía duda, debía jugar con las posibilidades que me ofrecían los agujeros negros, los túneles de gusano, las realidades alternas, las dimensiones paralelas y quien sabía “qué cosas raras más”. Así comencé a leer textos científicos que de otra manera, muy difícilmente hubiera conocido.
Comencé a leer sobre astronomía, física cuántica, astrobiología, viajes espaciales y temas semejantes, buscando informaciones bien precisas que le dieran alguna posibilidad científica de ser posible a la historia que yo quería escribir (y que me reservo de contar, porque comparto la superstición entre escritores de que si se cuenta un libro que todavía no se ha escrito, ya no se escribe).
Buscaba una respuesta y me quedé leyendo y descubriendo asuntos apasionantes sobre el universo, las nebulosas, las galaxias, las estrellas, la formación de los planetas, la posibilidad de vida en otros lugares, la materia negra, la carrera espacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, los experimentos con animales y el envío de estos al espacio, así como varios temas más.
Fue también inevitable leer y repasar algunas novelas y cuentos de Ray Bradbury, Ursula K. Le Guin, Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Theodore Sturgeon, Frank Herbert, Stanislaw Lem y otros. Leyendo a estos autores me preguntaba una y otra vez, sin encontrar respuesta lógica alguna, por qué la ciencia ficción es considerada un género literario “menor”, cuando hay tantos extraordinarios libros entre los diversos autores que lo han cultivado. La escritura de la ciencia ficción no solamente supone las dificultades “normales” que implica la escritura de cualquier texto narrativo sino que tiene, como reto agregado, lograr encontrar un punto de coherencia entre la fantasía y la realidad científica, detalle que la puede llegar a convertir, a veces, hasta en una literatura premonitoria. Y si no, pensemos en varias de las novelas de Julio Verne.
Julio 12, 2010
Diario de Alemania
1. Tres aviones, dos trenes y dos días de viaje después, arribo por fin a mi destino, la pequeña ciudad de Gütersloh, en Renania del Norte-Westfalia, Alemania.
Lo primero que veo al salir de la estación de tren son varios taxis. Encima de uno de ellos hay un pequeño televisor, conectado con un cable al interior. Cinco hombres están reunidos frente a él, viendo el partido Alemania-Ghana.
Son las 21:48 de la noche, pero parecen las cinco de la tarde. Así es en verano. La luz del sol dura hasta pasadas las 10 y media de la noche y a las 4 de la mañana ya está de nuevo claro.
Subo al taxi y le pregunto al chofer quién va ganando el partido. La pregunta es superflua. Alemania, naturalmente, me dice con tremenda sonrisa. Uno a cero.
Mientras me lleva al hotel, noto que las calles están virtualmente desiertas. No se mira gente en la calle, tampoco muchos carros. Los pocos que se miran llevan una banderita alemana. El único lugar donde veo gente es cuando pasamos por una kneipe o bar. El jardín está lleno de fanáticos sentados en bancas de madera, viendo el partido en pantalla gigante mientras empinan unas cervezas. Ya casi llegando al hotel, un par de niños parados en la acera tocan un tambor y ondean la bandera alemana con un frenesí tan contagioso que me hacen reír. El taxista me mira por el retrovisor y ríe conmigo.
Julio 05, 2010
Para recuperar San Salvador
No sé si San Salvador era una ciudad bella o no, pero me gustaba. El centro en los años 60, ése centro que conocí cuando me tocó ser niña y adolescente, tenía algo que al día de hoy conmueve mis recuerdos.
Todavía era una niña cuando abrió el almacén Simán en el centro. Recuerdo que el hecho de que construyeran aquel edificio fue tomado como una muestra de progreso. San Salvador se modernizaba. Era la primera tienda por departamentos del país. Había un silencioso y compartido orgullo nacional en eso.
No recuerdo dónde estaba antes el almacén original pero para aquellos años, el nuevo edificio era “grande” y era de lo más moderno de la ciudad. No sólo eso. Se dieron el lujo de adornar las porciones de acera que le correspondían con enchapados de mármol. Tenían vitrinas que iban adornando con escenas de acuerdo a la temporada correspondiente de compras. Durante los primeros días de su apertura, la gente iba nada más por conocer todo lo que ofrecía. Una de las grandes novedades era además que en el interior habían escaleras eléctricas.
Hace unos días se anunció que la familia Simán está considerando trasladar ese almacén, que se convirtió en emblemático de la ciudad pero también en un punto de referencia urbana. El motivo para trasladarlo es la poca afluencia de clientes debido a las ventas callejeras que cubren por completo las aceras del almacén, así como la inseguridad de la zona.
Junio 14, 2010
Lucia bailando para James Joyce
El irlandés James Augustine Aloysius Joyce, mejor conocido como James Joyce, escribió dos libros paradigmáticos, de esos que siempre todos dicen que deben leerse porque son “obras maestras”: Ulises y Finnegan’s Wake.
Leer Ulises, un libro de casi mil páginas, no me fue tarea fácil. Había comprado los dos tomos de la edición de Bruguera, en la traducción de José María Valverde, en algún viaje que hice a la ciudad de México en el 84 o el 85. Por lo menos tres veces había intentado leerlo y no podía seguir. No lo entendía, me aburría. Pero pudo más la infinita curiosidad de descubrir por mi cuenta por qué era un libro tan importante para la literatura. Así es que lo seguí intentando.
Fue hasta casi 10 años después, en el 93, que alguna tarde se me ocurrió agarrarlo de nuevo. Y ya no pude parar. Devoré aquellos dos tomos en tres meses, después de los cuales sentí que había descubierto el agua tibia otra vez. Se me había abierto el horizonte como escritora.
Lo que aprendí del Ulises, lo que le debo como narradora, es lo que me hace considerar a James Joyce como uno de mis maestros literarios, de esos que te enseñan que en la escritura todo es posible si se sabe hacer. Que hay que salir de la zona de seguridad para no correr el peligro de estancarse como escritor y de repetirse a sí mismo, cansando a los lectores. Que te enseñan la audacia en la escritura. Y los felices accidentes que pueden ocurrir cuando uno se permite experimentar con la estructura narrativa, con las palabras, con las formas establecidas. De lo deliciosas que pueden ser algunas palabras, cuya combinación en alguna frase o párrafo, puede degustarse en la boca como un manjar oriental.
El moralismo reinante impidió que se publicara en Inglaterra, donde se decía que se trataba de una novela “inmoral” así es que su primera edición fue en Paris en 1922. En Inglaterra se publicó hasta 1936. En los Estados Unidos, donde el libro enfrentó una acusación de obscenidad, no se publicó hasta 1934.
Mayo 31, 2010
Memento mori
Ocurrió un sábado por la mañana en Los Planes de Renderos. Desayunábamos. Era temprano, ni las 8. Primero se escuchó pasar un carro. Y segundos después, un golpe. “Un choque” pensamos o dijimos en voz alta. Segundos después estaba asomándome a la calle.
Un par de casas más adelante, en efecto, un carro estaba estrellado contra un árbol. Fui hasta allá. No recuerdo cómo lo hice. Es justo explicar aquí que mi madre, bajo ningún concepto, me hubiera permitido jamás levantarme de la mesa en pleno desayuno y mucho menos me hubiera permitido salir a la calle para ir a curiosear un accidente. Pero aquella mañana se pudo. Lo logré. Salí. Supongo que conmigo estaba la empleada doméstica porque sola definitivamente no me iban a dejar salir. Pero no lo sé. No lo recuerdo.
Al llegar hasta el vehículo me di cuenta de algo que no pude ver antes. Sobre el engramado frente a aquella casa estaba acostada una mujer. Bocarriba. Y unas cinco o seis personas ya estaban allí, viéndola. Al grupito llegué a sumarme yo. Y la mirábamos. Entre fascinados y tristes. Sólo escuchaba el murmullo de los adultos: “está muerta, la mató el carro”.
La atropellada no tenía signos visibles de golpes. No había sangre en ninguna parte. Su expresión era serena. De hecho, no parecía violentada de ningún modo. Me impresionó aquel aspecto tan limpio y nada agredido. Era difícil creer que estuviera muerta. Que así se miraba un muerto.
Mayo 17, 2010
Ciudades perdidas
En el capítulo 22 de su libro Estambul, ciudad y recuerdos, el escritor turco y ganador del Premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, cuenta que cuando era niño tomó el hábito de contar los barcos que miraba pasar en el Bósforo. La descripción es tan vívida que podemos visualizarlo, apoyado en algún balcón, viendo hacia el agua y contando los barcos.
Pocas páginas después de ese párrafo nos encontramos con una fotografía donde se ve a un muchacho apoyado en un balcón. Al fondo de la foto se ve, por supuesto, el Bósforo y un par de barcos. Suponemos que el muchacho de la foto es el joven Pamuk.
El autor cuenta que comenzó a tomar nota en un cuaderno de todos los barcos que iban y venían. Luego se enteró de que su manía no era original, que su hermano, amigos y conocidos también contaban los barcos del Bósforo.
Algo fascinante hay en ese inocente ejercicio de contar barcos. Quizás porque cada uno encierra el secreto de su origen, de su destino, de sus tripulantes, historias que comenzamos a imaginar y que ocurren en puertos y ciudades de nombres impronunciables; o el afán que, para los que sufrimos el vicio de viajar, se transforma en una búsqueda y en un movimiento que se resiste a terminar o que ansía con llegar al puerto soñado
Mayo 03, 2010
La piedra de los sueños
Mientras iba en el asiento de atrás del diminuto carro del Consulado de El Salvador en el puerto mexicano de Veracruz, mientras miraba las calles desconocidas para mí hasta aquella noche, me pregunté cuántos salvadoreños estarían residiendo en aquel lugar como para que el gobierno mantuviera ahí un consulado.
“En realidad son pocos” me dijo Claudia Zaldaña de Sifontes, Cónsul de El Salvador en Veracruz, quien había llegado a traerme al aeropuerto. “Lo que hacemos sobre todo es apoyar a los compatriotas migrantes que pasan por aquí”.
Como resultado de un cambio de rutas en el flujo de migrantes centroamericanos hacia el norte, Veracruz se ha convertido en los últimos años en un paso obligado para quienes quieren llegar a los Estados Unidos. Abordando diferentes trenes desde Chiapas a Tabasco, de Tabasco a Veracruz y de allí al D.F. para luego enrumbar hacia Ciudad Juárez u otros puntos de la frontera norte, miles de centroamericanos se lanzan en la búsqueda del así llamado “sueño americano”, aunque lo que tengan que pasar para lograrlo sea una auténtica pesadilla. Y buena parte de esa pesadilla la viven en México.
Desde abusos de parte de las autoridades, extorsiones, secuestros, trabajos forzados, robos y violaciones hasta mutilaciones o la misma muerte cuando caen del tren, los peligros a los que se encuentran expuestos los migrantes en su paso por México son frecuentes y variados.
Buena parte del trabajo consular consiste en velar por los compatriotas que son “asegurados” por las autoridades mexicanas y que entran en proceso de deportación, así como darle seguimiento a los casos de salvadoreños mutilados o repatriar los cuerpos de los que mueren al caer del tren.
Abril 26, 2010
Géneros en extinción
Hace pocos días terminé de leer los diarios íntimos del escritor estadounidense John Cheever. Como suele ocurrir con los diarios personales, las luces y sombras de la persona que los escribió permiten dimensionar al escritor en su justa medida y comprenderlo exactamente como es: un ser humano, con problemas, alegrías, faltas y triunfos.
Los problemas en su matrimonio, algunas decepciones de sus hijos, su dura batalla con el alcohol, el conflicto con su homosexualidad, su vivencia del catolicismo, su proceso creativo y finalmente, el arribo de la vejez y el cáncer de riñón que lo llevan a la muerte, son alternados con su proceso creativo y bosquejos e ideas para sus cuentos y novelas.
Todo es narrado por Cheever con la honestidad que solamente se alcanza en un escrito íntimo y personal, aquel que se supone nadie leerá; en el espacio privado donde se puede ser sincero sin ser juzgado y donde los más sucios secretos y duros comentarios trascienden la corrección de toda índole para dejar desnuda el alma humana sobre un pedazo de papel.
El diario de John Cheever me llevó a recordar otros diarios que son emblemáticos y de lectura casi obligatoria: El oficio de vivir de Cesare Pavese, los Carnets de Albert Camus y los de otros escritores como Anaïs Nin, Virginia Woolf y Bertold Brecht.
Abril 05, 2010
Vida de zurdo
Cuando llegué al kinder, me di cuenta que tenía una manera diferente de hacer las cosas. Tomaba los lápices con la mano izquierda. Fue raro porque ninguna de las niñas a mi alrededor lo hacía (de hecho tampoco en mi casa). Hasta la profesora hizo un comentario así como “ah, es zurda”, una palabra que a mis 5 años no había escuchado jamás. Lo dijo como si eso implicara un problema o una desgracia.
Al darme cuenta de que todas las demás niñas coloreaban con su mano derecha y que me quedaban viendo como “algo raro” porque yo lo hacía con la izquierda, no dejé de sentirme anormal. Por fortuna, ni mis maestros ni mi familia intentaron nunca forzarme a utilizar la otra mano.
Yo sí lo intenté, voluntariamente. Y lo intenté para no ser tan “diferente”, para no destacar en el grupo. Pero era inútil. La torpeza física y el malestar mental que sentí al intentar hacer las cosas con la derecha fueron insuperables. Sentía que hacer las cosas con la derecha era “hacerlas al revés”, que era de lo que me acusaban a mí las demás niñas. No tuve más remedio que asumir esa diferencia, que luego, con el correr de los años, se transformó en todo un orgullo.
Pero ser diferente trajo bastantes frustraciones. Jamás tuve éxito con las tijeras, por ejemplo. Intentaba cortar algo y el papel se doblaba o se rompía pero no se cortaba apropiadamente, porque las tijeras tienen el filo puesto de manera que funciona solamente si uno la toma con la mano derecha. Agarrarlas incluso me causaba dolor en los dedos.
También recibí (y recibo aún) incontables burlas por cómo posiciono el papel y cómo enrollo medio brazo a la hora de escribir a mano. Ni contar lo manchado que me quedaba el papel en el colegio cuando me tocaban las clases de caligrafía con pluma fuente. La mano tenía que, forzosamente, descansar sobre lo recién escrito, manchando siempre con la tinta fresca el resto de lo escrito (problema que no tienen los que escriben en árabe o en hebreo, porque para ellos la escritura va de derecha a izquierda).
Marzo 22, 2010
¿Quién de nosotros?
1. Apenas voy a cumplir cuatro meses de haber regresado a El Salvador, y parece como que llevara aquí diez años. No lo digo porque es mi país y porque eso supone una continuidad con algo que ya se conoce. Lo digo porque la intensidad y la variedad de los sucesos de los que me ha tocado ser testigo, me han hecho sentir como que he vivido demasiadas cosas en una sucesión tan veloz y en tan poco tiempo que apenas he podido digerirlo.
Aparte del proceso interior normal de alguien que regresa a vivir a su país luego de algunos años de ausencia, se trata también de lo que pasa a su alrededor, de lo que ve, de cómo percibe el lugar. Cada semana trae intensos debates políticos, éticos y sociales, malas noticias, cejas alzadas ante el encarecimiento de la vida, expectativas decepcionadas y violentadas de un plumazo, violencia desmedida y un creciente e inagotable hartazgo ante lo que vemos pasar con toda impotencia.
La semana en la que escribo esto culminó con un hecho que estuvo en boca de todos. Cuando ya pensábamos que no nos podríamos sorprender más por las diferentes historias de crimen y muerte que ocurren, fuimos sacudidos al ser testigos, gracias a una secuencia fotográfica, del asesinato de Carlos Fernando Garay, de 17 años, estudiante del primer año de bachillerato en Hostelería y Turismo del Instituto Nacional Francisco Menéndez.
Marzo 08, 2010
Corre, Hilda, corre
1. “Makar, el oso casi humano”, se leía en letras rojas. Ahí estaba la imagen de un oso, con cara de perfecta infelicidad. Sus fauces estaban sujetas por un bozal. Su foto ilustraba el cartel promocional que anunciaba al Circo de Moscú, cuando vino a San Salvador a inicios de este año.
Lo mostró el noticiero realizando su número: Makar, con una toalla blanca enrollada a manera de taparle sus partes pudendas, daba golpecitos con unas ramas a la espalda de su entrenador, acostado bocabajo sobre una banca. El escenario hacía suponer que el oso y el humano estaban en un salón de masajes. Durante buena parte del número, Makar se mantiene erguido sobre sus patas traseras.
2. Makar es un oso grizzly. Nombre científico: Ursus arctos horribilis.
El grizzly es el tercer oso más grande del mundo, después del oso pardo y del oso polar. En Europa Occidental y en el Sur de Asia está considerado en peligro de extinción.
Los osos tienen un agudo sentido del olfato. Son los carnívoros de mayor tamaño entre los mamíferos pero también comen hierba, frutos silvestres, raíces, brotes, retoños de arboles jóvenes y miel.
Los lapones veneran al oso y lo llaman el Perro de Dios. Los noruegos dicen que el oso tiene la fuerza de diez hombres y el sentido común de doce. Algunos pueblos de Siberia consideran que el oso es el señor del bosque y que tiene un alma de gran poder.
Para los antiguos pueblos fineses, el oso era considerado como la encarnación de sus antepasados siendo uno de los animales más sagrados. Era conocido como mesikämmen (pata de miel), otso (frente amplia) y kontio (habitante de la tierra).
3. Ver la planta de la pata de un oso es como ver un mapa oscuro del mundo.
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Pacto nacional contra la violencia
Resulta desalentador tomar conciencia de que la violencia en El Salvador, lejos de dar signos de mejoría, empeora. Ya no basta con asaltar a los pasajeros en un bus: al que medio mueva una mano o respingue se le mata sin piedad alguna. No basta con matar a alguien, hay que mutilarlo, hacerlo pedacitos. Los buses y los microbuses se queman para escarmiento de los que no pagan la extorsión cotidiana y también para intimidar a los pasajeros recién asaltados. Se lanzan granadas a lugares llenos de gente, causando muertos y heridos a diestra y siniestra. Ahora lo más nuevo: se realizan ejecuciones grupales.
Para los que nos toca andar a pie por esta ciudad (y que somos la inmensa mayoría), es inevitable sentirse extremadamente vulnerable cada vez que se sale a la calle. La realidad no puede olvidarse ni un segundo porque hay que caminar alertas, con todas las alarmas encendidas y apretando la imagen de tu santo favorito en el puño, para que ojalá te haga el milagro de ir y volver con bien. Es agotador, cansado y estresante. Créanme que lo es.
A mí me gustaría caminar por la calle y no tener que desconfiar de todas y cada una de las personas con las que me cruzo, incluso de los niños y ancianos. Cuando camino y veo a alguien, no importa su aspecto ni edad, me pregunto siempre si esa persona es un asaltante. Y me da rabia y tristeza tener que desconfiar de todos de esta manera, ¿pero qué se hace cuando se vive en el país más violento del continente?
Febrero 08, 2010
La memoria como ética
A finales de enero pasado, se conmemoró el 65 aniversario de la liberación de los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, los conocidos “campos de la muerte”, cuya sola mención sigue causándonos escalofríos. Poco más de un millón de seres humanos fueron asesinados solamente en el primero de dichos campos, aunque según informes posteriores de la KGB rusa, la cifra pudo haber sido hasta de 4 millones.
Estos números se dicen y escriben muy fácil, pero les recuerdo: detrás de cada una de esas cifras había seres humanos. Judíos, homosexuales, gitanos, comunistas, anarquistas, Testigos de Jehová, enfermos mentales, lisiados y todo aquel que el régimen nazi considerara debería ser exterminado por amenazar la pureza de la raza aria, fue eliminado sin piedad alguna.
Cuando ocurren tragedias así, es difícil que se conozca la historia verdadera. Difícil que se tengan estadísticas certeras. La realidad se va tejiendo puntada a puntada, escena a escena, con los testimonios de quienes pudieron sobrevivir, pero sobre todo, de quienes tuvieron la valentía de hablar.
El ser humano suele bloquear los recuerdos dolorosos. Los distorsiona, los confunde y en muchos casos, hasta los olvida por completo. Esto no es síntoma de enfermedad mental, sino un mecanismo natural de defensa que le permite a la persona continuar con su vida. Muchos de los sobrevivientes de los campos de concentración optaron por el silencio, evitando contarle a sus hijos o demás parientes y amigos, lo que habían experimentado.
Enero 25, 2010
El día que naciste
A las 10:35 de la mañana del sábado 16 de enero de 2010, dos hombres en moto pasaron por el punto de microbuses de la ruta 12 en pleno centro de la ciudad, y lanzaron una granada de fragmentación al lugar. Los periódicos no se ponen de acuerdo en el número de víctimas, pero estuvo entre 15 y 21. Uno de ellos, David Cruz, empresario de la mencionada ruta (que hace el trayecto desde el centro hasta Los Planes de Renderos), murió minutos después en el Hospital Rosales, a donde fueron llevados los heridos. Otro fue internado allí mismo con heridas de gravedad en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Entre los heridos de aquella mañana estaba tu madre, Claudia Maritza Vásquez. Y adelantaste tu venida a este mundo, seguramente agitado por el ruido de la explosión y el susto de tu progenitora.
No sé si a la misma hora en que nacías o en el momento en que te metieron en la incubadora o quizás cuando te trasladaron al Hospital Bloom para hacerte un chequeo exhaustivo, el presidente Mauricio Funes daba un discurso con motivo del 18 aniversario de la Firma de los Acuerdos de Paz, y pedía perdón a las víctimas de la guerra por los abusos cometidos por el Estado durante la misma.
Ya alguien te explicará que hubo una guerra en la década de los 80 del siglo pasado y por qué se originó, aunque espero que puedas tener una versión imparcial de los acontecimientos y simplemente entender que la guerra, por los motivos que sea, y con los contendientes que sea, siempre es la más alta manifestación de la estupidez humana.
También sabrás a su tiempo que, en nuestro país, Enero es el mes más crudo de la siembra; eso parafraseando al poeta nicaragüense Leonel Rugama, quien utilizó la frase en su poema Epitafio.
Enero 11, 2010
Las cicatrices de un libro
La reciente noticia de que el lector electrónico de libros conocido como Kindle fue el artículo más vendido durante el año pasado en Amazon, reavivó la discusión sobre el futuro del libro de papel.
Los fundamentalistas tecnológicos insisten en profetizar la pronta desaparición del libro, utilizando argumentos algo flojos como que hay que evolucionar y adaptarse a los cambios que el supuesto progreso nos va imponiendo.
Dichos aparatos no son precisamente baratos. Además, luego de comprarlo, habrá que adquirir los libros. Un rápido vistazo por Amazon viene por lo demás a comprobar que, aunque un poquito más baratos que las ediciones impresas, los libros electrónicos tampoco son regalados.
Tengo sentimientos encontrados en cuanto al lector digital. Jamás he podido ver uno ni conozco a alguien que lo tenga, así es que puedo decir muy poco sobre su conveniencia o no para leer en ellos. Me llaman la atención, como tantos otros inventos recientes, y me agrada pensar que podría meter, dentro de un sólo traste, toda mi biblioteca. La de contratiempos que me ahorraría en las mudanzas. También sería útil para viajar y transportar con uno libros de consulta, diccionarios y de todo tipo.
Pero la realidad es que las editoriales en español todavía no se han abierto a dicho mercado y por lo demás, las limitaciones económicas de nuestros países no permitirían una masificación del lector electrónico. De hecho, en El Salvador todavía estamos en la parte en que tenemos que promover la lectura y para ello el libro de papel sigue siendo la mejor alternativa.
Enero 04, 2010
La basura o la vida
Me llama la atención que en los últimos cinco años sea muy poco, por no decir nada, lo que el país ha avanzado en materia de estimular la conciencia ecológica de sus ciudadanos. Mientras leemos y escuchamos frecuentes discursos sobre el cambio climático y la imperante necesidad de preservar nuestro planeta, ¿con qué opciones contamos los salvadoreños para contribuir, desde el ámbito doméstico y cotidiano, en la conservación de nuestro entorno?
Pareciera que, todo lo contrario, los salvadoreños estamos peleados con el medio ambiente. Odiamos la naturaleza. La odiamos tanto que derribamos bosques enteros para convertirlos en autopistas, lotificaciones, residenciales, centros comerciales y áreas de cultivo, todo en nombre de una distorsionada noción de progreso.
Al destruir esos bosques destruimos también el hábitat de especies animales diversas y desequilibramos el armónico y misterioso concierto de la vida. Después nos damos golpes de pecho y clamamos al cielo cuando ocurren dramáticos deslaves e inundaciones que dejan no sólo pérdidas materiales sino, lo peor, pérdidas humanas. ¿Pero existen campañas de reforestación permanente?
Me llama la atención también que no existan proyectos de reciclaje nacionales o locales. ¿Qué se hace con las botellas de vidrio? ¿Con los periódicos viejos? ¿Qué se hace con las odiosas botellas de plástico y con los cartones tetrapack en los que vienen tantas bebidas azucaradas y lácteas? ¿Dónde están los centros de acopio, quién organiza campañas de recolección, qué se hace con toda esa basura? ¿Dónde se compra papel reciclado? ¿Quién recicla latas de aluminio?
Diciembre 28, 2009
Guadalupana
Los primeros en llegar son los hombres de los caballitos. Estos son negros y blancos y tienen delicadas flores de colores pintadas en los costados. Después de montar la rueda, los hombres les dan un retoque de pintura para que se vean mejor.
Los siguientes en llegar son los vendedores de comida. Los más avispados se ponen a vender de inmediato. De noche pueden verse las luces de algunos cuantos negocios funcionando y vendiendo churros “especiales”, anchos y desfigurados. Otros venden tajadas fritas de yuca y plátano, en un exaltado homenaje al aceite.
Poco a poco la calle del Instituto de las Hermanas Somascas y la acera frente a la Basílica de Guadalupe van llenándose de improvisadas champas donde se ofrece absolutamente de todo.
En las mañanas el despertar es lento. Los comerciantes viven y duermen en sus champas, junto a su mercancía. Cuelgan cortinas alrededor de la venta para cubrir el local y duermen acomodados en colchonetas sobre la acera o el asfalto. No me pregunten dónde hacen sus necesidades ni cómo se bañan ni de dónde sacan el agua que ocuparán para hacer el fresco que venden en las pupuserías o para hervir inmensas ollas de elotes.
Cuando paso alrededor de las 9 de la mañana para ir al ciber café, muchos de ellos apenas se levantan. Algunos desayunan. Los menos ya están en pie, con la venta ofrecida al cliente, como si nunca durmieran.
Diciembre 14, 2009
Por motivos de seguridad
Me gustaría vivir donde siempre he vivido en El Salvador: en Los Planes de Renderos, en una casa amplia, con ventanas que permitan entrar mucha luz y tener la vista de un jardín lleno de plantas y árboles, un espacio para sembrar yerbas y hortalizas y hacer composta, y donde mi gata pueda vivir a plenitud sus instintos felinos de correr y asolearse sobre el zacate y la tierra húmeda.
Me gustaría recibir allí a mis amigos, ofrecerles una buena comida y enfrascarnos en pláticas triviales o serias, aquellas que arreglan el mundo o lo desarman, y que ellos pudieran irse de madrugada y yo salir a despedirlos y quedarme viendo la carretera hasta que las luces de sus carros hubieran desaparecido.
Me gustaría tomar un bus y bajar al centro de la ciudad para hacer mis compras en el mercado, conversar un rato con las vendedoras o enfrascarme en el curioso juego del regateo, ir de allá para acá nada más que mirando edificios u observando a la gente (actividad que a los escritores nos encanta hacer), comer una minuta de limón o tamarindo sentada en algún banco de la plaza Barrios, leer un libro o darle de comer a las palomas en la plaza Morazán. Luego pasaría comprando algo de pan dulce en una panadería o a alguna señora instalada en una esquina con su canasto.
Volvería a mi casa en el bus, miraría la hora en mi reloj, y a eso de las cinco iría rapidito al parque Balboa a comprar unas pupusas para la cena, el mismo parque al que, en mi infancia, mi padre me llevó a aprender a andar en triciclo y a caminar entre los bambúes y los árboles de mango y manzana rosa.
Me gustaría, pero es imposible.
Noviembre 30, 2009
Parte de guerra
Un día del año 2004, escuché un pensamiento que se venía gestando en mi interior de manera lenta, insospechada y silenciosa. Algo me dijo que debía irme de El Salvador. No tenía trabajo, no tenía ahorros, no tenía seguro ni pensión como es lo normal, por desgracia, en un artista salvadoreño. Eran tiempos difíciles. Y no tenía ninguna perspectiva por delante.
La violencia me había colmado la paciencia cuando un día se metieron a mi casa un par de hombres en pleno mediodía. Habían llevado una tijera larga, de las de empresas electricistas, y sin problema cortaron el alambre de navajas y se saltaron el muro. No lograron meterse a la casa porque ahí estaba, por casualidad, mi jardinero don Irene (un señor de Panchimalco, a quien envío mi más cariñoso saludo). Por suerte se fueron sin violentar nada.
Cuando don Irene me lo contó, pensé de inmediato: “Cuando vuelvan, no me encuentran”. Era la señal para irme.
En un par de meses, empaqué mis cosas y me fui a Costa Rica. Dar un taller de narrativa y colaborar con el suplemento cultural de La Nación era lo único que tenía en la mano. Eran como dos semillas que debía ir a sembrar.
Noviembre 16, 2009
El juego de matar y morir
Un sábado por la mañana me vi obligada a ir a un café internet y pasar allí tres horas. Mi flamante laptop tuvo una avería y pasarían unos 15 días para que por fin me la devolvieran.
Para seguir trabajando tuve que desempacar la computadora anterior, un mastodonte del tiempo de los Picapiedra, con 6 años de antigüedad, fea, pesada, lenta, y lo que es peor, no confiable. Ya una vez se tragó un archivo y lo dañó a tal punto que no pudo volverse a abrir. Y cuando se le da la gana, que es algo así como cada tres o cuatro minutos, se congela y hay que tener la paciencia de Job para esperar a que se destrabe o volverla a iniciar.
No me gustan para nada los cafés internet. No me gusta el ruido, la incomodidad de las sillas, la mala ubicación de las pantallas, amén de las condiciones higiénicas de los teclados. Pero no tenía alternativa.
Ahí me instalé con un informe de 94 páginas que debía revisar, mi gel antibacterial, mi botella de agua, mi lapicero rojo y post-its amarillos. Me vi forzada a ponerme los audífonos para escuchar música de mi gusto con tal de no tener que soportar, de manera obligada, la musiquilla pop mexicana que tenían a todo volumen como música “de fondo” en el lugar.
Entré a eso de las 11 y tantas de la mañana. A medida que pasaba el tiempo iban entrando más personas, muchos de ellos niños de unos 12 o 13 años que llegaban para jugar en las computadoras.
Noviembre 02, 2009
Laika
Como todo perro callejero, tuvo varios nombres. Fue llamada Krudyavka (rizada, por la forma de su cola), Zhuchka (pequeño insecto) y Limonchik (limoncito). Pero esta perrita de caza siberiana, similar a un fox terrier, alcanzaría la inmortalidad bajo el nombre de Laika, que significa “ladradora”, en ruso.
Cuando fue capturada en alguna calle de Moscú, tenía unos 3 años y pesaba 12 libras. Fue llevada al Instituto de Medicina Aeronáutica donde otras perras eran sometidas a experimentos sobre la reacción de los animales en vuelos de máxima altitud. El objetivo era, finalmente, probar si un ser vivo podría resistir un viaje espacial.
Se seleccionaron hembras por su forma de orinar. Un macho levantaría la pata y ocuparía demasiado espacio en la pequeña cápsula que se tenía planificada para la eventual cosmonauta canina. Y es que en cosa de un mes, y luego del exitoso lanzamiento del Sputnik 1 el 4 de octubre de 1957 por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, el entonces gobernante Nikita Khrushchev se empeñó en que era hora de lanzar a alguna de las perras entrenadas al espacio. Y se encaprichó con que el lanzamiento se realizara en los primeros días de noviembre, para celebrar el cuadragésimo aniversario de la revolución bolchevique.
Octubre 19, 2009
Gomorra
Cuando llegué a la página 49 del libro Gomorra, del italiano Roberto Saviano, detuve por unos minutos mi lectura. Miré la ropa que llevaba puesta. Un blue jean y una blusa negra. Recordaba exactamente donde había comprado cada una de las prendas, su precio no muy elevado pero tampoco demasiado barato. Conocía muy bien ambas marcas. Pero después de lo que había leído, me pregunté en qué oscura maquila del mundo se habrían armado esas piezas. Cuál era la historia de vida detrás de las manos que habrían cosido mi pantalón y mi blusa. Cuánto se les habría pagado a aquellas personas por su trabajo.
Cuando llegué a la página 117, que no es ni la mitad del libro, me quedó claro por qué a Saviano la Camorra lo tiene condenado a muerte. Ha escrito un libro que, con nombres y apellidos, fechas y lugares, detalles y anécdotas, retrata la intimidad completa de una de las organizaciones criminales más poderosas del planeta. Y lo ha expuesto ante el mundo entero.
Gomorra, una mezcla de reportaje periodístico y crónica con excelente utilización de recursos literarios, está escrito con tal pasión que aunque el tema no sea particularmente atrayente para algunos, tiene una garra que te sujeta de manera tal que no te permite soltarlo hasta terminar. El libro ha vendido ya más de dos millones de copias en todo el mundo, en 33 idiomas. Y si antes, el funcionamiento y los integrantes de la Camorra eran un secreto a voces en la región de Nápoles, ahora se ha convertido en un asunto de conocimiento mundial gracias a un texto muy bien escrito y a la película que se hizo en base al mismo.
Octubre 05, 2009
Yo, la demente
Cuando tenía 6 años, lo primero que se me ocurrió que iba a ser “cuando fuera grande” era egiptóloga. La idea era irme a vivir a Egipto y descubrir muchas pirámides, momias y sarcófagos. Cuando pude comencé a leer sobre la fascinante cultura egipcia y a soñar con mi futuro montada en un camello, dirigiendo excavaciones como las de Howard Carter y dando conferencias de prensa al pie de la Esfinge para anunciar mis maravillosos descubrimientos, envuelta en exóticos turbantes.
Pocos años después, cuando me enteré que existían doctores dedicados exclusivamente a cuidar animales, pensé que también podría dedicarme a eso. No imaginaba nada mejor que ayudarle a un animalito a sanar cuando estuviera enfermo. Sin embargo, al saber que parte del trabajo veterinario incluye “dormirlos” cuando ya no hay nada qué hacer por ellos, desistí del asunto. Ya me imaginaba llorando a mares con cada animal que se me muriera. Eso no iba a poder soportarlo.
Así es que volví a mi idea original de la Egiptología. Y quizás a eso me hubiera dedicado si no fue porque me enamoré de la Literatura.
Septiembre 20, 2009
Basta ya de violencia
El reciente asesinato del fotógrafo franco-español Christian Poveda ha movido a muchos a la indignación y nos fuerza a reflexionar sobre varias cosas. Para comenzar, se nos olvida con demasiada frecuencia que la estadística de los homicidios diarios es algo más que sólo un número. Detrás de cada uno de los 25, 17, 13 o cuántos sean los muertos del día, hay un rostro, un nombre y un apellido, una historia de vida, una familia y amigos, sueños, logros y anhelos.
Cada uno de esos homicidios es un ser humano, un salvadoreño cuya vida fue arrebatada de la peor manera. Y la verdad es que cada uno de los homicidios que ocurren a diario en El Salvador debería motivarnos a la indignación y sobre todo, a la acción, para no sumirnos en la inercia del miedo y del lamento.
Se nos olvida también que los índices de violencia en este país no se limitan estrictamente a los homicidios y que hay toda una variedad de delitos que se cometen a diario. Extorsiones, secuestros, robos de vehículos, estafas, violaciones, hurtos, violencia doméstica y todo tipo de crímenes ocurren día a día en el país, muchos de los cuales, con toda seguridad, ni siquiera son denunciados porque la ciudadanía no tiene mayor confianza ni en los cuerpos de seguridad y quizás mucho menos en el sistema de justicia. O tampoco se denuncian por miedo a las consecuencias que eso pueda acarrear.
Esa falta de confianza está relacionada sobre todo con la incapacidad de los mencionados organismos para controlar la ola delincuencial y para ponerle un coto a una situación que viene agobiándonos desde hace demasiados años. Muchas veces pareciera que sólo saltamos de una guerra a otra, y que a partir de 1992, la guerra cambió de escenario y de protagonistas, pero no de intensidad ni de crueldad.
Septiembre 07, 2009
El primer día de mi exilio
Quince de marzo de 1980. Los últimos días habían pasado rápido. En menos de un mes tenían que irse. El viaje parecía demasiado sacado de la manga como para ser cierto. Pero lo era. Se iban. Decían que era por un hipotético “unos meses”. Pero ella intuía que era “para siempre”.
Aquello significaba despedirse de lo que más amaba en el mundo. De sus amigos. De sus animales. De sus cosas, de su hogar. ¿Qué llevarse, qué dejar? ¿Cómo decir “adiós”? ¿Cómo comenzar una vida nueva? ¿Cómo olvidar la antigua?
El momento culminante de la angustia fue la despedida en el aeropuerto. Ese no saber. Esa sensación de soledad que jamás ha dejado de acompañarla a todo lo largo de su vida. En los instantes culminantes siempre parece ser que el único testigo, siempre fiel y presente, es su soledad. Su soledad lo sabe todo.
Y aunque intenta recordarlo, no lo logra. No recuerda el rostro, siempre contenido de su Padre. El rostro que, está ahora segura, ocultaba el dolor. Un hombre de 76 años se separaba voluntariamente de sus dos únicos hijos y de la que había sido su esposa en los últimos 20 años, ella mucho menor que él. Padre sabía que ese día comenzaba su propia soledad.
Todos sabían, pero nadie lo decía, que aquello no era solamente una despedida. Era una separación. Era un divorcio. Era una desgracia. Una desgracia que contenía una maldición. No lo sabían entonces, pero solamente se reunirían una vez más, los cuatro.
Agosto 24, 2009
Sobre las Ferias del libro
Las ferias del libro se han convertido en los últimos años en eventos esperados con ansias no sólo por los amantes de la lectura sino por todos los que buscan un espacio de intercambio cultural variado. Dichas ferias han dejado de ser una mera exposición y venta de libros sino que también se han preocupado por presentar una amplia gama de actividades paralelas. Desde funciones de teatro hasta presentaciones de libros, pasando por encuentros de escritores y diversos talleres para niños y adultos, se puede decir que las ferias del libro se constituyen en uno de los pocos espacios donde la cultura se celebra por la sociedad en su conjunto.
Cada uno de los países de la región centroamericana realiza año con año su propia feria. Además, anualmente se realiza también la Feria Internacional del Libro Centroamericano, FILCEN, que rota de sede. La del año pasado se realizó en Guatemala y la de este año se inaugurará en pocos días en El Salvador.
Más allá de las buenas intenciones de los organizadores, muchas veces el despliegue del esfuerzo humano, organizativo y económico de estos eventos tiene aciertos pero también desaciertos que, vistos desde afuera, resultan desconcertantes. A los salvadoreños todavía no se nos olvida, por ejemplo, la triste impresión que causó la Feria del Libro del año pasado, realizada en el parqueo de un conocido centro comercial capitalino.
Agosto 10, 2009
Menos nieve en el Kilimanjaro
En junio pasado se estrenó, tanto en internet como en varias salas de cine del mundo, el documental Home (Hogar), de Yann Arthus-Bertrand. En pocas palabras, su mensaje es que si no hacemos un cambio radical en nuestros hábitos y en nuestra relación con la naturaleza ahora mismo, nos quedan apenas unos 10 años antes de comenzar a vivir una verdadera hecatombe global que afectará a la humanidad hasta su extinción, junto con el de todas las especies vivas.
El mismo director había abarcado ya dicha temática en la serie de 4 capítulos La Terre vue du ciel, transmitida por HBO. Ambos documentales se apoyan visualmente en tomas realizadas desde helicópteros y aviones, que permiten apreciar no sólo la belleza de nuestro planeta, sino también la magnitud del problema. Son impresionantes las imágenes, por ejemplo, de la acelerada tala del bosque amazónico o los kilómetros que abarcan las granjas ganaderas estadounidenses, que son verdaderos campos de concentración para el ganado vacuno. Y definitivamente, las imágenes lo confirman, cada día hay menos nieve sobre el Kilimanjaro.
Estos documentales, que sin duda representan esfuerzos magníficos, topan con la limitante de que no llegan a todas las personas que debería. Es decir, llegan a aquellos que ya tienen algo de conciencia sobre esta problemática cuando existe una necesidad urgente de alcanzar a otro tipo de público.
Julio 27, 2009
Jacinta en la tierra sin diamantes
Al final del pasillo de desembarque, en la terminal del aeropuerto, veo a 6 personas con sus mascarillas puestas, que observan a todos los que venimos bajándonos del vuelo 116 de Copa procedente de San José. Nos observan con miradas escrutadoras, con ojos poco amistosos. La imagen me resulta agresiva, muy fuerte para ser la primera impresión cuando se arriba a un país. Me siento como un personaje de las películas Exterminio, Contagio o Soy leyenda. Me siento también inmediatamente culpable de no sé qué.
Pero no estoy en una película. Estoy llegando a Managua. Ya en el avión nos han hecho llenar un cuestionario, encabezado por un logo que dice “Gobierno de reconciliación y unidad nacional. ¡El pueblo, presidente!”. En el formulario se pregunta si tenemos síntomas como fiebre alta, dolor de garganta, tos, fatiga y hasta diarrea.
Antes de llegar a las escaleras eléctricas que me llevarán a la sección de migración, hay otros 3 hombres enmascarados. Detienen a todos los pasajeros, mientras hacen que uno se pare sobre un pequeño cuadrito alfombrado para ver su imagen de colores en infrarrojo, en una pantalla justo enfrente del examinado y a la vista de todos los presentes. Es mi turno. Ahora me siento como un personaje de Depredador, donde el ser venido del espacio exterior tenía la posibilidad de hacerse invisible y detectar a sus presas por el calor de su cuerpo.
Me veo a mí misma en la pantalla, la cabeza roja, inundada mi silueta de amarillos, verdes, azules y naranjas, en fascinantes tonos fosforescentes. Son oleadas de colores que se mueven despacio. No sé si mis colores son “los correctos”. ¿Y si no lo fueran? ¿Si los colores me delataran como sospechosa con algún tipo de enfermedad?
Julio 13, 2009
El ángel y Michael
Su belleza atrapó a todos y en particular a los que en aquellos años cruzábamos esa hosca tierra ignota que separa la niñez de la adolescencia.
Nosotras, las niñas, queríamos ser como ella. Queríamos su sonrisa de blanquísimos dientes, sus ojos azules, su cuerpo de modelo, su simpatía, pero por sobre todas las cosas, queríamos su pelo. Gastamos, o mejor dicho, hicimos gastar a nuestros padres, cantidades inimaginables de dinero en rulos, cepillos, secadoras, sprays y salones de belleza, buscando lograr que nuestros (por lo general) oscuros cabellos tuvieran la docilidad y el fluir de aquella rubia y abundante melena.
Cortábamos su foto de las revistas para forrar con ella nuestros cuadernos y folders del colegio. Veíamos cada episodio de Los ángeles de Charlie y lo comentábamos al día siguiente. Farrah Fawcett era, sin duda, nuestra favorita. Nuestro modelo a seguir.
Su imagen compartía espacio en nuestros cuadernos con los ídolos masculinos del momento: David Cassidy, los Bay City Rollers, Leif Garrett, Vince Van Patten y los hermanos Osmond, un grupo de hermanos que cantaban cancioncitas de lalala y de amorcitos inocentes y que rivalizaba con un grupo totalmente diferente, los Jackson Five.
Éstos eran negros, usaban afros, se vestían de colores psicodélicos y bailaban como solamente ellos podían hacerlo. Pero aunque los hermanos funcionaban como grupo, destacaba en especial su vocalista, un niño chiquito, de carita dulce, con una voz maravillosa y una gracia infinita, un niño llamado Michael.
Junio 30, 2009
El porqué del nombre
1. Un extraño personaje llamado Dr. Caligari, presenta en la feria de un pueblo alemán un espectáculo nunca antes visto: El sonámbulo Cesare, quien duerme desde hace 23 años y tiene la facultad de predecir el futuro. A partir de su presencia comienzan a ocurrir también algunos extraños crímenes...
El gabinete del Dr. Caligari, de Robert Wiene, supone la inauguración del expresionismo alemán, movimiento al que pertenecieron también El Golem (1920), Nosferatu (1922) y Metrópolis (1927) de Fritz Lang, todas consideradas ahora grandes clásicos del cine.
La utilización de contrastes de luz y sombra, y sobre todo, el tratamiento de historias donde resalta el lado oscuro del ser humano (entendido como lo sobrenatural, la locura, lo monstruoso y lo inexplicable), fueron las características primordiales de esta serie de películas que, aunque pocas, llegaron a ser una influencia que prevalece, incluso para cineastas de nuestros días.
Es difícil analizar desde este siglo XXI una película como El gabinete del Dr. Caligari, que puede aparecer como defectuosa o “pobre”, comparada con las grandes producciones a las que estamos acostumbrados hoy en día. Pero si pensamos que en aquella época no habían computadoras ni efectos especiales ni grandes presupuestos, que el cine estaba en pañales y que, de remate, era mudo, el conjunto de aquellas películas y sus resultados no es menos que admirable.
Junio 18, 2009
Ser "salvadoreño en el exterior"
Hace poco un amigo se fue a vivir a México. Se fue por motivos sentimentales. Y como toda persona que se va a vivir a otro país, tiene que enfrentar el siempre engorroso proceso de legalizar su estadía. Luego de alguna visita a las oficinas de migración en aquel país, regresó pensativo a su casa y escribió: “El mismo idioma y color, cómo es posible que me llamen...”
Dejó la frase inconclusa, pero supongo que fue llamado “extranjero”. Una palabra que en estos tiempos ha adquirido connotaciones algo ofensivas. Una palabra que detrás de sus letras oculta muchos prejuicios. “Bienvenido al club”, pensé.
Mi amigo y yo somos apenas un par de los millones de salvadoreños (y esto no es una exageración sino una triste realidad), que vivimos fuera del territorio que geográficamente nos ampara como pertenecientes a una identidad común, ligada a un lugar específico bajo el sol, a eso que llamamos “patria”.
Se nace en un territorio y, a menos que ocurran circunstancias excepcionales, por lo general uno muere con esa identidad, aunque se cambie de nacionalidad a nivel legal. “Seré salvadoreño hasta la hora de mi muerte”, como dicen los amigos del grupo nacional, Pescozada.
Pero ser “extranjero” ha sido siempre poco menos que un estigma para los millones de humanos que, a lo largo y ancho de la historia de la humanidad, se han visto forzados o impulsados a vivir por algún período de tiempo en una tierra ajena a la propia.
Junio 01, 2009
El verdadero cambio
Hay algunas palabras que desde hace varios meses, cada vez que las oigo, sufro los síntomas de un empacho digestivo. Una de ellas es “cambio”.
La palabrita se puso de moda cuando los asesores políticos de Barack Obama le aconsejaron usarla como lema de campaña, primero para lograr ser el candidato presidencial demócrata y luego para ganar la presidencia de los Estados Unidos. “El cambio que necesitamos”, “cambio para la gente”, “cambio en el que podemos creer”, “vota por el cambio”, fueron algunas de las variantes y combinaciones con las que se usó la palabra durante su campaña. La promesa del cambio en una sociedad cansada de guerras, infortunios hipotecarios, recesión económica y otras desgracias, logró seducir a los votantes de manera masiva, con los resultados que ya todos conocemos.
Desde entonces no han faltado los candidatos y partidos políticos de otros países que adoptaron la misma promesa. Lo curioso es que la palabra ha sido ocupada por diferentes corrientes políticas, esperanzados en que al invocar un cambio se garantice un triunfo electoral. Como si su sola mención fuera una fórmula mágica, un talismán de la buena suerte. Dicha promesa tampoco faltó en la última campaña electoral salvadoreña.
Los asesores de Mr. Obama sabían muy bien lo que hacían. Porque ¿quién no está cansado del oscuro panorama que está viviendo la humanidad? Estamos cansados de la criminalidad, de la violencia y de la inseguridad con la que convivimos a diario. Cansados de trabajar cada día más y ganar cada vez menos, sin ver mejoría alguna en nuestra calidad de vida (eso quienes tienen el privilegio de tener un empleo). Cansados de los escándalos políticos y financieros. De la impunidad y la corrupción. Cansados de guerras, de pandillas y de mafias. Cansados de la desesperanza, de las confusas perspectivas de futuro. Pero lo que seguramente nos tiene más cansados es ver que “nadie hace nada” y que la cosa, lejos de mejorar, empeora. ¿Quién no querría que todo esto cambiara?
Mayo 18, 2009
Ídolos con pies de barro
Qué pena me da el asunto del padre Alberto Cutié. Pero más que pena, me asombra el tamaño de su ingenuidad. Digo: no creo que el padre no tenga conciencia de que es una “estrella mediática”, cuyo rostro es fácilmente reconocible por tirios y troyanos. Aún así se fue a meter a una playa pública con una mujer, aceptó besos, arrumacos y hasta una pierna de la susodicha encima, situaciones que algún avispado (y seguramente avisado paparazzo), fotografió y publicó sin clemencia alguna.
Dejarse ver así en un lugar público fue más que una imprudencia. Sus programas de radio y televisión donde dialogaba con grupos de jóvenes y sus frecuentes apariciones en otros programas de audiencias masivas como el show de Cristina Saralegui, lo convirtieron en un personaje bastante popular, aunque quizás muchos no conocieran su nombre completo.
Su simpatía, su sentido del humor y su disposición a dialogar sobre temas delicados como el aborto, las drogas o el SIDA, lo convirtieron en un sacerdote en quien muchos confiaron. Es muy raro tener ese don de conectar con los jóvenes y hablar su mismo lenguaje, pero el padre Alberto, aprovechando su carisma y el alcance actual de los medios de comunicación, logró hacerlo.
A mí me gustaba verlo por esa flexibilidad que tenía para escuchar a la gente. No juzgaba a las personas, no las regañaba, sino que ponía a todos a pensar en el origen de las situaciones que hubieran llevado a alguien al abismo desde el cual solicitaban ayuda espiritual. El padre Alberto siempre parecía tener la cita bíblica adecuada o la palabra necesaria para que los afectados encontraran consuelo y esperanza sin ser juzgados en su calidad humana, que es lo que uno desea encontrar en un guía espiritual.
Mayo 04, 2009
No estamos condenados
Hace pocos días vi en HBO una película estadounidense llamada Los condenados. La historia giraba en torno a un productor de “reality shows” que quiere mandar a diez de los prisioneros más deleznables del mundo a una isla desierta para matarse unos a otros. El último y único en quedar vivo recibiría su libertad. La lucha de estos presos sería transmitida en tiempo real por internet.
Comienzan a buscarse a los delincuentes. Ya tienen a casi todo el grupo. Al productor le ofrecen un guatemalteco, pero no lo quiere. Dice que ya tiene dos mexicanos, no quiere más latinos. Desea a alguien del Medio Oriente para garantizar audiencia de ese rincón del mundo.
¿Y dónde creen ustedes que se busca a ese nefasto último delincuente? En El Salvador, por supuesto. Resulta que un iraní de mala estopa se encontraba preso por aquí. También escogen a un estadounidense llamado Jack Conrad y a otro tipo que, por los tatuajes, no nos extrañemos si representara a un pandillero nacional. Todos están cumpliendo condena en una cárcel de Sonsonate.
La cárcel es subterránea y está compuesta por siniestros túneles de piedra. Los guardianes hablan en cualquier tipo de español, menos en “salvadoreño” y los uniformes no pueden identificarse como de nuestros cuerpos de seguridad. Los tres precandidatos para el “reality” pelean en un cuarto de la cárcel sonsonateca y el gringo resulta vencedor, ganándose el pase para ir a la isla.
Abril 20, 2009
¿Quién debe pedir perdón?
El pasado 29 de marzo el Arzobispo de San Salvador, Monseñor José Luis Escobar, declaró que el Estado salvadoreño debe pedir perdón por los crímenes que se cometieron en la guerra civil que concluyó en 1992. Las afirmaciones fueron dadas en una rueda de prensa en el marco de la conmemoración del 29 aniversario del asesinato del Arzobispo Oscar Arnulfo Romero y de un foro desarrollado en la Universidad Centroamericana (UCA) en memoria de todas las víctimas.
Dicha declaración se da en el preciso momento de una transición radical en nuestro país: después de 20 años de gobierno de derecha del partido ARENA, vamos a inaugurar un gobierno de izquierda con el FMLN, o sea, las precisas fuerzas enfrentadas durante la guerra.
Los gobiernos de ARENA han insistido durante todos estos años, en que debe haber “perdón y olvido”. Que no sería saludable para la sociedad salvadoreña derogar la Ley de Amnistía para la Consolidación de la Paz, abrir procesos judiciales o realizar actos de restitución pública, porque eso “volvería a abrir” las heridas dejadas por la guerra.
Pero seamos sinceros: las heridas de la guerra nunca cerraron. El trauma social que nos dejó todavía no ha sido superado. Una demostración de ello es la rabiosa polarización política en la que hemos vivido durante todos estos años.
Hay que rescatar la memoria histórica y aprender las lecciones del pasado. Olvidar no es saludable si nos hace propensos a cometer los mismos errores una y otra vez. Es necesario aprender del pasado a través del análisis, la discusión objetiva y el asumir responsabilidades. Será después de un proceso así que podremos superar la polarización y constituirnos en una sociedad más sana.
Abril 06, 2009
Por la dignificación de nuestra cultura
Por cuestiones de cierre editorial, esta columna suele estar escrita y entregada a redacción una semana antes de su publicación. De ahí que resulta difícil escribir oportunamente sobre algunos asuntos coyunturales. Por lo demás, creo que casi todas las columnas de opinión aparecidas desde el 16 de marzo en los diferentes medios escritos, se refirieron a las elecciones presidenciales salvadoreñas y su resultado. No voy a repetir lo que han dicho todos esos columnistas ni tampoco lo que se ha dicho en ese mundo paralelo de opinión que es internet, donde diferentes espacios como blogs o periódicos electrónicos han escrito hasta la saciedad sobre el tema.
Sin embargo, no escapa de mi atención que, como siempre, uno de los grandes temas ausentes sea el aspecto cultural. Fue un tema minimizado, si acaso apenas presente, durante la campaña electoral. Algo que ya no sorprende. Desafortunadamente en El Salvador, la cultura ocupa el último lugar de importancia para nuestros políticos y para la sociedad en general. Incluso el deporte recibe mayor atención, aunque los deportistas digan lo contrario. Y si no, recordemos el caso del futbolista salvadoreño que metió un gol en un partido en el extranjero y a quien se recompensó con cinco mil dólares. O contemos la gran cantidad de páginas que la prensa escrita le dedica al deporte nacional e internacional.
Aclaro: no tengo absolutamente nada contra los deportes. Todo lo contrario, soy aficionada a más de alguno. Pero como una persona cuyo interés primordial es la literatura, lamento la invisibilidad que tienen el arte y la cultura en la sociedad salvadoreña. Los gobiernos de turno han sido muy descuidados en estas áreas y no han tenido la visión para comprender el potencial educativo e incluso económico que la actividad cultural, bien encausada, podría tener para el país.
Marzo 23, 2009
Anel, in memoriam
Un fuego cruzado entre un grupo de cinco asaltantes y la seguridad de un carro blindado de la Lotería Nacional de Beneficencia de Panamá, sorprendió a Anel Omar Rodríguez, de 45 años, en el preciso momento en que bajaba de su automóvil.
Los asaltantes habían intentado robar dos bolsas con 70 mil dólares que estaban siendo transportadas a las 8 y media de la mañana del martes 10 de marzo de este año, a la sede de la Lotería. Los maleantes llevaban en sus manos algunos regalos dentro de los cuales habían ocultado sus armas. Al verse en apuros para huir con el botín, comenzaron a disparar.
A Anel lo alcanzaron tres tiros. Tuvo tiempo para llegar hasta la acera donde cayó encima de una franja de tierra, junto a un árbol. Murió en segundos. Uno de de la seguridad también murió y un asaltante resultó herido. El resto de los asaltantes huyó del lugar, dejando abandonada en otro punto de la ciudad, la lujosa camioneta que habían robado para emprender la acción.
Anel era el director del Instituto Nacional de Cultura de Panamá. Había ido a despedir a unos artistas cubanos que se hospedaban en un hotel cercano. Los cubanos, invitados para ayudar con el montaje de una obra de teatro, regresaban ese día a la isla.
Así era Anel. Trabajador incansable y sin horarios. Alguien que brindaba a los invitados del Instituto una atención personalizada, no como una tediosa obligación protocolaria, sino porque le importaba mantener una relación personal con los artistas, conversar con ellos, escucharlos e intercambiar opiniones, ideas y planes. Entre otras cosas, Anel tenía la idea de conformar una gran red de amigos artistas que pudiéramos colaborar con varios proyectos que tenía para la divulgación del arte y la literatura en Panamá, incluso en las provincias del interior en las que, por lo general, el arte es algo ausente.
Marzo 09, 2009
Ahorita no
Los pasajeros gritaron. Yo me aferré a los brazos del asiento y cerré los ojos. Los apreté. Como si con ello fuera a conjurar el peligro. El avión se sacudía. El ruido era ensordecedor. La gente gritaba a todo pulmón. Objetos caían y rodaban por el suelo. Incluso tengo la impresión, no lo puedo jurar, de que el avión perdió algo de altura. Nunca, en toda mi vida de viajera, que comenzó desde la infancia, había sentido algo así. No se trataba de una común turbulencia. Era algo mucho peor.
Mientras tenía los ojos cerrados, pensé que aquella sensación era familiar: era como si estuviera en un terremoto. Pero estábamos en el aire. Recordé las simulaciones en computadora de cómo había caído el avión sobre un vecindario en Buffalo, Nueva York, unos pocos días antes. Y mi mente pensó una sola cosa: nos matamos.
Comencé a imaginar lo que serían esos últimos segundos. Me atreví a ver por la ventanilla. Estábamos sobre tierra, a quince minutos de San José. Nos estrellaríamos en territorio tico. Imaginé el descenso acelerado. El descalabro. La angustia de todos. El no poder hacer nada. El no poder pedir ayuda. La certeza de no salir con vida. El impacto que nos reduciría a cenizas. La muerte.
Febrero 23, 2009
Gerardo
Nació en algún lugar de Guatemala, de cuyo nombre ya no quiere o ya no puede acordarse. Creció allá pero la vida lo trajo hace cosa de diez años a Costa Rica.
Tenía mujer, un par de hijos. Vivían en una casita. Trabajaba como operador en una fábrica. No suelta muchos detalles acerca de su pasado. Todo depende de cómo se encuentra el día en que te lo platica, de cómo esté su lucidez. En algún momento de su historia, un momento que no precisa, lo dejó y perdió todo por el alcohol.
Gerardo es el indigente oficial de nuestra cuadra. También es conocido como Francisco, Chico o “El indio”. Precisamente tiene el rostro aindiado, pómulos altos, piel muy oscura, ojos rasgados y una voz áspera como lija.
Gerardo vive en nuestra calle y sus alrededores. Se dedica a cuidar vehículos. Come de lo que le dan en el comedorcito chino de la esquina, cuyo dueño en realidad no es chino, ni siquiera oriental, sino un nicaragüense que vino a Costa Rica, también hace varios años, buscando una mejor vida.
A Gerardo es frecuente verlo buscar comida en las bolsas de basura. A veces he pasado mientras él saca algo y se lo come. Da la vuelta para que no lo mire hacerlo. También se da la vuelta cuando lo encuentro sentado en la banqueta tomando alcohol. Si las propinas por cuidar carros han sido buenas, se da el lujo de tomar un botellita de guaro Cacique. Pero si no, bebe una botella de alcohol de farmacia. La bebe como si fuera limonada. Traga con avidez y puedo ver en su rostro la sensación de alivio que le provoca aquel trago.
Enero 26, 2009
Gorjear en caso de desastre
El mismo día del terremoto en Costa Rica estrené mi Twitter en internet. No fue premeditado. Desde hacía días tenía la curiosidad, pero no creía que Twitter me podría servir para algo. Había entrado a páginas de algunos conocidos y no terminaba de encontrarle sentido. ¿Colocar en internet pequeños mensajes, de máximo 140 caracteres, sobre lo que estaba haciendo? ¿A quién le importaría saber si tomo café, me lavo los dientes o voy al cine?
Pero como nada se pierde probando, a las 10:45 del 8 de enero de este año decidí abrir mi cuenta correspondiente con el mismo nombre de mi blog, Jacintario, y hacer la prueba durante algunos días. Si me gustaba bueno y si no, abandonaba el proyecto y borraba la cuenta.
Mientras caminaba al gimnasio aquella mañana, pensaba que quizás Twitter podría servir como un refuerzo al blog. Imaginaba colocar enlaces de artículos interesantes o avisar sobre una buena película por cable.
A las 13:21 de ese mismo día, ocurrió el terremoto 6.2 en la escala de Richter, cuyo epicentro estuvo a pocos kilómetros de San José, cerca del volcán Poás. La “zamaqueada” me agarró en el 4º. piso del Mall San Pedro, que es donde se ubica mi gimnasio. Mientras nos sobreponíamos del susto con los demás compañeros de ejercicios, comprendí para qué podría servir mi recién iniciada cuenta.
Enero 12, 2009
En busca de la belleza
Nos pasa a todos: vamos a una exposición, a una función de danza o teatro, vemos una película o leemos un libro. Y al terminar nos preguntamos si eso que recién vimos, escuchamos o leímos es arte. Uno visita una galería y suele escuchar a alguien diciendo en voz bien alta “si hasta yo podría hacer eso”. Y es que desafortunadamente hoy en día muchas de las manifestaciones que nos quieren hacer pasar por artísticas están plagadas de un facilismo tal que pareciera que cualquier garabato que alguien hace en un papel puede terminar colgado en una sala de exposiciones.
Algunos artistas parecen encontrar una fórmula y la repiten en todas sus variantes hasta cansar al espectador. Otros encuentran en la morbosidad y en la enfermiza fascinación por lo asqueroso un recurso que explotan al máximo. Otros más se regodean en el retrato meticuloso de la realidad subestimando, en muchos casos, a la imaginación y el verdadero trabajo que implica el acto creativo.
Pero el arte no ocurre en un momento de “inspiración espontánea” ni es un golpe de suerte sino el resultado de un complejo procedimiento. El arte, en todas sus manifestaciones, implica siempre disciplina, trabajo, reflexión, estudio, prueba y error y todo un proceso interior por el que atraviesa el artista. Lo ideal sería que el proceso de creación terminara siendo, a la vez, un proceso de auto-descubrimiento y de transformación personal, de manera que el artista que comenzó la obra no sea el mismo que la terminó.
Diciembre 22, 2008
Jamás callar
El caso del veto del Gobierno de Nicaragua en contra de Sergio Ramírez es, a todas luces, indignante pero no demasiado sorprendente. Después de los diversos ataques emprendidos contra otros intelectuales y artistas nicaragüenses, era nada más cuestión de tiempo que atacaran a Ramírez. Y no es difícil intuir que no será el último ataque que veremos. No cabe ninguna duda de que dicho gobierno continuará arremetiendo contra todo aquel que se atreva a señalar las numerosas arbitrariedades que ha cometido y está cometiendo el dúo Ortega-Murillo desde su retorno al poder.
Resulta irónico que gobiernos o partidos políticos que se anuncian opuestos a la censura utilicen precisamente eso como un arma, o mejor dicho, que lo conviertan en una práctica común, que además justifican de manera muy torpe. Todo lo cual me recuerda a la novela de George Orwell Rebelión en la granja, donde un grupo de animales se rebela contra los humanos. Quienes asumen el control de las cosas son los cerdos, que poco a poco se tornan tan o más déspotas que los humanos mismos en sus acciones y, finalmente, hasta se les asemejan en el aspecto físico.
Tampoco resulta sorprendente el veto si tomamos en consideración que los regímenes que se tuercen hacia el totalitarismo, sean de derecha o de izquierda, tratan de manipular y utilizar todo lo que huela a cultura, arte o literatura en función de una distorsionada interpretación de la ideología que dicen representar. Así, la literatura y el arte son transformados en panfletos políticos y todo lo que medianamente se sale de dicho marco se considera “sospechoso de subversión”.
Diciembre 08, 2008
El derecho al ocio
Pareciera que de todo se nos inculca y habla en la vida menos del derecho a descansar. Desde niños se nos dice que debemos trabajar, estudiar, acumular, proveer, invertir, consumir, tener. La vida completa es un continuo hacer. Siempre hay que “estar ocupado”, haciendo algo. Y cuando nos detenemos un rato a no hacer nada o a hacer algo que pensamos no es productivo, útil o “importante”, nos invade la culpa. Dicha culpa es una conducta aprendida, impuesta por nuestros padres, nuestros maestros o por el entorno mismo: no hacer nada “útil” es señalado como pereza, y la pereza es la madre de todos los vicios, según reza un conocido dicho.
Hay gente que posterga sus vacaciones una y otra vez. Creen que su trabajo y su posición en la vida son “demasiado importantes y vitales” y que si se ausentan, las cosas pueden salirse de control, desordenarse, atrasarse. Ya puestos en vacaciones, hay muchos que nada más hacen la pantomima: se llevan la computadora portátil a la playa, están chequeando sus correos en un café Internet, duermen con el celular debajo de la almohada porque puede haber “una emergencia” o “aprovechan” ese tiempo que supuestamente debería ser para descansar y reponer energías en hacer cosas pendientes o algún trabajo extra para poder aumentar el ingreso mensual.
Hay gente que de veras no puede desconectarse nunca, que vive a un ritmo interno acelerado, enajenado, y en cuya prisa interior se desarrolla una falsa identificación entre lo que se hace y lo que se es. Y digo “falsa identificación” porque hay gente que cree que es lo que representa, es decir, una imagen, un status, un trabajo, un ingreso económico o una posición social dentro del enmarañado escenario de la vida.
¿Cuántas personas se deprimen tanto al retirarse de sus trabajos que al poco tiempo terminan enfermos y hasta muertos porque no saben qué hacer con sus horas ni con su vida, porque consideran que si ya no “trabajan” ya no son “importantes”, ya no son “alguien”? ¿Cuánta gente vive con culpa los días en que se enferma o en los que no le dio la gana hacer absolutamente nada y se sentó a ver televisión, a mecerse en una hamaca a pensar o a soñar despierto? ¿Será quizás que preferimos estar atados a ese torbellino de actividades porque nos da miedo quedarnos a solas con nosotros mismos y escuchar nuestra voz interior? ¿A qué se dedicaría la humanidad si no existiera eso que llamamos trabajo?
Noviembre 24, 2008
Canto de amor a los animales
Tuve un gallo que le gustaba que lo acariciara como si fuera un gato. Cuando yo salía a darle de comer a las gallinas y no le hacía sus respectivos cariños al gallo, se enojaba y comenzaba a picotearme los tobillos o a jalarme la punta del pantalón con el pico, para llamar mi atención. Proporcionadas las caricias tan profusamente solicitadas, el gallo hacía un par de pasitos de baile y emitía un cacareo particular, muestra de su contento.
Tuve un perro llamado Yaki cuya manía era perseguir carros. Le ladraba a las llantas con furia. Un día un carro lo revolcó frente a mis ojos. Perdió varios dientes, quedó patojo y golpeado, pero no murió. Yaki era además cuatrero. Se iba por el monte y volvía con tremendos huesos de res. Quizás había encontrado un matadero. Un día regresó con un agujero en el lomo. Alguien le pegó un balazo. El agujero le fue “curado” con un chorro de creolina pura. El perro no murió. Meses después volvió con un machetazo que se le llenó de gusanos. Más creolina. El perro tampoco murió. En realidad, Yaki murió varios años después, nunca se supo de qué. Quizás de viejo.
Tuve un cotorro llamado Panchito que gustaba beber leche en un vaso. Un día, mi padre encontró en una cuneta del centro de San Salvador a una periquita maltrecha, una catalnica. Tenía la patita derecha torcida y no podía pararse en una estaca. La adoptamos y se pasó el resto de su vida sobre una lavadora. Panchito amaba a la catalnica (a la que no sé por qué, nunca le pusimos nombre), pero la diferencia de tamaños supuso un obstáculo para la culminación de aquel amor. Un día, un potente trueno seco asustó tanto a Panchito que salió volando por la ventana y jamás volvimos a verlo. La catalnica se murió de la tristeza pocas semanas después.
Noviembre 10, 2008
Por un Premio Nacional de Literatura
El pasado mes de octubre fui honrada al ser convocada como miembro del jurado internacional que selecciona a los ganadores del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró 2008 de Panamá. El premio se otorga cada año en cinco diferentes categorías: poesía, ensayo, dramaturgia, cuento y novela. A mí me tocó ser jurado en esta última.
Organizado por el estatal Instituto Nacional de Cultura, su bolsa de quince mil dólares por categoría lo convierte, sin duda, en el más importante galardón que se otorga en toda Centroamérica a un escritor. Ni siquiera los dos premios literarios centroamericanos juntos, el "Mario Monteforte Toledo" de novela, organizado por la fundación del mismo nombre en Guatemala, y el "Rogelio Sinán" (organizado por la Universidad Tecnológica de Panamá, y que se otorga en categorías alternas por año en las ramas de cuento, novela y poesía), tienen una bolsa tan alta.
No pude evitar fantasear con lo que haría si yo me ganara quince mil dólares en un concurso. Bien administrados y viviendo espartanamente, podría comprar un par de años de mi vida para dedicarme a escribir. Que es, finalmente, la gran ambición de todo escritor: dedicarse a su oficio sin tener que vender el tiempo de su vida ejecutando trabajos ajenos a la literatura y sentarse a escribir su obra.
El concurso Miró me parece un ejemplo valioso a seguir por las demás instituciones culturales estatales de cada país de Centroamérica. No solo porque resultaría estimulante para un escritor saber que puede aspirar a un premio con una bolsa tan importante, sino porque la rigurosidad implicada en la selección de los ganadores exige de los participantes un alto nivel de calidad. En este ejemplo concreto, el gran ganador es la literatura panameña que se mira enriquecida y estimulada a crecer y a autoexigirse calidad.
En El Salvador contamos apenas con el Premio Nacional de Cultura, cuyo premio en efectivo equivale a cuarenta mil colones, es decir, el equivalente a 4,571.43 dólares. Se otorga uno cada año en categorías alternas a distintas disciplinas artísticas, académicas y culturales. Solo uno por año. Que se lo gane un escritor es, por lo tanto, una rareza.
Octubre 27, 2008
Gris Dickens, alias "El Chuco"

Era grande, gris y con el pecho blanco. Su cuerpo era inusualmente largo, tanto que lo pensé “un gato salchicha”. Le faltaba un pedazo de la oreja derecha y siempre andaba sucio, con algún arañazo en la cara. Tal era su grado de suciedad que comencé a llamarlo “el gato Chuco”.
Primero se asomó como para tantear territorio pero huía al verme. Luego comenzó a pelear con la Loli, mi gata, y yo corría para espantarlo. En algún momento dedujo cómo entrar por la puertecita de la Loli, y se robaba su comida. Se convirtió en rutina correrlo, pero el gato no se rendía. Así es que la que tuvo que rendirse fui yo.
El Chuco, viendo que no lo corrí más, se puso confianzudo. Después de comer se echaba a dormir en el lavamanos del baño o sobre el televisor. Me daba recelo su aspecto feroz y me sorprendí cuando me dejó acariciarlo. Su pelo era muy áspero al tacto y siempre le sentía cascaritas de heridas antiguas en la piel.
Ya que íbamos a tener que convivir, decidí ponerle un nombre decente. Y lo llamé Dickens, en honor del escritor inglés creador de personajes como niños huérfanos y gente del bajo mundo de Londres que siempre se sobreponían a la adversidad.
Octubre 13, 2008
Los que se quedan
Ocurrió en La Montañona, Chalatenango, un cantón con pocas casas, una escuela y una cancha de fútbol, ubicado en medio de una montaña boscosa donde, en tiempos de la guerra, estuvo el campamento de la radio insurgente Farabundo Martí. Ahora La Montañona es un parque natural protegido, con intenciones turísticas, donde hay algunas rústicas cabañas para recibir a los visitantes.
Un par de amigos míos fueron a aquel lugar en abril del año pasado, con la intención de pasar un tranquilo fin de semana. Se hicieron de un pick up 4x4, la única manera de llegar a través del camino de tierra y piedras que accede al lugar. El viaje había sido medio azaroso, pero la belleza y la tranquilidad del paraje les hicieron olvidar bien pronto la dificultad de la llegada.
Todo iba muy bien. Pero a las 6 y media de la tarde alguien fue a buscarlos. Necesitaban su ayuda, o más específicamente, el vehículo. El único capaz de realizar la tarea que tenían por delante: un muchacho, de unos 15 o 16 años, había intentado suicidarse. Había que sacarlo pronto de allí.
Por la tarde, el muchacho se había metido en una especie de bodega que había al lado de la cancha de fútbol, al final del cantón. Ahí bebió un pesticida para matar gusanos llamado Tamarón. Cuando alguien de la comunidad encontró al joven, su sistema digestivo estaba desgarrándose y había expulsado heces de manera profusa.
Cuando mis amigos me contaron el incidente, remarcaron que todo el lugar apestaba. El muchacho se agitaba en intensos dolores. Lo colocaron sobre un plástico y así lo encaramaron en la cama del pick up. La idea era que mis amigos bajaran a la carretera hasta topar con la ambulancia, que ya había sido llamada, y que llevaría al agonizante hasta el hospital de Chalatenango. Cuando lo entregaron a la ambulancia, ya de noche, el muchacho aún estaba vivo.
Septiembre 29, 2008
Sociedad de desecho
Hace un par de meses necesitaba imprimir un documento, pero cuando encendí mi impresora, no pasó nada. Apreté una y otra vez el botón de encendido y la máquina no respondió. Revisé cables, conectores, moví el aparato y lo intenté en otro enchufe. Nada. Tuve que ir a imprimir mi documento a un café internet.
Pasaron los días. De vez en cuando me acordaba del asunto, intentaba encender la máquina, que seguía sin funcionar, y no sé por qué concluí que lo que estaba malo era el cable que se conectaba a la corriente y que debía comprar otro.
Fui a un par de negocios buscándolo, pero los que me atendían me decían que no vendían ese tipo de cable, que iba a ser imposible conseguirlo y que mejor pensara en comprar una nueva impresora. Me parecía insólito que, tan con la mano en la cintura, me dijeran que me comprara otra, como si el dinero creciera en los árboles. Además tenía la impresión de que la máquina, que en realidad era una multifunción (impresora, escáner y copiadora), no estaba tan desvencijada. La había comprado hacía cosa de 3 años y no la había usado demasiado.
Rendida, fui al representante oficial de la marca de mi aparato, convencida de que solo ellos podrían rescatarme de aquel percance que estaba durando demasiado. Mi impresora me hacía falta y aquello de ir a pagar por impresiones en un café internet no podía continuar. Fui a dejar el aparato.
Pocos días después me avisaron que no podría arreglarse. Que la tarjeta estaba dañada y que ellos no vendían dicho repuesto. “¿Y eso qué significa?”, le pregunté a la tipa que me atendió. “Bueno, que tiene que desecharla”. “¿Cómo que desecharla? ¿Me está diciendo que la tire a la basura?” “Pues sí”, contestó ella, visiblemente incómoda por el uso de una palabra tan ordinaria como “basura”.
Septiembre 16, 2008
Sin fecha de vencimiento
Una de las grandes lecciones de vida que me dejó mi padre, sin enunciarla expresamente, fue que la edad no es impedimento para hacer absolutamente nada. Tuvo su último hijo a los 63 años, compró su primera computadora a los 90, manejó hasta los 94 años y viajó y cruzó el Atlántico más de una vez todavía en su ochentena.
Mi padre no fue un hombre de sueños extraordinarios ni obsesiones rocambolescas, pero nunca tomó una actitud derrotista ante su edad. Creo que de hecho no tenía consciencia de ella. Aunque desde niña siempre le escuché decir que estaba “viejo” y que “ya se iba a morir”, duró todavía 40 años con una salud envidiable, sin hacer referencia precisa a sus años, sin celebrar su cumpleaños pero, sobre todo, sin permitir que su edad definiera lo que debía o no hacer en la vida.
Crecer junto a una persona así hace que uno asuma ciertas cosas como naturales. Heredé y asumí esa inconsciencia de la edad. Nunca celebro mi cumpleaños. Me siento bastante menor de los años que tengo. No he cambiado mis hábitos o actitudes nada más que porque el calendario dice algo que no siento. Trato de vestir “como yo” y no como “una persona de mi edad”. Cuando cumplí los 40, lo celebré haciéndome un par de tatuajes (y tatuarse es solo para jovencitos, ¿verdad?). Y no descarto otro tatuaje para conmemorar los 50.
Septiembre 01, 2008
Guatemala bajo mis alas
1.
Lo primero que escucha al caminar hacia la salida del aeropuerto es una voz que claramente la llama. Una voz susurra su nombre con mucha alegría. Ella voltea sobre su hombro izquierdo para saber quién es.
Pero no hay nadie cerca, nadie que pudo haberla llamado.
Los buenos espíritus me dan la bienvenida, piensa.
2.
Cuarto 508 del Hotel Conquistador.
Calcula que el cuarto es más grande que la mazmorra en la que habita. Y lo mejor: tiene una gran ventana, en realidad, una puerta de vidrio que da a un ínfimo balcón. Abre la puerta, pero el ruido que entra desde la calle es insoportable. Vuelve a cerrar.
Justo frente a su ventana se construye algo. Hay una grúa gigante y las fundaciones en cemento de lo que podría ser (imagina), un parqueo subterráneo.
Más allá una calle de cuatro carriles. Construcciones de techos planos y encementados, una arquitectura mixta y desordenada que le recuerda a la ciudad de México.
En el horizonte, volcanes. Uno inmenso, cónico perfecto, cuyo nombre ignora.
3.
Enciende el televisor. Es marca Zenith. Pensaba que ya no existían.
La caja del televisor tiene el mismo color crema de las paredes. Se mira tan antiguo que la conmueve. Le recuerda a su infancia. A su padre. A un mundo ya ido.
El control remoto funciona con dificultad. Hay que apretar con mucha fuerza los botones. Piensa ver tele un rato y luego dormir una siesta. El insomnio de los últimos meses y levantarse temprano para tomar el avión la tienen agotada.
El Biography Channel está pasando un documental sobre The Band. Y cuando Richard Manuel canta “Whispering Pines”, siente una melancolía que duele.
Agosto 18, 2008
¿Dónde están los editores salvadoreños?
En los últimos días de julio, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), cuatro escritores salvadoreños presentamos tres novelas y un libro de cuentos.
Rafael Menjívar Ochoa presentó Trece, Vanessa Núñez Handal, Los locos mueren de viejos y Jorge Galán El sueño de Mariana (de la cual esta misma revista presentó un generoso avance hace un par de semanas). Todas fueron publicadas en la guatemalteca F&G editores, uno de los sellos más consolidados de la región y que comienza a proyectarse internacionalmente.
Yo presenté mi libro de cuentos El Diablo sabe mi nombre, publicado en Costa Rica por Uruk Editores, un pequeño sello independiente que ha firmado un visionario acuerdo con Fondo de Cultura Económica para utilizar su estructura y poder distribuir sus ediciones en toda la región.
A esta lista de salvadoreños publicando fuera del país podemos agregar a Horacio Castellanos Moya, Claudia Hernández (quien ha publicado en Guatemala también) y Róger Lindo quien publicó su excelente primera novela El perro en la niebla, en una editorial de España.
Esta lista creciente de salvadoreños que publicamos en el exterior, si bien es motivo de celebración, debe servir también como un espacio de reflexión. Porque lo cierto es que detrás de esto hay una verdad contundente: si no publicáramos nuestros libros fuera del país, ya no publicaríamos nada. ¿Por qué? Pues porque en El Salvador, simple y sencillamente, no hay espacios de publicación.
Desde hace demasiados años el sector editorial salvadoreño está tan deprimido, que muchos de los escritores nacionales han optado por la auto publicación como único recurso para dar a conocer su trabajo.
Agosto 05, 2008
Confesiones de una insomne crónica
Siempre he dicho, medio en broma y medio en serio, que yo nací con insomnio. No es una exageración. Muchos de mis primeros recuerdos son mi cuarto infantil, en la oscuridad, de noche, el silencio de una casa donde todos duermen, la angustia de saber que están pasando las horas, y que ese silencio crece y es interrumpido sólo por el incesante cantar de los grillos. Es casi inexplicable la sensación de melancolía que me producía escuchar un carro pasando en la carretera y cuyos faroles hacían crecer sombras de luz en mi cuarto, sombras que se tornaban gigantescas a medida que el carro se acercaba a mi ventana que daba a la calle, y que disminuían, junto con el ruido del motor que se alejaba, dejándome otra vez en la oscuridad y en mis angustias.
Mi madre me enviaba a la cama a las 8 porque, viviendo en Los Planes de Renderos, debía levantarme a las 5 y media de la mañana para poder estar en el colegio a las 7, aunque las clases comenzaran a las 7 y media. En casa, eso de la puntualidad se tomaba con tal severidad que no tuve más remedio que asimilarla y convertirla en un vicio que mantengo hasta el día de hoy. Por eso de mí se dirá cualquier cosa, menos que soy impuntual.
Mientras yo estaba en mi cama intentando sin éxito alguno dormir, escuchaba los programas de televisión que mis padres miraban en la sala. Mi padre se acostaba antes y mi madre se quedaba despierta, muchas veces hasta las 10 u 11 de la noche. Entonces ella apagaba la luz de la sala y se acostaba, y la casa toda se llenaba de oscuridad y silencio.
Julio 21, 2008
Diccionario básico del migrante (pequeña selección)
Balsa: medio de transporte comúnmente utilizado por cubanos que quieren abandonar la isla y llegar a Florida. Puede ser hecha de diversos materiales: tablas amarradas con neumáticos llenos de aire, láminas, plásticos y cualquier material que pueda flotar y resistir el agua. Se supo de un caso en que se tomó un viejo camión Chevrolet y se le hizo flotar pero no llegó hasta Florida. Conocida también como “patera” (en la zona del norte de África y España), o “yola” (en República Dominicana).
Desesperación: espíritu maligno que invade a las personas y que las hace convencerse de que la única alternativa a su condición de vida actual es irse de su país, a riesgo incluso de perder la vida y sus escasas posesiones materiales, de desmembrar a su familia, de no trabajar en lo que estudiaron o fueron entrenados, de someterse a humillaciones constantes y a riesgos insospechados.
Extranjero: palabra obscena. Aunque se usa en el habla cotidiana y parece inofensiva, es utilizada con la intención de insultar y en el sentido de exclusión, discriminación y de marcar distancias y diferencias. De ahí que sea considerada una obscenidad.
Ilegal: el que no tiene la documentación que lo acredite como un “habitante legal” en el país en que se encuentra. Impedimento superlativo para obtener un trabajo con pago de acuerdo a la ley, seguro social, derecho a pensión, préstamos, firmar contratos, abrir un negocio, viajar o llevar una vida normal, sin ser mal visto ni tratado como un “sospechoso”. Condición que transforma a las personas en “rayas en el mar, fantasmas en la ciudad cuyo destino es correr para burlar la ley y cuya vida va prohibida según la autoridad”, citando la definición del ideólogo postmoderno Manu Chao.
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Se abre el "Gabinete Caligari"
Hace menos de un mes recibí una llamada de La Prensa Gráfica. Me explicaban el nuevo proyecto dominical que pretendía cerrar Enfoques y la Revista Dominical y abrir una nueva y única revista de domingo. Una de las ideas en la nueva revista era abrir columnas de opinión y me fue ofrecida una, que acepté de inmediato.
Mi nueva columna me entusiasma mucho. Me alegra la idea de poder tener de nuevo un espacio en prensa escrita de manera regular en El Salvador. Es inevitable además recordar la primera experiencia, desde fines del 2002 a inicios del 2005, con mi primera columna Vicio-nes (y de la cual he compartido algunos textos por acá), una experiencia que resultó muy positiva, sobre todo por la buena acogida de los lectores que, aún años después de que se cerrara (al igual que todas las demás columnas de la sección), todavía la recuerdan.
En aquella ocasión, la columna era de 300 palabras y estaba metida en la sección de "Cultura". El reto era entonces utilizar un espacio bastante reducido para poder plantear una idea y redondearla. Fue un gran ejercicio para aprender a eliminar ripio dentro de un texto y enfocarse en lo que uno realmente quiere decir.
En esta ocasión, el reto es otro. En aquella primera plática se habló de 850 palabras, pero luego de algunas pruebas con la diagramación, se aumentó el número a mil. Mil palabras resulta un espacio bastante cómodo para poder expresar una opinión o escribir una buena crónica. El riesgo está en dispersarse.
Julio 07, 2008
CMR: El insurrecto solitario
Ocurrió algún sábado de 1984, en la siempre calurosa Managua. Había leído en un suplemento cultural la conmovedora historia de una guerrillera salvadoreña que un día cualquiera, acaso presintiendo su muerte, anotó sus poemas en papel de cigarro para que un compañero los sacara del frente de guerra. Pocos días después moriría en un cruento combate en el cerro de Guazapa.
La poeta guerrillera se hacía llamar Rocío América. Leí sus versos pero ocurrió algo: reconocí mis propios poemas, unos que había escrito pocos años antes pero que estaban guardados en el fondo de mi gaveta y que no tenía la intención de publicar jamás.
Sorprendida por la circunstancia, intenté llamar al editor del suplemento para preguntarle cómo había conseguido aquel material y quién le había contado semejante gazapo, pero el teléfono de mi casa no servía. Así es que fui a casa de la vecina. Y mientras hablaba con el editor del suplemento, vi a un hombre que, vestido en una bata blanca de toalla, se acercó a la cocina y permaneció por ahí, escuchando la conversación sin mucho disimulo.
Yo sabía que aquel hombre era el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas. Lo conocía por sus fotos pero sobre todo, por sus poemas. Cuando él se quedó ahí, haciéndose el disimulado mientras escuchaba mi plática, fui bajando la voz. Me dio una profunda vergüenza hablar de poesía o pretender que yo era la torpe autora de algunos versos delante de él, cuyo libro La insurrección solitaria es, sin duda, una de las piedras angulares de la poesía en español.
