Abril 15, 2008
Drive Inn El Flamingo
En San Salvador, muy cerca del Salvador del Mundo, donde ahora hay un pequeño centro comercial en donde destaca un lugar de comidas rápidas (no recuerdo bien si de hamburguesas o pizza), había a finales de los años 60 un lugar llamado Drive Inn El Flamingo.
El espacio de parqueo era inmenso y en el centro del terreno estaba el establecimiento que tenía muchísimas y amplísimas ventanas. Había algunos árboles y palmeras muy altas y un letrero bastante grande con un flamenco hecho con tubos de neón rosado.
En aquella época, el horario de clases en el colegio (que estaba a las pocas cuadras) era de prácticamente todo el día. Las clases comenzaban a las 7 de la mañana y terminaban como a las 4 o 4 y media de la tarde. Yo estaba en régimen de medio interna, es decir, almorzaba en el colegio porque era mucho problema para mis padres eso de traerme y llevarme al mediodía.
Lo de estar medio interna me convertía en algo así como un “bicho raro”, porque casi ninguna de mis compañeras de grado se quedaban. Y me tocaba compartir el almuerzo con las internas, es decir, las que dormían en el colegio toda la semana y salían el viernes por la tarde a sus casas para volver el lunes en la mañana. Casi todas las internas eran de secundaria.
A veces, por motivos que ahora ya no recuerdo, se cancelaban las clases de la tarde. Entonces tenía que pedir prestado el teléfono y llamar a mi padre a su oficina. El número, todavía lo recuerdo, era el 21-4827 y la oficina estaba en el Pasaje Montalvo, en pleno centro de la ciudad. Era mucho más fácil llamar a mi padre por teléfono que a mi madre en la casa, porque para llamar a Los Planes en aquellos años, se llamaba a una central y entonces se pedía una extensión. Pero como había pocas líneas, y Los Planes era poco menos que “el monte”, comunicarse no siempre era sencillo o rápido. Así es que lo más seguro era llamar a mi padre.
Marzo 26, 2008
Recuerdos de Semana Santa
No sé por qué tenía cierta ansiedad por las películas de Semana Santa de este año. Tenía antojo por repasar algunas películas que, por regla, los canales de televisión centroamericanos (y no sé si los del resto de Latinoamérica), nos recetan en dosis concentradas durante esos días.
Sentí que este año, la dosis se reconcentró entre jueves y viernes santos y que los demás días transcurrían casi como si fueran días normales. No cabe duda que, año con año, se desgasta más el sentido de esta efemérides. Cuando era niña, la Semana Santa era casi como una semana muerta. No se debían hacer muchas cosas como cantar, reír, bailar o vestir “atrevidamente”. Jueves y viernes santos no había ninguna emisora de radio trabajando, nada más Radio Nacional y si acaso, un par más, transmitiendo música sacra o fúnebre y sólo por algunas pocas horas (creo que ya para las 5 o 6 de la tarde, la transmisión concluía).
A las procesiones se iba con mantilla (o sea, las mujeres nos teníamos que poner un trapito sobre la cabeza) y era una cosa super solemne. Los negocios estaban cerrados, muchos desde el lunes santo y casi de manera obligatoria a partir del miércoles al mediodía. Muchos se iban a “temporar” a la playa y la ciudad quedaba solitaria. La carretera donde vivíamos también quedaba en silencio absoluto. No había buses, no había funciones de cine, los supermercados y las tiendas estaban cerrados, no había lugar donde comprar comida y había que abastecerse con tiempo, pues lunes y martes de pascua todavía había gente de vacaciones y los supermercados tardaban en reabastecerse. Parecía que ni el viento soplaba...
Pero los tiempos han cambiado. Y aunque mucha gente sale a descansar desde el lunes, todo funciona con bastante normalidad y hasta los supermercados están abiertos.
Marzo 07, 2008
La migraña: jugando a las escondidas con el Señor Dolor
Mi primer ataque de migraña lo sufrí la última semana de octubre de 1992 en El Salvador. Fue algo literalmente inolvidable. Me había venido sintiendo extraña, como con el cuerpo pesado, pero sin dolor ni otro tipo de síntomas y, de un día para otro, amanecí con un dolor de cabeza intensísimo que no se me quitó en toda una semana. Yo por supuesto me preocupé. Pensé que me estaba pasando algo gravísimo cuando algún doctor, como si lo más normal, me anunció al revelarle todos mis síntomas, que no era más que una migraña. Algo muy normal, un padecimiento que sufrimos millones de personas alrededor del mundo.
Me dieron de todo. Y no funcionó nada. Luego pasé a los remedios caseros. Y no hubo alivio tampoco. Alguien me puso una acupuntura de emergencia (lo recuerdo, una agujita en plena coronilla). Y nada. Mi imaginación, que jamás descansa, me lanzó una pregunta: “¿y si tuvieras que vivir con este dolor para siempre?” Ahí fue cuando pensé que sería mejor morir. Cualquier cosa era mejor que sentir ese dolor. Así es que al 3er o 4º día de dolor continuo, estaba resignada a morir.
No pude comer, no pude pensar, no pude hacer absolutamente nada esa semana más que yacer en estado casi agónico. Tampoco podía dormir, por lo menos no de día. Todo ruido parecía una catástrofe para mis oídos. Un punto sobre mi ceja izquierda palpitaba con fuerza. Ese lugar parecía ser el cuartel general desde donde se irradiaba el dolor. La sola idea de comer me daba náuseas. Lo único que mi cuerpo aceptaba eran líquidos, sopas ralas, agua y té de manzanilla. Los ojos se me pusieron rojos del dolor continuo. Me movía como en cámara lenta.
Por suerte podía dormir por las noches. Un dormir pesado con sueños descabellados. A la mañana siguiente despertaba y había como dos segundos en que parecía que el dolor había pasado. Pero entonces el Señor Dolor también despertaba y me acompañaba todo el día. A los ocho días, así como había comenzado, así desapareció. Y desde entonces comenzó mi calvario con las migrañas.
Febrero 22, 2008
Las tres chispas del diablo
Cuando aprendí a leer, el periódico se convirtió en una de mis lecturas cotidianas. Estoy hablando de mis 5, 6 años. Nadie me impedía leerlo. Yo prefería la crónica roja y una sección que tenía La Prensa Gráfica llamada “Sucesos de anoche”, que podía aparecer en cualquier parte del diario porque eran notas que surgían al cierre de la edición y se acomodaban en cualquier espacio. Por lo general eran muertos, choques, asaltos, atropellados, crímenes pasionales y suicidios.
Los suicidios siempre me fascinaron. La idea de que alguien se quitara la vida me ponía a pensar y mucho. En aquella época, años 60, recuerdo que había un método bastante común para suicidarse en El Salvador y era ingerir algo llamado “las tres chispas del diablo”.
Nada como esa combinación de palabras para agitar mi ya enfebrecida y dinámica imaginación. Recuerdo que le pregunté a mi padre qué era eso. Primero me preguntó que de dónde lo había sacado. Le dije que del periódico, que alguien se había suicidado tomando eso. Mi padre nada más me dijo que era un veneno y que no anduviera leyendo esas cosas. Pero nunca me quitaron el diario de las manos ni me andaban fiscalizando las páginas que debía o no leer.
Desde entonces se me convirtió en un deporte personal detectar casos de suicidas con tres chispas del diablo, porque lo que quería era saber qué diablos era esa sustancia. La escueta definición de “veneno” que me había dado mi padre no era suficiente. Yo quería saber dónde lo vendían, cómo era, cómo olía, cómo se tomaba, qué efectos (además de la muerte) causaba en el cuerpo humano, etc. Y mi mayor ambición era, por supuesto, verla personalmente, algo que nunca logré.
Febrero 08, 2008
Besos de café con leche
Aquello solamente ocurría en las mañanas soleadas. O quizás es así como lo ha guardado mi memoria. Mi padre salía de su dormitorio al comedor, ya listo para irse al trabajo. Se sentaba en la misma silla que se sentó siempre incluso cuando ya no vivíamos con él.
Mi padre jamás desayunaba. Y eso lo recuerdo cada vez que escucho a los nutricionistas decir que se debe desayunar, que es la comida más importante del día. Mi padre jamás desayunó más que un vaso de jugo de naranja recién exprimido y una taza de café con leche y vivió con una salud bastante sólida hasta los 96 años. Quizás y apenas dos veces al año se le antojaba comer algo y entonces apuraba un poquito de Corn Flakes con leche o una tostada con mantequilla, pero nada más.
Yo ya estaba por lo general en el comedor. Y cuando él llegaba a sentarse para su jugo y su café nos sonreíamos. Me decía “buenos días, chichí”. Siempre me dijo “chichí”, una palabra cariñosa que se usaba antes para nombrar a los niños en El Salvador.
Inmediatamente me sentaba sobre sus piernas y él me abrazaba. Yo le pasaba las manos por la cara suavecita, recién afeitado y oloroso a Old Spice de Shulton. Entonces yo me estiraba toda sobre media mesa para alcanzar la cajita metálica azul de las Hermesetas, unas pastillitas de sacarina que él tomaba con el café. La cajita de las Hermesetas estaba al centro de la mesa, junto con la sal, la pimienta, las servilletas y el azúcar común. Me gustaba abrir la cajita que tenía una tapa deslizante y entonces, la magia: abajo había un hoyito y por el hoyito había que sacar la pildorita de sacarina. La cosa se ponía más difícil a medida que se iban acabando las sacarinas, porque había que hacer coincidir la pastillita con el hoyito. Era un jueguito que me encantaba y que a mi padre, estoy segura, le gustaba verme hacer.
Octubre 31, 2007
Halloween, fines de los 60
La primera vez que llegamos a casa de mi tía materna en Fayeteville, Carolina del Norte, recuerdo muy claramente que ella me puso en la mano una calabaza anaranjada de plástico, que estaba hueca, tenía dibujada una carita y un agarradero de plástico negro. Como todavía no hablaba inglés, no entendía de qué iba el asunto y mi madre, que obró de intérprete, me preguntó que si no quería ir con mis primas a pedir dulces a las casas del vecindario. Yo no entendía nada. ¿Pedir dulces en las casas del vecindario? Sí, y volverás con la calabaza llena de dulces...
Así es que de pronto me vi en la calle, con guantes, abrigo y algún sombrerito divertido, que era lo más cercano que yo llegaría a tener como disfraz, junto con una máscara de plástico sobre la cara que odiaba porque me calentaba el rostro y porque me parecía que ya era yo lo suficientemente fea como para ponerme otra fea máscara encima. Me sentí ridícula. Pero como en casa las órdenes no se discutían, no tuve más remedio que salir con mis dos primas gringas a ir de puerta en puerta por las calles del vecindario gritando “trick or treat!”.
No era tan malo aquello de andar pidiendo dulces de puerta en puerta. Cuando regresábamos a casa mis dos primas y yo nos tirábamos sobre la alfombra del cuarto, vaciábamos las calabazas e inspeccionábamos el botín. Yo, con ese microchip del orden que tengo instalado en mi cerebro, hacía montoncitos y clasificaba mis delicias, mientras mis dos primas se peleaban por ver quién había logrado más y mejores dulces.
Junio 28, 2007
Mañanas de seda azul
Lo escribo antes de que el recuerdo tome formas opacas:
Un cuarto en penumbras, un despertador sonando poco antes de las 5 de la mañana, despertar, maldecir, ponerse en pie. Tomar la ropa del día anterior, ponérsela, entrar al baño, encender la luz, ver la cara de zombi, lavarse la boca. Tomar circulación, licencia, llaves, libro. Y los cupones, sobre todo los cupones.
Abrir y cerrar puertas. Subir al jeep Toyota Land Cruiser celeste con techo blanco creo que año 78. Manejar un par de kilómetros. Llegar a la gasolinera. Sorpresa: ya hay 4 o 5 carros esperando.
Son apenas las 5. El día va a clarear. Me parqueo detrás del último carro. La gasolinera abre a las 7. Esperar dos horas.
El problema no es el tiempo, el problema es si alcanzará.
No sé qué año es. Quizás fue en el año más crudo de la guerra. Quizás fue en el año más intenso del amor.
Es Managua. Es el tiempo de la guerra de la contra, del embargo de los gringos. Hay racionamiento de gasolina. Tengo dos papeles en mis manos que valen más que todo el dinero del mundo: dos cupones de gasolina. Blancos y azules, un 5 bien grande y el logo de Petronic.
Dos cupones de 5 galones cada uno. Diez galones de gasolina: soy millonaria.
Tan millonaria como el que sabe de alguien que compra dólares a buen cambio en el mercado negro. O del que sabe en cuál de todos los Supermercados del Pueblo hay papel higiénico. O pasta de dientes. O azúcar. O en qué tramo del mercado Roberto Huembes se consiguen frijoles negros o la carne enlatada soviética.
Junio 13, 2007
"La fiesta del sabor"
En medio de la nada, a pocos kilómetros de Cuatro Cruces y Barranca, está el restaurante Caballo Blanco y justamente a la par, el así auto-denominado "restaurante" llamado “La fiesta del sabor”.
El primero es una gran cabaña de madera con árboles, que se mira bastante agradable. De hecho, si anduviera en carro propio, podría ser un lugar en el cual me detendría a tomar un bocadillo y descansar un poco.
El segundo es un galerón de aspecto bastante triste y mal construido, con mesas de plástico y otras de metal o madera, comida a la vista y todo tipo imaginable de chucherías en el rango de lo salado a lo dulce, bebidas y hasta sorbete.
A ambos lugares los divide un muro, de manera que no se puede ver lo que hay al otro lado.
Es en “La fiesta del sabor” donde el autobús de Transportes Deldu (el así llamado “bus de los nicas” que viaja entre San José y la frontera con Nicaragua) siempre se detiene, sea a la ida o a la vuelta, para que el chofer coma y los pasajeros vayan al baño.
Los baños son, ehm, rústicos, están más o menos limpios y... mejor digamos que es un lugar al que yo no me metería a menos que me esté reventando de las ganas.
La comida a la vista me apetecía pero por otro lado, siempre tengo resquemor de comer en lugares que tienen ese aspecto. Digo, quien no tiene limpio un baño no veo por qué vaya a tener limpia su cocina.
Junio 12, 2007
Ojos Verdes
El hombre que va sentado junto a mí en el bus tiene los ojos verdes con algunas pringas amarillas. Me gustaría verlos con más detenimiento, nada más que para satisfacer mi curiosidad científica porque ojos así son muy raros, pero por supuesto no lo hago.
Es delgado, con los pómulos huesudos, bigote, barba a medio crecer. Lleva puesta una gorra azul, una camiseta rojo con azul, bastante desteñida, sin mangas y un blue jean. No soy muy buena calculando edades pero puede ser que tenga entre 30 y 35 años.
La primera vez que lo vi fue en la fila de espera en migración. Él estaba delante de mí. Luego lo vi en la fila para subir al bus. Él estaba detrás.
Cuando entramos al bus, él se sentó detrás de mí. El bus iba lleno casi a totalidad. Sólo el asiento junto al mío y otro iban vacíos. Pero subió una mujer con su niña y quería sentarse con su hija, así es que le pidió a Ojos Verdes si podía sentarse en uno de los vacíos. Claro, dijo Ojos Verdes. Y se sentó junto a mí.
Es nicaragüense, como casi todos los que siempre van en ese bus. El pasaporte lo llevaba en el bolsillo de atrás de su pantalón. Lo sacó en cada una de las tres revisiones que hicieron los policías ya en territorio tico.
En algún momento me pregunta cuánto tardaremos en llegar a San José. El viaje apenas comenzaba. Eran las 11 de la mañana, el bus había salido de Peñas Blancas a las 9 y media y si no había retrasos en la carretera, con suerte llegaríamos poco antes de las 4.
Junio 07, 2007
Contando barcos
En el capítulo 22 de su libro Estambul, ciudad y recuerdos, Orhan Pamuk cuenta cómo, cuando era un niño, tomó el hábito de contar los barcos que miraba pasar en el Bósforo. La descripción es tan vívida que podemos visualizar al niño, apoyado en algún balcón, viendo hacia el agua y contando barcos. Pocas páginas después de ese párrafo nos encontramos con una fotografía donde se ve a un muchacho apoyado en un balcón. Al fondo de la foto se ve, por supuesto, el Bósforo y un par de barcos.
Supongo que el muchacho de la foto es el joven Pamuk y que, con aquella paciencia infinita que tenemos los que contamos barcos, permanecerá en aquella posición hasta darse por satisfecho y haber examinado los barcos.
Pamuk cuenta que llegó a un punto en que comenzó a tomar nota en un cuaderno de todos los barcos que iban y venían. Y además, se dio cuenta que su manía no era original, que su hermano, amigos y conocidos también contaban los barcos del Bósforo.
Yo también conté barcos alguna vez. Eso fue en Saint-Nazaire. Viví 6 semanas en un apartamento ubicado en el décimo piso de un edificio en la desembocadura del Loira, cerca de Nantes, en Francia. El apartamento tenía un balcón con una panorámica excepcional: el río, las esclusas para la entrada de los barcos, el astillero (cuando yo estuve ahí, se construía el Queen Mary 2), el puente, la ciudad.
Yo también comencé a tomar nota sobre cada barco que entraba o salía. Anotaba el día, la hora, el nombre del barco y su puerto de origen (muchos llevaban anotado, en letras más pequeñas, debajo del nombre del barco, el nombre de la ciudad). Y luego anotaba cualquier detalle que me llamara la atención como cuántos remolcadores lo acomodaban en la esclusa, qué tipo de carga llevaba, el detalle de alguna bandera (que a veces hasta dibujaba), el color del barco. Los barcos entraban y salían a cualquier hora, y tal era mi manía que no importaba la hora, yo me levantaba cuando escuchaba el timbre que anunciaba el paso de un barco, tomaba mi cuaderno de apuntes, y me disponía a pasar entre media y una hora viendo el trajín correspondiente.
A veces también anotaba cosas que se me ocurrían, como con uno llamado Jonás, en que anoté: “Jonás es una inmensa ballena verde”. O con otro, llamado Ali Baba: “Como buen ladrón, Ali Baba entra de madrugada y sale de madrugada. Se desliza sobre el agua en silencio, sin agitarla. Pareciera que flota, que levita sobre el elemento, que resbala por una inmensa superficie estática”.
Pamuk escribe en el mismo capítulo: "Cuando me voy de Estambul, a veces pienso que mi deseo de volver lo antes posible a la ciudad se debe a que quiero seguir contando barcos".
Y coincido: qué bueno sería volver a cualquier lugar donde alguna vez contamos barcos.
(Foto: tomada desde el balcón, en Saint-Nazaire, al atardecer. Noviembre del 2000).
Marzo 26, 2007
Aquí murió Pami
Se llamaba José pero era conocido como Pami.
Apareció muerto la mañana del 21 de marzo del 2007, equinoccio de primavera, en la acera de enfrente del lugar donde vivo.
Unos vecinos lo habían visto al levantarse. La visión no era nueva. En nuestra cuadra es común encontrar a un que otro borracho tirado en la acera durmiendo la mona. Lo raro era que pasaban las horas y el hombre no se movía ni cambiaba de posición.
Poco después de las 8 de la mañana alguien llamó al 911 para que constataran si el tipo estaba vivo o muerto. Y no pasó nada. Nadie llegó.
Horas después, a las 11, el muchacho que trabaja en el gimnasio de artes marciales de al lado llamó de nuevo al 911. El hombre seguía ahí, en la misma posición y alguna vecina que se acercó a verlo aseguró que no respiraba.
A las 12 y media, cuando voy saliendo, va también en la acera el muchacho del gimnasio. Algo hablan con la vecina. Como noto algo extraño le pregunto a él si está pasando algo. No sabemos, me dice, y me hace una seña hacia el hombre tendido en la acera de enfrente. ¿Se murió? le pregunto. No sabemos, me contesta.
Justo entonces viene una ambulancia de paramédicos. La curiosidad me gana y me aproximo a ver qué pasa.
Uno a uno van saliendo los vecinos de algunas casas.
Enero 11, 2007
Incendio en la Amargura

Era algo así como las 3 y media de la tarde, ayer. Escribía un correo para un amigo. Había pensado temprano en ir al supermercado, pero lo que quería comprar no era realmente urgente y pensé mejor quedarme en casa. De pronto, la Boni entró en una actitud medio rara, sentándose cerca de mí y viendo hacia la puerta. No me sorprendió al principio pues siempre recciona así al ver gente. Aborrece a todos los seres humanos menos a mí (no la culpo). Y acá donde vivimos, bueno, hay una casa cuyos cuartos están alquilados a 4 personas diferentes, más el studio de al lado alquilado a un brasileño. Los studios están ubicados detrás de la casa y para entrar hay que cruzar la casa.
El caso es que la Boni sale de nuevo, se asoma por la puerta, mira y viene corriendo para adentro hecha un rayo y sube veloz las gradas que llevan al altillo donde duermo. La Loli, que no sé a qué hora salió porque hacía pocos minutos estaba dormida frente a mí, había salido a chequear el asunto (ella es la más curiosa del mundo) y sin pensarlo dos veces, pasó junto a mí, me miró con cara de “escondámonos debajo de la cama, mother” y subió al altillo también.
La actitud de ambas me pareció rarísima, pensé que era de pánico. Simultáneamente escucho un sonido raro. Pienso que está comenzando a llover, al mismo tiempo hace bastante viento, así es que pienso que algunas basuras están cayendo sobre el techo de zinc. Pero luego de pocos segundos pienso que es un sonido extraño, y mi memoria auditiva hace la conexión: algo se está quemando. Conozco ese sonido demasiado bien, de cuando vivía en Los Planes, de cuando vivía en Managua, de cuando trabajaba en Río San Juan o en la Costa Atlántica. Sé cuando algo se quema por ese sonido muy particular y salgo a verificar dónde o qué es lo que se quema pues no siento olor a quemado.
Diciembre 11, 2006
La vuelta'el perro
Tres hombres en una mesa toman cerveza Corona. En Peñas Blancas, la frontera entre Nicaragua y Costa Rica, la cerveza se sirve en vasos con hielo. El calor es tanto que hay que beber pronto, antes de que se entibie. Los comensales suelen pedir una segunda para suplir la prisa con la que se bebió la primera.
Contrario a lo que podría pensarse, en este restaurante, que ocupa la mayor parte del edificio donde están las oficinas migratorias, una minúscula sucursal bancaria y una fotocopiadora, se come bastante bien. Es el único lugar decente y limpio donde comer en varios kilómetros a la redonda de ambos lados de la frontera.
Es parte de mi rutina al llegar a Peñas Blancas: sellar mi pasaporte en migración y almorzar. En esta ocasión comí osobuco con arroz y vegetales al vapor y estaba delicioso. La carne suavecita, casi desbaratándose, la salsita con zanahorias en su punto y las verduras crujientes. Y no me dio pena tomar el hueso entre mis manos y chuparlo hasta dejarlo pelón. Riquísimo.
Diciembre 05, 2006
Crónica urbana
Nadie se dio cuenta del pájaro que yo llevaba en mi mano izquierda. Al gorrioncito lo había recogido minutos antes en la calle. Estaba por cruzar cuando lo vi, justo en la orilla del asfalto, peligrosamente cerca de donde podría golpearlo un carro. Al comienzo no me preocupé, pero cuando vi que pasó un automóvil y el pajarito apenas dio tres brincos y no voló, concluí que algo le pasaba, que quizás lo habían golpeado y no podía volar.
Me acerqué a recogerlo antes de que lo aplastaran. Batalló un poco pero luego se acomodó en mi mano, que apuñé para que no se escapara y para darle algo de calor. Caminé con él, le hablé, le pregunté qué le había pasado. Él me miraba con su ojito negro, parpadeaba. Debe haberme visto como miraba todo lo que le rodeaba, como un gigante extraño y de pelo largo que le hablaba en un idioma que no comprendía y que tenía la virtud de poder moverlo sin volar.
Llegué a la oficina a la que tenía que ir a hacer un par de gestiones. Pasé por la caseta de vigilancia, hablé con el vigilante, pero no vio el pajarito. Yo tampoco dije o hice nada por enseñárselo.
Pasé a recepción, pregunté por la persona que buscaba, me hicieron esperar en una salita. Pensé en meterme el pajarito en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta, pues tenía ziper y pensé que ahí estaría mejor y más protegido que en mi mano, pero pensé que podría aplastarlo. Era tan pequeño. Pero cuando intenté meterlo, el hizo intento por volar y pensé que estaba mejor y que al salir de ahí lo soltaría y lo miraría volar.
Noviembre 09, 2006
El día después: elecciones en Nicaragua (y 2)
A las 6 de la tarde, un desfile de carros con banderas rojinegras, pitando sus bocinas y gente reventando cohetes (aunque la pólvora fue prohibida por la policía), interrumpe mis recuerdos. Celebran la potencial victoria sandinista. Aunque no hay un conteo definitivo, aunque se espera que los resultados finales se den hasta el día miércoles, los sandinistas comenzaron a celebrar la madrugada misma del lunes, cuando después de la medianoche se dio a conocer el primer resultado del conteo, con apenas el 7% de las urnas contabilizadas. Y no han parado de festejar desde entonces.
Los canales de televisión no paran de informar, analizar y entrevistar sobre el tema. Sergio Ramírez, al ser entrevistado por el canal 8 en la tarde, dijo que le parecía un poco apurada la celebración. Pero que si el FSLN ganaba las elecciones, que también había que ser comedidos en el sentido de no sacar conclusiones apresuradas.
-Estamos en una situación enteramente diferente de cuando el sandinismo estuvo en el poder. Ya no existe la Unión Soviética, no estamos en guerra, y por lo tanto no hay que esperar que Daniel Ortega comience a expropiar a medio mundo y a mandar a los muchachos a la guerra.
Ramírez dijo que él no había votado por el Frente pero que, como en toda contienda electoral, unos ganan y otros pierden y que hay que esperar a ver qué hace el nuevo gobierno.
Noviembre 08, 2006
El día después: elecciones en Nicaragua (1)
Es mediodía cuando comienzo a caminar el trecho que divide a Costa Rica de Nicaragua, en Peñas Blancas.
Ya sellé mi pasaporte, ya almorcé. Cuando salgo del edificio, los cambistas me ofrecen todo tipo de moneda centroamericana agitando gruesos rollos de billetes como si fueran abanicos de colores. Me ofrecen taxis, carretas para llevar maletas, boletas de migración. Escucho a un hombre que le dice a una mujer que cuando quiera la puede pasar por la frontera, por caminos. Lo dice sin disimulo, enfrente de quien pueda escuchar.
Todavía del lado costarricense, veo una larga fila de furgones que están parqueados del lado derecho, ocupando por completo uno de los dos carriles de tránsito. Como peatón, no me queda más que caminar sobre el asfalto del carril desocupado, cargando mi maletín y mi cartera. No hay acera ni lugar protegido para los que vamos a pie.
De pronto, a todo volumen, escucho el Himno Nacional de Nicaragua. El detalle no me llama la atención hasta tomar conciencia de que todavía estoy en Costa Rica. Pero estamos en frontera, donde la línea divisoria es tan borrosa que igual se cobra o se paga en colones o córdobas, se escucha la radio o se miran los canales de televisión del país vecino. Es tierra de nadie, es tierra de todos.
Agosto 09, 2006
La muertita
No dice su nombre. Aparece de la nada y se para en media calle, justo enfrente de la fila de los que esperamos el bus. Somos alrededor de 25 o 30 personas. Yo estoy casi a la mitad de la fila y se para, precisamente, enfrente de mí.
Al principio me confunde un poco su aspecto. Hago una rápida deducción de que es mujer porque lleva puesta una falda corta y varios aretes en ambas orejas. Pero su rostro es extraño. En todo caso, es un ser curtido por la vida, uno más de los indigentes que pululan por la zona del Hotel Cocorí.
Comienza su discurso. Se nos presenta como un trasvesti, un homosexual, "o para que me entiendan mejor, soy un 'cochón', como dicen en Nicaragua". Los de la fila reímos. Hay muchos nicas en esa fila. Pero la risa se nos corta de repente cuando nos dice "y tengo Sida".
Dice que vive en la calle desde hace varios años. Que antes se prostituía, pero que desde que supo que tiene Sida ya no lo hace para evitar que otra gente se contagie. Y que por eso se ha visto obligada a pedir dinero a buenas gentes como nosotros que podamos ayudarle.
Julio 04, 2006
Siete segundos antes de entrar al Arca de Noé...
... y justamente cuando estoy a punto de salir a la calle, comienza a llover, así es que tomo el paraguas, me pongo zapatos cerrados y salgo porque ni modo, debo entregar un trabajo a las 3 de la tarde, camino hasta la parada del bus, me subo tratando de no pringar a nadie con mi paraguas mojado y cuando llego a mi destino, la lluvia está peor. Camino por la acera, entro al lugar, pregunto por el señor fulano, está en reunión me dicen, pero espérelo y me siento a esperar mientras pienso en la inmortalidad del cangrejo (he pensado tanto en ello que ya concluí que los cangrejos son inmortales), mientras por una ventana puedo ver que la lluvia se pone todavía peor y peOR y PEOR, entonces no tengo prisa y puedo esperar y me ofrecen un café y lo acepto, juego memoria en mi celular, estoy lamentando no haber llevado el libro de Haruki Murakami que estoy leyendo pero es que nunca me han hecho esperar en aquella oficina, a la media hora pienso en todo lo que todavía tengo qué hacer y le entrego el trabajo a la secretaria y salgo a la calle y la lluvia está MUCHO PEOR y arrecia, no tiene intención de parar ni de disminuir, espero cruzar la calle para tomar un taxi, tengo que devolver las películas alquiladas del fin de semana hoy y luego pasará la veterinaria por casa para darle el antiparásito a las nenas.
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Historia de una caja
La caja que alguien abrió.
El microondas nuevo marca Patito que alguien sacó.
El júbilo general en casa.
La caja que alguien sacó a la calle, para que se la llevara el tren de aseo.
El tipo que pasó por ahí.
La caja que él vio.
La caja que él tomó.
La caja que él cargó durante algunas horas por algunas calles.
La caja que él escondió.
La caja que él volvió a buscar.
La caja que tuvo que disputarse con otro que encontró la misma caja.
Los insultos que se dijeron.
La caja que es cargada de nuevo por el mismo sujeto que la encontró tirada en la calle.
La acera donde él decide detenerse.
La caja que comienza a desmontar por todos los bordes para aplanarla.
La caja que él extiende sobre la acera.
Los zapatos sucios que se quita.
La caja sobre la que él se acuesta.
Los zapatos que él pone debajo de la caja aplanada para utilizarlos como almohada.
La ropa con la que se cubre completamente la cabeza.
La noche. La madrugada. El frío.
La mujer que lo mira a la mañana siguiente.
Los calcetines agujereados. Los talones sucios.
La caja que, al mediodía, sigue ahí, extendida sobre la acera, sin su dueño.
La caja que albergaba un microondas marca Patito.
Mayo 03, 2006
Visiones
Camino. Frente a la peluquería hay un mechón de pelo, sobre la acera.
Me dan ganas de entrar y decirle al peluquero "mire, un mechón de pelo está en la acera".
Imaginé/vi al mechón de pelo salir corriendo a la calle tras su dueño.
El pobre mechoncito de pelo que con su cortitas piernas no pudo alcanzar a tiempo a su dueño, a su cabeza, al resto de los pelos compañeros y gritarle a su dueño... ¿cómo es la voz de un pelo que le grita a su cabeza?
* * *
Lo único limpio que tiene aquel hombre es el cigarro que acaba de sacar de su curtida chaqueta, que mete en su curtida boca de podridos dientes, de barba tostada y averiada, de rostro sucio, cara sucia, ojos sucios, manos sucias, todo sucio él, curtido por la vida, el tiempo, la soledad, la pobreza, la rabia, y su mano que saca un fósforo de esa misma curtida chaqueta y enciende el cigarro tan blanco como la nieve.
Abril 14, 2006
la melancolía de las ciudades abandonadas
la melancolía de las ciudades abandonadas.
calles vacías, sin tráfico. silencio.
pájaros cantan. como si nunca los hubiera escuchado cantar. sospecho que cantan porque los humanos se han ido. sospecho que los escucho porque por fin hay silencio.
sol por las mañanas, nubes por la tarde, goterones sorpresivos.
más silencio.
camino por las calles solitarias. el viento sopla. levanta mi blusa.
recuerdo árboles con los que he hablado en otro país, en otro tiempo.
semáforos apagados.
días ya idos.
los bares cerrados. ley seca, prohibido beber.
que el tiempo fuera así siempre. que todos se fueran para siempre y me dejaran a solas con esta ciudad.
camino sobre los rieles del tren. es como ser vaquero al mediodía. es como tener la vida por delante. es como estar sola en todo el universo. es como estar en la película correcta.
Abril 07, 2006
Mis queridos juguetes de infancia
Un cubo de plástico transparente que en su interior albergaba un laberinto, también de plástico transparente; en una de las caras del cubo había un agujero donde metías una canica y el asunto era sacar la canica por otro agujero en la cara contraria, atravesando el interior del cubo.
Un juego de carritos de plástico que en realidad había salido de las cajas de Corn Flakes de Kellog's, que en casa se consumían con devoción y adicción. Los carritos eran amarillos, verdes, azules, rojos, de diferentes marcas, modelos y años. Recuerdo que los amarillos eran carros de los años 20 y eran mis favoritos, y los azules eran Chevrolets, Datsuns y Toyotas y creo que había un Mustang rojo. Jugaba con ellos sobre la alfombra del centro de la sala que tenía un diseño muy conveniente en el borde como para imaginar una calle de dos carriles, esquinas, vueltas, jardines, vecindarios. O también sobre la tela del banco del piano que tenía un diseño de curvas y vueltas, apto para jugar a los carritos. Los carritos los guardaba en una caja de metal de mazapanes Niederegger, los mejores de Alemania y del planeta y del cosmos entero.
Mi triciclo rojo de metal que tenía unas manivelas forradas de plástico rojo con unas tiras del mismo color que colgaban y que se movían cuando yo tricicleaba en el pasillo del frente de la casa de Los Planes.
Marzo 15, 2006
El bolso de arena
La primera vez que la veo es en el paso migratorio de Nicaragua en Peñas Blancas. Es baja, tiene el pelo largo, rizado y blanco, agarrado en una media cola. El viento la despeina mucho. Lleva puesto un short de mezclilla, tenis y calcetines sucios que no sabría decir si son blancos, una camiseta muy grande, floja, y que tiene el mismo color sucio de los zapatos y calcetines.
Abre su cartera y busca el impuesto de salida. Abre un compartimento interior, abre otro, busca, dice “no sé dónde lo puse”. Busca, busca, encuentra algunos billetes, dólares, córdobas, colones ticos, cuenta los córdobas que toma en su puño para que el viento no se los lleve, pone los billetes verdes frente al de migración, son billetes de a 10 pero el tipo algo le dice y ella vuelve a tomarlos y meterlos en su cartera, busca algo más.
Desde mi fila la observo. En la mano tiene un pasaporte de los USA y un pasaporte costarricense que debe ser del hombre de unos 30 años que está cerca de ella, de camiseta negra y pantalón caqui que no dice nada y deja hacer a la mujer cuyo rostro no veo por completo.
Por fin es mi turno en la fila de al lado, mientras la fila donde está la mujer se hace larga y más larga y no avanza porque ella busca algo que no encuentra en su cartera sin fondo.
Marzo 10, 2006
El viento
El viento es fuerte. El viento ruge.
Despeina árboles, palmeras, hombres y mujeres.
Levanta hojas del suelo. Granos de arena rebotan contra la piel, hieren, pinchan.
Veo un pájaro negro. Un pájaro que gira para ver, consternado, su propia cola cuyas plumas negras son levantadas por el viento. Salta un poco el pájaro, empujado por el viento.
Madre odiaba el viento. Se paraba frente al ventanal del comedor. Todas las puertas y ventanas de la casa cerradas y decía sólo eso: “odio el viento. Me da dolor de cabeza”. Tomaba un par de analgésicos y se encerraba en su cuarto y no miraba a madre por horas. Yo me paraba entonces frente al ventanal del comedor y me preguntaba por qué o cómo alguien podría odiar algo que no tiene forma.
El viento en mi casa del Crucero. De día y de noche. Zumbando, aullando. Despeinándome hasta la exasperación. Quemando las plantas con su frío y con los azufres que salían del Volcán Santiago, desde Masaya. El viento empujaba aquellos gases y oxidaba los techos del Crucero. Me parecía que también podría oxidar a sus habitantes, por dentro y por fuera.
Ocurría de vez en cuando en aquel pueblo que gente moría electrocutada porque el viento era tan fuerte que caían los alambres de los postes de alta tensión sobre alguien que tuviera el infortunio de andar por la calle en ese momento. Cuando te toca, te toca. Nowhere to run, nowhere to hide.
Recuerdo haber caminado siempre con ese temor, de morir electrocutada por un alambre caído por el viento. Recuerdo también el sonido del viento y un toro suelto lanzando cornadas por el aire y yo, para salir del camino del toro, saltar a un jardín lleno de rosales florecidos. Y espinarme.
Por las noches, el viento aullaba como en las películas de terror. Ese viento existe.
La descripción de los vientos en El Paciente Inglés de Michael Ondaatje.
Los nombres de los vientos. Los imaginarios y los reales.
Estar en el norte de Italia, sentir calor, y viento. Y alguien decirte que esos vientos llevan hasta Europa las arenas de los desiertos africanos.
La canción Idiot Wind de Bob Dylan:
Idiot wind, blowing through the flowers on your tomb,
Blowing through the curtains in your room.
Idiot wind, blowing every time you move your teeth,
You're an idiot, babe.
It's a wonder that you still know how to breathe.
(Viento idiota, soplando a través de las flores de tu tumba,
soplando a través de las cortinas de tu cuarto.
Viento idiota, soplando cada vez que mueves tus dientes,
eres una idiota, baby.Es un milagro que aún sepas cómo respirar).
No se puede estar afuera. Y adentro escuchas el viento, como un animal volador que está cruzando el cielo, el aire. Y tienes miedo de algo que no ves, que sólo escuchas. Y que ruge, zumba, aúlla, silba, destruye, quema, enfría, arrastra, empuja, atemoriza, hace volar.
