Diciembre 21, 2009
Poco a poco...
A veces temo que no me va a alcanzar la vida para terminar de leer todos los libros que componen mi biblioteca ni otros tantos que, seguramente, todavía vendrán a incorporarse a este océano de letras en el que vivo nadando.
Pero verlos, tenerlos, representa la esperanza de eso, de leer y de vivir.
Intento organizar los libros y parece una tarea interminable. Un librero ya está lleno y aunque el librero más grande falta por llenarse, a ojo de buen cubero, sé que necesito otro librero más.
Ha sido un regocijo reunir los libros. Verlos. También ha sido distracción: voy ordenando los libros y me detengo a releer subrayados, poemas, páginas o pasajes que me gustaron, que me siguen gustando.
Tuve que organizar una sección de “hospital de libros”. Libros que se han estropeado por el paso del tiempo y un par de traslados involuntarios mientras yo no estuve. Libros que perdieron tapas o que se partieron o se deshojaron. Deberán pasar cirugías reconstructivas.
El paciente más grave de ese hospital es Tres Tristes Tigres de Cabrera Infante. La edición, en verdad, fue defectuosa desde el comienzo. Siempre se le zafaban páginas. Ya sufrió un par de cirugías plásticas y remiendos. Pero ahora está hecha una sopa de páginas sueltas y leerlo sería incómodo. Ni siquiera sé todavía si todas las páginas están ahí. De repente encontraba una página de un libro en medio de otros. Leía y lo identificaba de inmediato e iba juntando las páginas sueltas en un montoncito... Hay que conseguir una nueva edición.
Hay un libro francamente perdido: el primer volumen de mi Diccionario de mitología clásica fue comido por el comején. Podría enojarme o ponerme a llorar ante la pérdida, si no fuera por el fascinante diseño interior que dejaron los animalitos en su comilona. Surcos y diseños, como si se tratara de papel picado. De alguna manera lo es.
Otro libro que apareció comido fue Q, la novela escrita por el colectivo italiano que se amparó bajo el seudónimo de Luther Blisset. Ambos libros fueron comidos por comejenes ticos. En el mueble donde estaban puestos había comején. Yo las escuchaba comer de noche, pero pensé que se comían la madera del mueble, no mis libros. Ese lo dejé en CR. Q puedo bajarlo gratis de internet. Del Diccionario picado apenas me di cuenta ayer y reponerlo creo que es imposible. Y es un diccionario que uso con mucha frecuencia. Habrá también que buscar otro.
Muchas ganas de leer y releer. Y contenta al ver el primer librero, ya ordenado.
Noviembre 04, 2008
Fotografías
Es un hombre devastado por la vida, grietas y surcos en su rostro (algunos las llaman arrugas), hombre de piedra por fuera, corazón de marshmellow por dentro, asfixiado por la pena, la amargura, el dolor, se tornará amarillo con los años y no podrá beber agua porque su organismo colapsará el día que no vuelva a probar una gota de alcohol.
Es un hombre con cara de niño en un cuerpo grandote, quiere hacerse el malo y no puede, la bondad le atraviesa el iris como una lanza en el costado de un venado perseguido en el bosque por un rufián, cazador y presa en un mismo cuerpo pulido de azabache, en una mano el arma, en la otra juguetes infantiles.
Es un hombre despeinado con la mirada impoluta de quien todavía no ha besado a una bruja despiadada y malévola, un hombre inocente que todavía no ha sido engañado, manipulado, chantajeado, mentido, abusado, sometido, un hombre que todavía no ha amado a esa mujer equivocada con la que todos los hombres se topan alguna vez en la vida y que los convierte en esos pequeños monstruos con los que nosotras, las que llegamos demasiado tarde al lugar de los hechos, nos toparemos después para ser desangradas, encarnación de una venganza mal dirigida mezclada con auténtico deseo de amar y ser felices pero que, oh insidiosa gota de amargura, hiel, espanto, ya no podrá ser, por lo menos no contigo, verdadera y querida amada mía, por supuesto, jamás conmigo.
Es un lavamanos blanco encima del cual hay un frasco pequeño con perfume de almizcle y un espejo manchado en el cual a duras penas puedo verme, la ventana con marco de madera, el muro, las gradas, un jardín, un radio y una canción, vivir el momento presente sin saber ni intuir que un instante en el que no pasa nada se está convirtiendo en un recuerdo, en algo que mañana seguirá siendo un momento en el que no pasó nada, pero imborrable en la memoria, váyase a saber por qué.
“But all I've got is a photograph
And I realize you're not comin' back anymore”.
Abril 23, 2008
Someone's knocking at the door
Tocan a la puerta. Me asomo por el ojo de pescado para ver quién es. Veo algo flotando. De principio no sé si es un pájaro pero veo alas. Me retiro del visor para pensar. Luego vuelvo a asomarme. Es un ángel. Pequeño. Agita las alas blancas muy rápido. Tiene un arco entre las manos aunque no veo las flechas.
Abro la puerta. El ángel se transforma rápidamente en un mendigo andrajoso de pelo negro muy largo. Cierro y vuelvo a ver por el ojo de pescado. Veo de nuevo al ángel que flota en el espacio. Tiene el tamaño de un cerdito recién nacido.
Abro la puerta de nuevo. Alcanzo a ver las alas antes de que se transformen en el mendigo andrajoso de largos cabellos negros. Me río. Le digo al hombre “¡Te ví! ¡Pude ver la punta de tus alas antes de que te transformaras!”.
El ángel vuelto mendigo ríe. Yo también.
Abril 21, 2008
Insomnia
Duermo mal. Me despierto a eso de las 3 de la mañana y no puedo volver a dormir. Doy vueltas en mi cama de prisionero. No miro el reloj. Miro la ventana. El cambio de luz. Oigo roncar a la gata. No cuento ovejas. Repito palabras secretas. Entro en sopor pero sigo conciente. De pronto pienso en alguien. En algo. En pendientes. En lo que haré mañana aunque en realidad ya sea hoy. Horarios, presupuesto, lugares. Imagino.
Miro la ventana de nuevo. La luz ha cambiado. Está más claro. No miro el reloj. Recuerdo todos mis insomnios que son demasiados. Los de niña. El terror que me daba la oscuridad. La nostalgia inexplicable de algún vehículo pasando por la carretera a una hora que me parecía superlativamente tarde. La sombra de luz que los faroles encendidos irradiaban hacia mi cuarto. Y luego la oscuridad. Y el silencio. Y los grillos.
No puedo dormir, pero tengo sueño. No puedo leer. Quiero dormir. No puedo escribir. Quiero dormir. No quiero pensar en nada. Quiero dormir.
Cierro los ojos. Los aprieto. Como si con ello viniera el sueño. Repito palabras mágicas. No cuento ovejas. Oigo a la gata roncar. Oigo al vecino roncar. No miro el reloj. No hace falta. Ya lo sé: es la hora en que los pájaros comienzan a cantar, con el presentimiento del sol en sus plumas.
No alcanzaré a ver la mañana. Sin darme cuenta duermo. Y despertaré sobresaltada al darme cuenta de lo tarde que es.
