Mayo 03, 2010
La piedra de los sueños
Mientras iba en el asiento de atrás del diminuto carro del Consulado de El Salvador en el puerto mexicano de Veracruz, mientras miraba las calles desconocidas para mí hasta aquella noche, me pregunté cuántos salvadoreños estarían residiendo en aquel lugar como para que el gobierno mantuviera ahí un consulado.
“En realidad son pocos” me dijo Claudia Zaldaña de Sifontes, Cónsul de El Salvador en Veracruz, quien había llegado a traerme al aeropuerto. “Lo que hacemos sobre todo es apoyar a los compatriotas migrantes que pasan por aquí”.
Como resultado de un cambio de rutas en el flujo de migrantes centroamericanos hacia el norte, Veracruz se ha convertido en los últimos años en un paso obligado para quienes quieren llegar a los Estados Unidos. Abordando diferentes trenes desde Chiapas a Tabasco, de Tabasco a Veracruz y de allí al D.F. para luego enrumbar hacia Ciudad Juárez u otros puntos de la frontera norte, miles de centroamericanos se lanzan en la búsqueda del así llamado “sueño americano”, aunque lo que tengan que pasar para lograrlo sea una auténtica pesadilla. Y buena parte de esa pesadilla la viven en México.
Desde abusos de parte de las autoridades, extorsiones, secuestros, trabajos forzados, robos y violaciones hasta mutilaciones o la misma muerte cuando caen del tren, los peligros a los que se encuentran expuestos los migrantes en su paso por México son frecuentes y variados.
Buena parte del trabajo consular consiste en velar por los compatriotas que son “asegurados” por las autoridades mexicanas y que entran en proceso de deportación, así como darle seguimiento a los casos de salvadoreños mutilados o repatriar los cuerpos de los que mueren al caer del tren.
