Febrero 22, 2010
Pacto nacional contra la violencia
Resulta desalentador tomar conciencia de que la violencia en El Salvador, lejos de dar signos de mejoría, empeora. Ya no basta con asaltar a los pasajeros en un bus: al que medio mueva una mano o respingue se le mata sin piedad alguna. No basta con matar a alguien, hay que mutilarlo, hacerlo pedacitos. Los buses y los microbuses se queman para escarmiento de los que no pagan la extorsión cotidiana y también para intimidar a los pasajeros recién asaltados. Se lanzan granadas a lugares llenos de gente, causando muertos y heridos a diestra y siniestra. Ahora lo más nuevo: se realizan ejecuciones grupales.
Para los que nos toca andar a pie por esta ciudad (y que somos la inmensa mayoría), es inevitable sentirse extremadamente vulnerable cada vez que se sale a la calle. La realidad no puede olvidarse ni un segundo porque hay que caminar alertas, con todas las alarmas encendidas y apretando la imagen de tu santo favorito en el puño, para que ojalá te haga el milagro de ir y volver con bien. Es agotador, cansado y estresante. Créanme que lo es.
A mí me gustaría caminar por la calle y no tener que desconfiar de todas y cada una de las personas con las que me cruzo, incluso de los niños y ancianos. Cuando camino y veo a alguien, no importa su aspecto ni edad, me pregunto siempre si esa persona es un asaltante. Y me da rabia y tristeza tener que desconfiar de todos de esta manera, ¿pero qué se hace cuando se vive en el país más violento del continente?
