Febrero 08, 2010
La memoria como ética
A finales de enero pasado, se conmemoró el 65 aniversario de la liberación de los campos de concentración de Auschwitz y Birkenau, los conocidos “campos de la muerte”, cuya sola mención sigue causándonos escalofríos. Poco más de un millón de seres humanos fueron asesinados solamente en el primero de dichos campos, aunque según informes posteriores de la KGB rusa, la cifra pudo haber sido hasta de 4 millones.
Estos números se dicen y escriben muy fácil, pero les recuerdo: detrás de cada una de esas cifras había seres humanos. Judíos, homosexuales, gitanos, comunistas, anarquistas, Testigos de Jehová, enfermos mentales, lisiados y todo aquel que el régimen nazi considerara debería ser exterminado por amenazar la pureza de la raza aria, fue eliminado sin piedad alguna.
Cuando ocurren tragedias así, es difícil que se conozca la historia verdadera. Difícil que se tengan estadísticas certeras. La realidad se va tejiendo puntada a puntada, escena a escena, con los testimonios de quienes pudieron sobrevivir, pero sobre todo, de quienes tuvieron la valentía de hablar.
El ser humano suele bloquear los recuerdos dolorosos. Los distorsiona, los confunde y en muchos casos, hasta los olvida por completo. Esto no es síntoma de enfermedad mental, sino un mecanismo natural de defensa que le permite a la persona continuar con su vida. Muchos de los sobrevivientes de los campos de concentración optaron por el silencio, evitando contarle a sus hijos o demás parientes y amigos, lo que habían experimentado.
