Diciembre 30, 2009
La navidad del yonki (William Burroughs)
Este es mi regalito de fin de año para los lectores de este blog. Me topé con este animado basado en uno de los cuentos de Interzone de William Burroughs. Se llama The Junky's Christmas (La navidad del yonki), producido por Francis Ford Coppola y narrado por el propio Burroughs. Al final se pone algo cursilón para mi gusto pero... what the heck! It's Christmas!, jajaja.
Los subtítulos en español están algo extraños, como que no van al ritmo de lo leído, pero se deja entender finalmente. Y si lo que quiere es el texto del cuento, puede leerlo aquí (en su original, en inglés), junto a otros cuentos de Burroughs. Si alguien encuentra este texto en español, por favor comparta el enlace.
De paso, gracias por seguir visitando este espacio y les deseo que el nuevo año sea mejor que el que se nos acaba. Mucho mejor.
Diciembre 29, 2009
Libros que nos persiguen: Diarios de John Cheever
Hay libros que lo persiguen a uno. "Books that haunt you" me parece mejor expresión. Libros que se le aparecen a uno en todas partes y que uno se queda pensando en ellos y entonces surge la imperiosa necesidad de comprarlos, tenerlos, leerlos.
Me ha pasado varias veces, por ejemplo, que he visto un libro que me gusta, pero que no lo compro porque lo siento muy caro o porque no ando el dinero o, lo peor, me entra el moralismo de “¿y para qué quiero otro libro si ya tengo un montón sin leer?” (I need another book like I need a hole in my head!). Pero uno se queda pensando en ese libro días y días y se decide por fin a comprarlo, vuelve al lugar y puf, el libro ya no está. Y después uno se pasa reclamando a sí mismo “lo hubiera comprado...”.
En el transcurso de un año se me ha plantado enfrente los Diarios de John Cheever ya 3 veces. La primera vez no lo compré porque me pareció caro, pese a que estaba en la mesa de rebajas en Sanborn’s. Pero me quedé piense y piense en el libro. Volví una segunda vez a buscarlo, pero resistí a la tentación de comprarlo. Sin embargo, seguí piense y piense en el mismo y cuando ya fui por él, decidida a comprarlo, no estaba.
La segunda vez se me apareció en Sophos de Guatemala. También caro. Y uff, yo rondándolo y rondándolo y recordando lo que me pasó la vez anterior. Pero como supuestamente iba a volver pronto a Guate ya no lo compré. Después resultó que no volví a Guate y me quedé antojada de ése y varios libros más que no compré.
La mañana del 24 tuve que ir a primera hora al banco a hacer varias gestiones. Como “premio” por la mañaneada, decidí invitarme a desayunar a la panadería San Martín. Pero estaba llena hasta el tope. Así es que pensé que quizás en Sanborn’s podría desayunar. Se podía y además había un muy buen buffet. Y ya que estaba, pues... nada me costaba ver libros.
¿Y a quién creen que me encontré? El mismo libro de John Cheever. El precio lo habían rebajado, pero seguía siendo “cariñosón”. Pero recordando las experiencias anteriores, con un cheque recién depositado, con la auto-complacencia que nos da para las navidades y pensando sobre todo que si no me lo regalaba yo, no me lo iba a regalar nadie, lo compré por fin.
Y eso fue lo que me pasé haciendo la Nochebuena y el día de Navidad (y sigo en eso), leyendo los diarios de Cheever. Con una copa de vino tinto, unos cuadritos de chocolate amargo y mi mano acariciando los suaves lomos de la linda Loli que roncaba cerca.
Leyéndolo, por supuesto, me sentí además complacida de la compra. Los géneros personales como diarios y correspondencias me gustan mucho. Me encantó la introducción hecha por Benjamin Cheever, uno de sus hijos, en los que explica que su padre tenía un profundo interés en publicar los diarios, que en realidad, no son propiamente tales. Hay bosquejos para cuentos, ideas para otros textos, pero también algunas notas sobre su vida personal, sus hijos, su esposa, su bisexualidad, su alcoholismo pero, sobre todo, su profunda sensación de soledad.
Lo que me impresionó (y gustó) de esta introducción, fue que Benjamin confiesa lo duro que fue para él y el resto de su familia, leer algunas partes de estos diarios. Pero que a pesar de ello, no quisieron manipular el material ni editarlo como para dejar bien parado a nadie. El texto escrito por Cheever es lo que es y su familia lo respetó tal cual. Suerte de él de contar con una familia tan tolerante y comprensiva con lo que es el escribir.
Porque escribir, me parece, tiene que ser con toda autenticidad, con toda franqueza, sinceridad y lealtad hacia lo que uno cree. Pese a que el oficio literario es, en gran medida, saber contar una historia inventada, saber mentir, hacerle creer al lector o por lo menos, hacerle tener la sensación, de que lo que lee es cierto o probable o verídico, el escritor tiene que ser fiel a su visión de mundo y sobre todo a lo que desea decir y transmitir, sea en la ficción o la no ficción.
En este caso, los lectores nos hemos visto favorecidos por el respeto de la familia Cheever de dejar los textos tal cual. Que en otros casos, como el de Alejandra Pizarnik por ejemplo, nos han obligado a los lectores a leer textos mutilados y manipulados en favor de no revelar “los sucios secretos” familiares o personales del autor en cuestión.
Seguiré reportando luego sobre la lectura de estos diarios.
Diciembre 28, 2009
Guadalupana
Los primeros en llegar son los hombres de los caballitos. Estos son negros y blancos y tienen delicadas flores de colores pintadas en los costados. Después de montar la rueda, los hombres les dan un retoque de pintura para que se vean mejor.
Los siguientes en llegar son los vendedores de comida. Los más avispados se ponen a vender de inmediato. De noche pueden verse las luces de algunos cuantos negocios funcionando y vendiendo churros “especiales”, anchos y desfigurados. Otros venden tajadas fritas de yuca y plátano, en un exaltado homenaje al aceite.
Poco a poco la calle del Instituto de las Hermanas Somascas y la acera frente a la Basílica de Guadalupe van llenándose de improvisadas champas donde se ofrece absolutamente de todo.
En las mañanas el despertar es lento. Los comerciantes viven y duermen en sus champas, junto a su mercancía. Cuelgan cortinas alrededor de la venta para cubrir el local y duermen acomodados en colchonetas sobre la acera o el asfalto. No me pregunten dónde hacen sus necesidades ni cómo se bañan ni de dónde sacan el agua que ocuparán para hacer el fresco que venden en las pupuserías o para hervir inmensas ollas de elotes.
Cuando paso alrededor de las 9 de la mañana para ir al ciber café, muchos de ellos apenas se levantan. Algunos desayunan. Los menos ya están en pie, con la venta ofrecida al cliente, como si nunca durmieran.
Diciembre 22, 2009
La historia del camello que llora
La historia del camello que llora retrata a una familia en el sur de Mongolia, en el desierto de Gobi, que se dedica a la crianza de ovejas y camellos. Es la primavera y las camellas y ovejas están en época de parto. La última camella tiene dificultades para parir. Pasa dos días en labor de parto y la familia tiene que ayudarla. El recién nacido camellito es blanco, pero la madre rechaza al crío.
La familia teme que el camellito muera. ¿Qué se puede hacer? Intentan varias cosas pero nada funciona, así es que el último recurso es un ritual en que es necesario traer a un violinista de una aldea cercana, que le tocará una canción a la camella. Se supone que, si el ritual funciona, la camella llorará y terminará aceptando al crío.
Sería comprensible que esta película, de producción alemana, no fuera del gusto general. Es extremadamente sencilla, y a ratos parecería ser un documental al que le falta información y explicaciones. A eso tiene que agregarse que no todo lo que se habla en mongol es subtitulado, así es que de pronto uno se queda “aleluya”, imaginando de qué pueden ir los diálogos.
Me parece valioso de esta película el retrato de la vida cotidiana de una familia en condiciones que quizás, para los consumados consumistas occidentales que somos, nos parecerían insufribles. Una vida en el desierto, en una tienda, sin electricidad y sin cientos de las supuestas comodidades que tenemos, que al final no son más que necesidades impuestas por empresas empeñadas en vendernos chucherías.
Los 2 hijos pequeños de la familia son los encargados de ir a la aldea a buscar al violinista y con ello, se nota la diferencia entre vivir aislados en el desierto y el relativo progreso en la aldea. Ahí venden las baterías para el radio que el abuelo les encarga a los muchachos. Ahí hay televisores que pueden verse con antenas parabólicas. Ahí la gente se viste con ropas occidentales y andan en motos y quedan viendo a los muchachos que llegan en camello y en sus trajes tradicionales... Cuando el niño menor regresa y habla del televisor y le pide a su padre uno, el abuelo reacciona de inmediato diciendo que no lo necesitan, que ésas son “cosas del demonio”.
Otro de los sub-temas que destacan en esta película es la relación de respeto que se tiene con los animales. En condiciones extremas como las de esta familia, cada animal representa parte del ingreso económico y de la sobrevivencia del grupo. El pelo sirve para lana, la leche es bebida (y sacrificada, como hace la abuela que, cada mañana, lanza a los 4 vientos un trago de leche para los espíritus), el animal en sí sirve como medio de transporte y carga.
La escena del ritual en particular es conmovedora. La joven madre de la familia le canta (con una voz verdaderamente preciosa), a la camella, mientras el violinista toca su instrumento (que en realidad no parece violín y sólo tiene 2 cuerdas).
En fin, una historia absolutamente diferente, a un ritmo lento pero que nos remite a lo básico de la vida y que me dejó pensando en cómo lo elemental de la cotidianidad, cómo el despojarnos de “todos los adornos” y extras innecesarios de los que nos rodeamos, nos puede reconectar con los animales, la naturaleza, los demás seres humanos pero sobre todo, con nosotros mismos.
Diciembre 21, 2009
Poco a poco...
A veces temo que no me va a alcanzar la vida para terminar de leer todos los libros que componen mi biblioteca ni otros tantos que, seguramente, todavía vendrán a incorporarse a este océano de letras en el que vivo nadando.
Pero verlos, tenerlos, representa la esperanza de eso, de leer y de vivir.
Intento organizar los libros y parece una tarea interminable. Un librero ya está lleno y aunque el librero más grande falta por llenarse, a ojo de buen cubero, sé que necesito otro librero más.
Ha sido un regocijo reunir los libros. Verlos. También ha sido distracción: voy ordenando los libros y me detengo a releer subrayados, poemas, páginas o pasajes que me gustaron, que me siguen gustando.
Tuve que organizar una sección de “hospital de libros”. Libros que se han estropeado por el paso del tiempo y un par de traslados involuntarios mientras yo no estuve. Libros que perdieron tapas o que se partieron o se deshojaron. Deberán pasar cirugías reconstructivas.
El paciente más grave de ese hospital es Tres Tristes Tigres de Cabrera Infante. La edición, en verdad, fue defectuosa desde el comienzo. Siempre se le zafaban páginas. Ya sufrió un par de cirugías plásticas y remiendos. Pero ahora está hecha una sopa de páginas sueltas y leerlo sería incómodo. Ni siquiera sé todavía si todas las páginas están ahí. De repente encontraba una página de un libro en medio de otros. Leía y lo identificaba de inmediato e iba juntando las páginas sueltas en un montoncito... Hay que conseguir una nueva edición.
Hay un libro francamente perdido: el primer volumen de mi Diccionario de mitología clásica fue comido por el comején. Podría enojarme o ponerme a llorar ante la pérdida, si no fuera por el fascinante diseño interior que dejaron los animalitos en su comilona. Surcos y diseños, como si se tratara de papel picado. De alguna manera lo es.
Otro libro que apareció comido fue Q, la novela escrita por el colectivo italiano que se amparó bajo el seudónimo de Luther Blisset. Ambos libros fueron comidos por comejenes ticos. En el mueble donde estaban puestos había comején. Yo las escuchaba comer de noche, pero pensé que se comían la madera del mueble, no mis libros. Ese lo dejé en CR. Q puedo bajarlo gratis de internet. Del Diccionario picado apenas me di cuenta ayer y reponerlo creo que es imposible. Y es un diccionario que uso con mucha frecuencia. Habrá también que buscar otro.
Muchas ganas de leer y releer. Y contenta al ver el primer librero, ya ordenado.
Diciembre 15, 2009
Escribo como Hemingway, de pie...
Escribo como Hemingway, de pie. La computadora colocada sobre el desayunador de la cocina. Recuerdo que Hemingway decía que escribir de pie le permitía concentrarse mejor. Es cierto. La posición evita que uno se distraiga o se acomode a divagar. Además decía: "¿Quién ha aguantado diez ’rounds ‘con el culo en una silla?".
No hay muebles en la casa a excepción de una cama y dos libreros.
Hay veinte cajas de libros y una gata de 15 años y 7 meses de edad.
Cuando yo sea grande, quiero ser como mi gata: ella tiene un temple, una disposición, un ánimo, una adaptabilidad y un coraje que ya quisieran tener muchas personas que conozco.
A partir del 24 de noviembre de este año, la Loli ha sido declarada “Heroína de la Patria” y “Combatiente Heroica”. Se portó bien valiente y bien digna en su primer (y espero último) viaje en avión.
Chistoso volar con un animalito. Todos se acercan a preguntarte por “el perrito” y se desconciertan cuando les digo que es “un gatito”. ¿Dejan viajar a los gatos? me pregunta varia gente. Pues sí, los dejan.
Por supuesto, la canción de ese viaje fue “El gato voladooooor”.
Diciembre 14, 2009
Por motivos de seguridad
Me gustaría vivir donde siempre he vivido en El Salvador: en Los Planes de Renderos, en una casa amplia, con ventanas que permitan entrar mucha luz y tener la vista de un jardín lleno de plantas y árboles, un espacio para sembrar yerbas y hortalizas y hacer composta, y donde mi gata pueda vivir a plenitud sus instintos felinos de correr y asolearse sobre el zacate y la tierra húmeda.
Me gustaría recibir allí a mis amigos, ofrecerles una buena comida y enfrascarnos en pláticas triviales o serias, aquellas que arreglan el mundo o lo desarman, y que ellos pudieran irse de madrugada y yo salir a despedirlos y quedarme viendo la carretera hasta que las luces de sus carros hubieran desaparecido.
Me gustaría tomar un bus y bajar al centro de la ciudad para hacer mis compras en el mercado, conversar un rato con las vendedoras o enfrascarme en el curioso juego del regateo, ir de allá para acá nada más que mirando edificios u observando a la gente (actividad que a los escritores nos encanta hacer), comer una minuta de limón o tamarindo sentada en algún banco de la plaza Barrios, leer un libro o darle de comer a las palomas en la plaza Morazán. Luego pasaría comprando algo de pan dulce en una panadería o a alguna señora instalada en una esquina con su canasto.
Volvería a mi casa en el bus, miraría la hora en mi reloj, y a eso de las cinco iría rapidito al parque Balboa a comprar unas pupusas para la cena, el mismo parque al que, en mi infancia, mi padre me llevó a aprender a andar en triciclo y a caminar entre los bambúes y los árboles de mango y manzana rosa.
Me gustaría, pero es imposible.
Diciembre 07, 2009
En espera
Como ya sabrán, recién regresé al Salvador y he pasado los últimos días en asuntos de conseguir casa, conectar internet y otra serie de trámites. Ojalá esta o la otra semana ya todo pueda volver a una relativa normalidad. Es el motivo por el cual este blog aparenta estar en abandono. Pero espero pronto retornar por aquí. Gracias por estar pendientes.
