Noviembre 16, 2009
El juego de matar y morir
Un sábado por la mañana me vi obligada a ir a un café internet y pasar allí tres horas. Mi flamante laptop tuvo una avería y pasarían unos 15 días para que por fin me la devolvieran.
Para seguir trabajando tuve que desempacar la computadora anterior, un mastodonte del tiempo de los Picapiedra, con 6 años de antigüedad, fea, pesada, lenta, y lo que es peor, no confiable. Ya una vez se tragó un archivo y lo dañó a tal punto que no pudo volverse a abrir. Y cuando se le da la gana, que es algo así como cada tres o cuatro minutos, se congela y hay que tener la paciencia de Job para esperar a que se destrabe o volverla a iniciar.
No me gustan para nada los cafés internet. No me gusta el ruido, la incomodidad de las sillas, la mala ubicación de las pantallas, amén de las condiciones higiénicas de los teclados. Pero no tenía alternativa.
Ahí me instalé con un informe de 94 páginas que debía revisar, mi gel antibacterial, mi botella de agua, mi lapicero rojo y post-its amarillos. Me vi forzada a ponerme los audífonos para escuchar música de mi gusto con tal de no tener que soportar, de manera obligada, la musiquilla pop mexicana que tenían a todo volumen como música “de fondo” en el lugar.
Entré a eso de las 11 y tantas de la mañana. A medida que pasaba el tiempo iban entrando más personas, muchos de ellos niños de unos 12 o 13 años que llegaban para jugar en las computadoras.
