Noviembre 12, 2009
Mudanzas
La vida es una gran mudanza, dice mi querido amigo Mauricio. Y mucho tiene de razón. De algún lugar venimos y hacia algún lugar vamos y esto que llamamos vida es acaso, apenas, un gran y extraño camión de mudanza.
La vida es movimiento perpetuo. Cambios de piel y de vivienda. Como las serpientes, mutamos de maneras visibles e invisibles. Las células de nuestro cuerpo mueren y se regeneran día y a día y cada tantos años, debido a esa misma renovación, tenemos un nuevo juego de órganos varias veces a lo largo de esto que llamamos vida.
Interiormente también cambiamos, claro, si nos atrevemos. No pensamos igual que hace 10, 15, 25 años. No pensamos ni actuamos igual cuando somos niños, adolescentes, adultos y mayores. Aunque hay gente que parece quedarse trabada en un momento de su vida para siempre.
En esto de mudarse (y ufff, vaya que me he mudado demasiadas veces en la vida), hay un ejercicio riguroso y complejo que siempre se repite pero que nunca es igual:
-Sacar las cosas de su lugar y recolocarlas, ver uno por uno cada objeto, es reconocerse a uno mismo en ellos. Momentos, recuerdos, emociones, personas. Los recuerdos afloran de manera misteriosa porque quedaron escondidos en un libro, en un papel, en una piedrita, en un adorno, en un algo cuyo origen e historia conocemos íntima y privadamente.
-El ejercicio del desapego: las mudanzas son la oportunidad para aligerar la carga, para botar lo inútil. Se dice que guardar lo viejo impide que cosas nuevas vengan a nuestra vida. Yo boto y boto, sobre todo papeles, porque tengo una habilidad impresionante e inútil para acumular papeles (y libros, por supuesto, pero ésa es otra plática).
-Boto y boto papeles, decía. Los leo antes, una última vez y se tiran. O se hace pedacitos. Y hay despedidas en cada uno de esos papeles que voy tirando, sacando de mi vida para siempre.
-Hay una forma de meditación en acción que ocurre en el acto de empacar y desempacar. Uno está tan concentrado en la tarea, en la solución inmediata de meter todo en cajas, que todo quepa, de seleccionar y eliminar, que no queda espacio para pensar en nada más. Un enfoque absoluto en el aquí y el ahora.
-Libros, mi cruz. Estoy segura que se reproducen ellos solos, como conejos, en los estantes. He aprendido, a lo largo de tanta mudanza, a ser menos fetichista y deshacerme de muchas cosas. Pocas, muy pocas veces, me he arrepentido de haber regalado o tirado algo. Pero los libros... esos los guardo, los cargo, los dejo esperándome, los sueño en ausencia, los añoro, los extraño. Diría, acariciando los lomos de mis libros, con la voz del Gollum en El Señor de los Anillos: “my precious”...
Un conteo rápido: he vivido en 17 casas diferentes en 4 países diferentes a lo largo de toda mi vida. No incluyo los apartamentos en los que viví el año que estuve en 4 países de Europa. Ni hablar de la mastodóntica tarea que resulta ser la mudanza de país a país, que he realizado más de una vez.
Cada una de esas mudanzas supone el mismo ritual. Pienso en las bolsas de ropa que he donado. En las bolsas enteras de papel que, cuando fue posible, se donó para reciclaje. En los aproximadamente mil libros (no exagero), que he donado a bibliotecas. En la amplia variedad de cosas que he regalado. En las tazas y vasos que también termino regalando (tengo una obsesión extraña que me hace acumular tazas y vasos).
Cada mudanza es un cambio de piel. Una renovación. Una oportunidad para empezar de nuevo. Una página en blanco, limpia, nueva, en espera a que mi pulso tembloroso escriba las primeras palabras del siguiente capítulo.
