Septiembre 08, 2009
La lealtad, televisores y despedidas
Enciende el televisor. Para su sorpresa, lo único que aparece es la pantalla negra y una línea luminosa al centro. No puede verse nada, sólo escucharse voces. Deja encendido el tele con aquella línea luminosa al centro, escuchando las voces y de vez en cuando, por reflejo, cuando escucha algo que le llama la atención, voltea para encontrarse con esa herida de luz que molesta la vista.
Depende de dónde se coloque, a veces tiene la impresión de que puede ver la imagen completa, como si pudiera asomarse dentro de la hendidura de luz. Luego piensa que el televisor tiene momentos en que se arregla, pero que sólo dura breves segundos y que, por supuesto, ocurre cuando ella no está mirando.
En realidad piensa que alucina. Piensa que es bueno alucinar. Prefiere la locura a la lucidez.
No hay más remedio que escuchar gigas enteros de música durante la noche mientras apura un par de tragos y trata de descifrar el gran sudoku de la vida. No lo logra (descifrar el sudoku; los tragos son apurados sin problema alguno).
Lo que no logrará es dormir, pero eso ya no es novedad.
Entonces las despedidas al día siguiente. Medio mundo se marcha. Maletas en todas partes. La gata se agita inquieta pensando que la que se marcha es su ama y ella tiene que tranquilizarla convenciéndola de que no se va, aunque en ese preciso instante tiene que salir a la calle. “Vuelvo en un par de horas”, le dice a la gata, que se queda husmeando maletas y bolsas.
De una persona se despide. Una discreta irlandesa que ha sido una compañía grata e interesante. Se abrazan, con esas promesas difusas de escribirse, de cuando estés en tal parte avísame, quizás nos vemos, etc. etc.
Demasiadas despedidas ha vivido en su vida como para saber que muchas veces, uno se despide y jamás vuelve a reencontrar a esa persona. O que a veces, uno se despide con la certidumbre que volverá a ver al otro, y no ocurre. O que a veces, las menos, las milagrosas, uno reencuentra a esas personas. Y por lo demás, es frecuente, ni siquiera se mantiene el contacto. Y esas personas que estuvieron un rato en tu vida son como pasajeros encontrados en la estación de la vida. Algunos, gratos ángeles. Otros, imbéciles que no merecen ni un recuerdo.
Extraño, piensa, despedirse. Uno de esos actos indeseados de la vida, pero inevitables y frecuentes. Siempre nos estamos despidiendo. Por un rato, hasta mañana, hasta un hipotético día de reencuentro, hasta nunca cuando toca el viaje ineludible de la muerte. Despedirse es un acto de fe.
Cuando regresa a casa, horas después, la gata va corriendo a encontrarla, maullando desesperada. La choza está vacía y silenciosa y la gata ha pensado que la han dejado atrás, sola. Tiene lágrimas en sus ojos y surcos que evidencian que ha llorado desde hace un rato.
Ella la carga, la conforta, limpia sus ojos lagrimosos, los surcos de sus aguas en su felpudo rostro, besa su cabeza que tiene ese dulce olor que sólo los gatos tienen. “Tú sabes que siempre vuelvo”, le dice. Y la gata cierra los ojitos en afirmación.
Ese rostro confortado de la gata es el rostro de la lealtad. Porque hay animales que son más leales que la gente.
