Septiembre 29, 2009
Más píldoras de viaje
Las ciudades. Al final, todas son bastante iguales. Siniestras, extrañas, complicadas, imposibles de conocer en su totalidad, peligrosas, tediosas. Interesantes en algunos rincones, serenas, hasta casi bellas; en otros momentos oscuras, sórdidas, francamente feas, insondables, vomitivas, insoportables.
Hacinamiento, ruidos, basura, concreto, asfalto, agresividad, contaminación, construcciones perpetuas, puentes, abismos, gente, siempre demasiada gente, y a lo lejos, un casi imperceptible horizonte de cerros, árboles, el territorio que vamos construyendo y al mismo tiempo, destruyendo.
Camino en calles solitarias. No hay nadie más caminando.
Nuestras ciudades ya no son para caminarlas. Nada más para andarlas en vehículo.
Ay de aquel que no tiene para comprar un carro, para pagar el taxi, para pagar el bus.
Ay de aquel que sólo quiere caminar un poco.
Isabel, la señora que cocina en el hospedaje, es de origen mam. Tiene los dientes torcidos y cuando habla suelta el silbido característico de los asmáticos. Habla comiéndose artículos e incorporando palabras que no entiendo. Entorna los ojos y parece que se le quedan en blanco durante algunos segundos.
Es de Santa Eulalia, más allá de Huehuetenango. Vive en la capital hace 8 años y ya toda su familia está acá.
Un día la oigo cantar en la cocina. No entiendo nada de lo que dice. Imagino no sé qué cosas. Pueblos, barrancos, lejanías que no conozco. Cosas que no comprendo. Melancolías que siempre cargo.
Una taza de café con ME, que mientras me esperaba se encontró con don Tasso Hadjidodou, personaje de la cultura guatemalteca.
Las preguntas de ME que me dejan pensando, que brindan pistas a respuestas que he andado buscando.
Acaso así sea siempre: las respuestas aguardan dentro de nosotros, como animalitos agazapados, esperando salir apenas alguien haga las preguntas correctas.
Sooner or later, Panajachel.
Por el momento, Antigua esta semana.
Sufrimiento eso de ir cada día a una librería como Sophos. Ver tantos libros de los que tengo pendientes de leer, de los que he andado cazando hace años, de los que muero de curiosidad por leer o por tener.
Pensar en el horizonte.
Pensar en el equilibrio.
Pensar en la búsqueda.
Sentir que se tiene lo necesario ahí, al alcance, lo roza uno con los dedos.
Y sin embargo...
Un capítulo pendiente. O varios, más bien.
Una llamada que no hago, que no haré, que me obligo a no hacer, aunque para ello tenga que cortarme ambas manos.
Una promesa que no cumplieron y que descalabra muchas cosas y que me provoca mal ánimo. Y cansancio.
Cansancio.
Incienso de sándalo. Soñar con ese hogar que algún día tendré.
Extrañar a una gata más de lo que se puede imaginar.
Septiembre 24, 2009
Píldoras de viaje

El síndrome de la gitana (vivir de la maleta): tanto hotel, tanto closet, tanto viaje y siempre es lo mismo: Soy incapaz de desempacar la maleta y guardar la ropa en el closet o las gavetas correspondientes. La ropa queda siempre doblada en la maleta, y lo único que saco son los artículos de aseo y los zapatos. Voy sacando la ropa limpia. Y la ropa usada voy colocándola dobladita, al final del día, en el closet. Para el viaje de regreso lo que hago es llenar la maleta con la ropa usada dobladita... no me pregunten por qué (ni yo me lo explico).
Un litro de cerveza Cabro en (Ex) Céntrico.
Ver a un personaje conocido como “La Sombra”, a la salida de (Ex) Céntrico: un abrigo largo y negro, una guitarra, el encorvamiento de la espalda, el pelo ralo y el rostro afilado.
Pero es “cabrón”, nos dicen, es decir, muy bueno con la guitarra. Se pasa la noche en la calle, cantando de bar en bar, hasta el amanecer.
Las prevenciones de cuidado para andar por la ciudad. Si, ya sé, les digo. Igualito que en San Salvador...
Continuar leyendo»Septiembre 22, 2009
Música para aeropuertos
Esa desesperación de salir de casa, de confirmar la hora a cada instante. La planificación casi que de operativo militar sobre los detalles del viaje. Empacar la maleta, lista en mano. Un inexplicable temor de perder el vuelo (yo que jamás he perdido un vuelo en la vida. Tampoco una maleta, toc toc toc, toco madera).
El rostro lleno de reproches de la gata. Maleta grande significa muchos días de ausencia. Sobarle la panza y explicarle que vuelvo, que siempre vuelvo. Que jamás la abandonaré, que por ella yo siempre vuelvo a dónde sea, pero que jamás la abandonaré. Y salir rápido. Y montar en el taxi con sentimiento de culpa por dejarla.
Esa tierra de nadie en que se convierten las ciudades los domingos en la tarde.
Las maletas. Siempre las maletas. Niños que lloran. Madres que regañan a sus hijos. Alivio de no tener que viajar con hijos. Un hombre con una jaulita y una mascota no identificada adentro.
El acto de strip-tease obligatorio en el área de revisión. Monedas, llaves, laptop, bolso, zapatos, anillos. ¿Reloj? No, me dice la empleada. Y cuando paso, suena la alarma como si toda yo estuviera hecha de plomo. ¡Reloj! me dice un oficial levemente alterado.
Septiembre 20, 2009
A Guatemala
Dentro de unas horas salgo para Guatemala, así es que estaré unos días ausente. No tengo idea de cómo estará mi acceso a internet, pero en la medida de lo posible procuraré aparecer por aquí. De todos modos, ya ustedes lo saben, quedan a sus anchas en esta su casa de jacintos y palabras.
Basta ya de violencia
El reciente asesinato del fotógrafo franco-español Christian Poveda ha movido a muchos a la indignación y nos fuerza a reflexionar sobre varias cosas. Para comenzar, se nos olvida con demasiada frecuencia que la estadística de los homicidios diarios es algo más que sólo un número. Detrás de cada uno de los 25, 17, 13 o cuántos sean los muertos del día, hay un rostro, un nombre y un apellido, una historia de vida, una familia y amigos, sueños, logros y anhelos.
Cada uno de esos homicidios es un ser humano, un salvadoreño cuya vida fue arrebatada de la peor manera. Y la verdad es que cada uno de los homicidios que ocurren a diario en El Salvador debería motivarnos a la indignación y sobre todo, a la acción, para no sumirnos en la inercia del miedo y del lamento.
Se nos olvida también que los índices de violencia en este país no se limitan estrictamente a los homicidios y que hay toda una variedad de delitos que se cometen a diario. Extorsiones, secuestros, robos de vehículos, estafas, violaciones, hurtos, violencia doméstica y todo tipo de crímenes ocurren día a día en el país, muchos de los cuales, con toda seguridad, ni siquiera son denunciados porque la ciudadanía no tiene mayor confianza ni en los cuerpos de seguridad y quizás mucho menos en el sistema de justicia. O tampoco se denuncian por miedo a las consecuencias que eso pueda acarrear.
Esa falta de confianza está relacionada sobre todo con la incapacidad de los mencionados organismos para controlar la ola delincuencial y para ponerle un coto a una situación que viene agobiándonos desde hace demasiados años. Muchas veces pareciera que sólo saltamos de una guerra a otra, y que a partir de 1992, la guerra cambió de escenario y de protagonistas, pero no de intensidad ni de crueldad.
Septiembre 18, 2009
Letanía contra el miedo
Hay muchas cosas que me gustaron en Dune de Frank Herbert. Quizás menos que la manera en que está redactado el libro impresiona esa compleja creación de detalles, rituales, creencias. Es impresionante, por ejemplo, la reverencia en general sobre el agua, el ritual de muertos, el proceso de extracción de la humedad (agua) de los difuntos, la reverencia de una lágrima no por el sentimiento que las provoca sino porque es "derramar agua por alguien".
Pero también tiene momentos narrativos excelentes. Me gustó en particular la "Letanía contra el Miedo del ritual Bene Gesserit", y que los entrenados por dicha orden deben recordar en momentos de temor:
No conoceréis el miedo. El miedo mata a la gente. El miedo es la pequeña muerte que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allá donde haya pasado el miedo ya no habrá nada. Sólo estaré yo.
Como para usarlo en nuestra vida cotidiana.
Septiembre 17, 2009
El cuento revisitado
En los últimos días he estado preparando el taller de cuento que comienzo el próximo lunes en la librería Sophos de Guatemala. Eso me ha tenido revisando viejos apuntes y escarbando entre los libros que tengo acá (y extrañando a rabiar mi biblioteca completa en El Salvador, sigh), para releer varios de mis cuentos favoritos (que además considero sirven como ejemplo para demostrar lo que es un cuento bien escrito) y descubriendo algunos nuevos.
Hace ya bastantes años que no he escrito un cuento. Si no me equivoco, el último que escribí fue “Película japonesa de los años 60”, incluido en El Diablo sabe mi nombre. Lo escribí en San Salvador en el 2003. Y desde entonces nada. No me han dado por ahí las ideas, aunque también (hay que decirlo), mis años en Costa Rica han sido los más improductivos a nivel de ficción literaria de toda mi vida. No he escrito ni un libro completo. Tengo comenzadas 3 novelas que no están escritas ni a la mitad. Cero poemas, cero cuentos. Y para 4 años y medio, eso es un balance muy negativo, hasta me da vergüenza decirlo.
El sumergirme de nuevo en mis ideas y mi propia experiencia sobre el cuento para compartirlo en un taller no ha hecho tampoco nada por incentivar la escritura. Pero por lo menos he disfrutado la lectura y relectura, que me lleva, como suele, a redescubrir algunos aspectos que en lecturas anteriores se me pasaron por alto.
Por ejemplo, para ejemplificar buenos comienzos, Borges se me queda algo atrás. Esa manía de bibliotecario de citar volúmenes, libros, ediciones antiguas no es precisamente la manera más arrebatadora de enganchar al lector. Uno continúa leyendo porque sabe que es Borges, pero si un cuento firmado por Pedro Pérez comenzara así, bueno, tendría que meterle algo bastante apasionante inmediatamente después para no perder la atención del lector.
Entre los autores que releí, además de Borges, están Felisberto Hernández, Cortázar y Rulfo. También me releí un buen texto de Raymond Carver sobre el oficio de la escritura y que recomendé esta semana.
Leí algunos cuentos que no conocía de Virgilio Piñera, cuyo manejo del absurdo siempre me parece sorprendente. Leí “El hipócrita feliz” de Max Beerbohm, un cuento muy clasicón en su concepción y estilo, pero bien resuelto. Concluí también que son muy pero muy pocas las cuentistas que me gustan (apenas Clarice Lispector e Isak Dinesen y algunos de Marguerite Yourcenar). Aunque seguro que se me olvidan nombres (es parte del problema de no tener aquí mi biblioteca).
Sigue también mi convencimiento de que el cuento es un género de gran respeto y que resulta lamentable que las editoriales se nieguen tanto a publicarlo, sobre todo cuando te salen con ese pretexto tan trillado de “es que el cuento no se vende”.
En fin, será interesante compartir sobre este género, comentar historias y hablar de literatura. Nada me puede gustar más.
Septiembre 16, 2009
Dune, Frank Herbert
Después de pasar meses leyendo Las benévolas (que visto ahora en la distancia fue algo así como intentar nadar en un espeso, pegajoso y denso mar de petróleo), necesitaba cambiar totalmente el registro y leer algo que fuera menos abrumador. Pero creo también que después de leer una novela tan buena como esa, uno busca algo que no rompa el placer de una buena lectura.
Matando tiempo en una librería me encontré un día con un libro que buscaba desde hace años, Dune, el primer libro de la respetada saga de ciencia ficción de Frank Herbert, el cual me puse a leer de inmediato y que recién termino. Tarea nada fácil. El libro tiene casi 700 páginas (¿qué me ha dado por los libros largos?) y aunque ubicada en el menospreciado género de la ciencia ficción, bueno... precisamente de eso quiero hablar.
Cuando uno se adentra en el mundo de Dune, cuando uno conoce a los personajes, la singularidad de los habitantes, sus costumbres y sobre todo de Arrakis, el planeta sin agua, el lector no puede menos que preguntarse en qué consiste el menosprecio por el género.
La creación de una novela pasa siempre por la creación de un “mundo” nuevo, es decir, ambientes, personajes, entornos, a veces países o ciudades imaginarias; pero ubicados en la tierra, el escritor parte de elementos conocidos por todos y el trabajo de elaboración narrativa es, digamos, normal (no digo “fácil” porque escribir una novela nunca lo es).
Septiembre 14, 2009
Tutti frutti
- "Padres" de Iván Thays.
- "Escribir" de Raymond Carver.
- Guatemala vista por los ojos de Daniel Chauche. Más aquí.
- Dossier, revista de la Facultad de Comunicación y Letras de la Universidad Diego Portales de Chile.
- La historia del gato y la luna:
Septiembre 08, 2009
La lealtad, televisores y despedidas
Enciende el televisor. Para su sorpresa, lo único que aparece es la pantalla negra y una línea luminosa al centro. No puede verse nada, sólo escucharse voces. Deja encendido el tele con aquella línea luminosa al centro, escuchando las voces y de vez en cuando, por reflejo, cuando escucha algo que le llama la atención, voltea para encontrarse con esa herida de luz que molesta la vista.
Depende de dónde se coloque, a veces tiene la impresión de que puede ver la imagen completa, como si pudiera asomarse dentro de la hendidura de luz. Luego piensa que el televisor tiene momentos en que se arregla, pero que sólo dura breves segundos y que, por supuesto, ocurre cuando ella no está mirando.
En realidad piensa que alucina. Piensa que es bueno alucinar. Prefiere la locura a la lucidez.
No hay más remedio que escuchar gigas enteros de música durante la noche mientras apura un par de tragos y trata de descifrar el gran sudoku de la vida. No lo logra (descifrar el sudoku; los tragos son apurados sin problema alguno).
Lo que no logrará es dormir, pero eso ya no es novedad.
Entonces las despedidas al día siguiente. Medio mundo se marcha. Maletas en todas partes. La gata se agita inquieta pensando que la que se marcha es su ama y ella tiene que tranquilizarla convenciéndola de que no se va, aunque en ese preciso instante tiene que salir a la calle. “Vuelvo en un par de horas”, le dice a la gata, que se queda husmeando maletas y bolsas.
De una persona se despide. Una discreta irlandesa que ha sido una compañía grata e interesante. Se abrazan, con esas promesas difusas de escribirse, de cuando estés en tal parte avísame, quizás nos vemos, etc. etc.
Demasiadas despedidas ha vivido en su vida como para saber que muchas veces, uno se despide y jamás vuelve a reencontrar a esa persona. O que a veces, uno se despide con la certidumbre que volverá a ver al otro, y no ocurre. O que a veces, las menos, las milagrosas, uno reencuentra a esas personas. Y por lo demás, es frecuente, ni siquiera se mantiene el contacto. Y esas personas que estuvieron un rato en tu vida son como pasajeros encontrados en la estación de la vida. Algunos, gratos ángeles. Otros, imbéciles que no merecen ni un recuerdo.
Extraño, piensa, despedirse. Uno de esos actos indeseados de la vida, pero inevitables y frecuentes. Siempre nos estamos despidiendo. Por un rato, hasta mañana, hasta un hipotético día de reencuentro, hasta nunca cuando toca el viaje ineludible de la muerte. Despedirse es un acto de fe.
Cuando regresa a casa, horas después, la gata va corriendo a encontrarla, maullando desesperada. La choza está vacía y silenciosa y la gata ha pensado que la han dejado atrás, sola. Tiene lágrimas en sus ojos y surcos que evidencian que ha llorado desde hace un rato.
Ella la carga, la conforta, limpia sus ojos lagrimosos, los surcos de sus aguas en su felpudo rostro, besa su cabeza que tiene ese dulce olor que sólo los gatos tienen. “Tú sabes que siempre vuelvo”, le dice. Y la gata cierra los ojitos en afirmación.
Ese rostro confortado de la gata es el rostro de la lealtad. Porque hay animales que son más leales que la gente.
Septiembre 07, 2009
El primer día de mi exilio
Quince de marzo de 1980. Los últimos días habían pasado rápido. En menos de un mes tenían que irse. El viaje parecía demasiado sacado de la manga como para ser cierto. Pero lo era. Se iban. Decían que era por un hipotético “unos meses”. Pero ella intuía que era “para siempre”.
Aquello significaba despedirse de lo que más amaba en el mundo. De sus amigos. De sus animales. De sus cosas, de su hogar. ¿Qué llevarse, qué dejar? ¿Cómo decir “adiós”? ¿Cómo comenzar una vida nueva? ¿Cómo olvidar la antigua?
El momento culminante de la angustia fue la despedida en el aeropuerto. Ese no saber. Esa sensación de soledad que jamás ha dejado de acompañarla a todo lo largo de su vida. En los instantes culminantes siempre parece ser que el único testigo, siempre fiel y presente, es su soledad. Su soledad lo sabe todo.
Y aunque intenta recordarlo, no lo logra. No recuerda el rostro, siempre contenido de su Padre. El rostro que, está ahora segura, ocultaba el dolor. Un hombre de 76 años se separaba voluntariamente de sus dos únicos hijos y de la que había sido su esposa en los últimos 20 años, ella mucho menor que él. Padre sabía que ese día comenzaba su propia soledad.
Todos sabían, pero nadie lo decía, que aquello no era solamente una despedida. Era una separación. Era un divorcio. Era una desgracia. Una desgracia que contenía una maldición. No lo sabían entonces, pero solamente se reunirían una vez más, los cuatro.
Septiembre 03, 2009
Asesinado en El Salvador el fotógrafo Cristian Poveda
Mientras las autoridades salvadoreñas se jactaron hace unos días de haber reducido la cifra de homicidios diarios (de 11 o 14, en dependencia del día, a 10.65 / ¿en qué consistirá matar a alguien en un 0.65%?), anoche se conoció la noticia de que el fotógrafo y documentalista Cristian Poveda fue encontrado muerto en la calle que va de Soyapango a Tonacatepeque, en El Salvador. Tenía 4 balazos. Aunque todavía no hay informes claros de lo que ocurrió, hay rumores que indican que Poveda había tenido una reunión con algunos pandilleros y que posiblemente el asesinato tenga alguna relación con ello.
Poveda fue muy conocido y estimado en nuestro medio por todo su trabajo, en particular por el documental La vida loca, que presenta la vida de algunos miembros de la Mara 18. Ya se habían hecho algunas presentaciones del documental y no se han escuchado más que buenos comentarios del mismo.
Poveda invirtió mucho tiempo y esfuerzo en presentar el mundo cotidiano de las pandillas, sin exaltarlo ni condenarlo, pero como una manera de darnos a conocer a los salvadoreños (y a todos los interesados) ese mundo hermético que resulta ser para muchos el mundo de las maras. Una realidad que ocurre de manera paralela, que está ahí y de la cual sabemos en realidad muy poco.
Nunca conocí personalmente a Poveda, pero la noticia me impresionó mucho. Poveda resultó ser, en esa cruel estadística, uno de los 10.65 homicidios diarios. Pero resulta que esa cifra sigue siendo demasiado, y que por lo demás, esa cifra no es constante. Un amigo me comentó que algún fin de semana pasado, hubo 25 homicidios en un sólo día.
Este caso demuestra, y ojalá para sirva eso, que la estadística de homicidios no es solamente un número. Con demasiada frecuencia se nos olvida (y creo que sobre todo a las autoridades), que se trata de seres humanos, con nombres, apellidos, rostros, historias personales, sueños, familia, amigos, proyectos.
Diez y pico de homicidios al día, o 25, o 14, son simplemente demasiados. Porque en cada uno de ellos perdemos a familiares, amigos, conocidos, vecinos, intelectuales, profesionales, obreros, artistas... personas de todos los ámbitos que se levantan por la mañana con la esperanza de una vida mejor para perderla, simplemente perderla; para que la vida les sea arrebatada de la peor manera, aumentando con ello la zozobra de toda la sociedad.
Pero que nuestra reacción no sea la tristeza y mucho menos el miedo que, ya lo mencioné hace unos días, paraliza. No podemos ser rehenes del miedo al que nos tiene sometida la violencia de nuestro país (y nuestros países, porque Guatemala o México no están mucho mejor... y en otros países, esa violencia parece estarse instalando poco a poco).
¿Hasta cuándo vamos a continuar en esta situación? ¿Hasta cuándo las autoridades van efectivamente a hacer algo para detener la violencia? ¿Hasta cuándo los ciudadanos honestos tendremos que encerrarnos en casas rodeadas de barrotes y adquirir costumbres paranoicas?
Los esfuerzos de Poveda por ayudarnos a comprender una de las raíces de dicha violencia, no pueden quedar en el olvido, ni pueden haber sido en vano.
No sé qué se puede hacer, ni qué podemos hacer todos, cada uno, desde nuestra vida personal, pero es URGENTE que paremos esta espiral de violencia.
Septiembre 01, 2009
"Te voy a contar un cuento": Taller en Sophos, Guatemala
Si vive en Guatemala, si conoce a alguien por allá o si usted estará en Guate en la segunda quincena de septiembre, quizás se anime y me acompaña a un taller de cuento que estaré impartiendo en la librería Sophos.
Arrancamos el lunes 21 de septiembre y nos reuniremos dos horas diarias durante toda la semana hasta el sábado 26, cuya última sesión será de 3 horas. Estaremos hablando del género del cuento, de comienzos y finales, de la construcción de personajes, ambientación, diálogos, descripciones, los lugares comunes y lo que hay que observar a la hora de hacer correcciones. También haremos algunos ejercicios prácticos y leeremos algunos cuentos que comentaremos para ejemplificar la teoría.
Será una semana intensiva, pero espero que nos la pasemos bien y que podamos compartir e intercambiar nuestras impresiones y experiencias sobre este género literario.
El programa completo puede verlo aquí. Inscripciones y cualquier información adicional, favor comunicarse a la librería Sophos.
