Julio 13, 2009
El ángel y Michael
Su belleza atrapó a todos y en particular a los que en aquellos años cruzábamos esa hosca tierra ignota que separa la niñez de la adolescencia.
Nosotras, las niñas, queríamos ser como ella. Queríamos su sonrisa de blanquísimos dientes, sus ojos azules, su cuerpo de modelo, su simpatía, pero por sobre todas las cosas, queríamos su pelo. Gastamos, o mejor dicho, hicimos gastar a nuestros padres, cantidades inimaginables de dinero en rulos, cepillos, secadoras, sprays y salones de belleza, buscando lograr que nuestros (por lo general) oscuros cabellos tuvieran la docilidad y el fluir de aquella rubia y abundante melena.
Cortábamos su foto de las revistas para forrar con ella nuestros cuadernos y folders del colegio. Veíamos cada episodio de Los ángeles de Charlie y lo comentábamos al día siguiente. Farrah Fawcett era, sin duda, nuestra favorita. Nuestro modelo a seguir.
Su imagen compartía espacio en nuestros cuadernos con los ídolos masculinos del momento: David Cassidy, los Bay City Rollers, Leif Garrett, Vince Van Patten y los hermanos Osmond, un grupo de hermanos que cantaban cancioncitas de lalala y de amorcitos inocentes y que rivalizaba con un grupo totalmente diferente, los Jackson Five.
Éstos eran negros, usaban afros, se vestían de colores psicodélicos y bailaban como solamente ellos podían hacerlo. Pero aunque los hermanos funcionaban como grupo, destacaba en especial su vocalista, un niño chiquito, de carita dulce, con una voz maravillosa y una gracia infinita, un niño llamado Michael.
