Junio 18, 2009
Ser "salvadoreño en el exterior"
Hace poco un amigo se fue a vivir a México. Se fue por motivos sentimentales. Y como toda persona que se va a vivir a otro país, tiene que enfrentar el siempre engorroso proceso de legalizar su estadía. Luego de alguna visita a las oficinas de migración en aquel país, regresó pensativo a su casa y escribió: “El mismo idioma y color, cómo es posible que me llamen...”
Dejó la frase inconclusa, pero supongo que fue llamado “extranjero”. Una palabra que en estos tiempos ha adquirido connotaciones algo ofensivas. Una palabra que detrás de sus letras oculta muchos prejuicios. “Bienvenido al club”, pensé.
Mi amigo y yo somos apenas un par de los millones de salvadoreños (y esto no es una exageración sino una triste realidad), que vivimos fuera del territorio que geográficamente nos ampara como pertenecientes a una identidad común, ligada a un lugar específico bajo el sol, a eso que llamamos “patria”.
Se nace en un territorio y, a menos que ocurran circunstancias excepcionales, por lo general uno muere con esa identidad, aunque se cambie de nacionalidad a nivel legal. “Seré salvadoreño hasta la hora de mi muerte”, como dicen los amigos del grupo nacional, Pescozada.
Pero ser “extranjero” ha sido siempre poco menos que un estigma para los millones de humanos que, a lo largo y ancho de la historia de la humanidad, se han visto forzados o impulsados a vivir por algún período de tiempo en una tierra ajena a la propia.
