Mayo 18, 2009
Ídolos con pies de barro
Qué pena me da el asunto del padre Alberto Cutié. Pero más que pena, me asombra el tamaño de su ingenuidad. Digo: no creo que el padre no tenga conciencia de que es una “estrella mediática”, cuyo rostro es fácilmente reconocible por tirios y troyanos. Aún así se fue a meter a una playa pública con una mujer, aceptó besos, arrumacos y hasta una pierna de la susodicha encima, situaciones que algún avispado (y seguramente avisado paparazzo), fotografió y publicó sin clemencia alguna.
Dejarse ver así en un lugar público fue más que una imprudencia. Sus programas de radio y televisión donde dialogaba con grupos de jóvenes y sus frecuentes apariciones en otros programas de audiencias masivas como el show de Cristina Saralegui, lo convirtieron en un personaje bastante popular, aunque quizás muchos no conocieran su nombre completo.
Su simpatía, su sentido del humor y su disposición a dialogar sobre temas delicados como el aborto, las drogas o el SIDA, lo convirtieron en un sacerdote en quien muchos confiaron. Es muy raro tener ese don de conectar con los jóvenes y hablar su mismo lenguaje, pero el padre Alberto, aprovechando su carisma y el alcance actual de los medios de comunicación, logró hacerlo.
A mí me gustaba verlo por esa flexibilidad que tenía para escuchar a la gente. No juzgaba a las personas, no las regañaba, sino que ponía a todos a pensar en el origen de las situaciones que hubieran llevado a alguien al abismo desde el cual solicitaban ayuda espiritual. El padre Alberto siempre parecía tener la cita bíblica adecuada o la palabra necesaria para que los afectados encontraran consuelo y esperanza sin ser juzgados en su calidad humana, que es lo que uno desea encontrar en un guía espiritual.
