Marzo 09, 2009
Ahorita no
Los pasajeros gritaron. Yo me aferré a los brazos del asiento y cerré los ojos. Los apreté. Como si con ello fuera a conjurar el peligro. El avión se sacudía. El ruido era ensordecedor. La gente gritaba a todo pulmón. Objetos caían y rodaban por el suelo. Incluso tengo la impresión, no lo puedo jurar, de que el avión perdió algo de altura. Nunca, en toda mi vida de viajera, que comenzó desde la infancia, había sentido algo así. No se trataba de una común turbulencia. Era algo mucho peor.
Mientras tenía los ojos cerrados, pensé que aquella sensación era familiar: era como si estuviera en un terremoto. Pero estábamos en el aire. Recordé las simulaciones en computadora de cómo había caído el avión sobre un vecindario en Buffalo, Nueva York, unos pocos días antes. Y mi mente pensó una sola cosa: nos matamos.
Comencé a imaginar lo que serían esos últimos segundos. Me atreví a ver por la ventanilla. Estábamos sobre tierra, a quince minutos de San José. Nos estrellaríamos en territorio tico. Imaginé el descenso acelerado. El descalabro. La angustia de todos. El no poder hacer nada. El no poder pedir ayuda. La certeza de no salir con vida. El impacto que nos reduciría a cenizas. La muerte.
