Febrero 03, 2009
The curious case of Benjamin Button
Por fin logré entrar en el cine y no para ver una “película de consuelo” sino la que quería ver desde la semana pasada, The curious case of Benjamin Button.
Ya más o menos todo mundo sabe que es la historia de un hombre que nace viejito y que a medida que pasa el tiempo, rejuvenece. Con un final que no hay que tener demasiada imaginación para deducir cuál será.
Benjamin Button me dejó pensando en muchas cosas:
Me recordó al cuento de Alejo Carpentier llamado "Viaje a la semilla".
Me hizo conocer el cuento de F. Scott Fitzgerald, que se llama igual que la película, pero que prácticamente no tienen nada que ver.
Recordé la leyenda sobre el nacimiento de Lao Tsé (autor del Tao Te King): su madre, una virgen, lo llevó en su seno durante más de 80 años y le dio a luz bajo la axila izquierda cuando un rayo de sol se introdujo casualmente en su boca mientras descansaba a la sombra de un ciruelo. Lao Tsé nació con cabellos y barba blanca, el rostro arrugado, orejas inmensas y hecho todo un sabio: se puso a meditar en silencio, de inmediato.
¿El tiempo marcha hacia adelante o marcha hacia atrás? ¿Y por qué tenemos la vanidad de pensar que “sabemos” que marcha “hacia adelante”?
La vejez, como circunstancia biológica, no es lo mismo que la vejez, como circunstancia mental o emocional. Se puede ser viejo a los 27 años, se puede ser joven a los 78.
Elizabeth Abott dice algo así como que está esperando desde hace años que algo pase en su vida, algo que la hará mejor. Pero lo único que pasa es el tiempo. Y la vida y ella siguen iguales.
Benjamin Button vuelve a su casa, paradójicamente un hogar de ancianos, y aunque todo le es familiar y los cuartos y todo sigue igual, algo se siente diferente: “soy yo el que ha cambiado”. Conozco esa sensación demasiado bien.
¿Cuál es nuestra relación con el tiempo? ¿Qué hacemos en él/con él?
Habría que vivir sin conciencia de la edad, pero con conciencia del tiempo, es decir, sentir que nunca es tarde para comenzar a realizar nuestros proyectos. Pero por la conciencia del tiempo, que nos lleva a ese callejón sin salida que es la muerte, apurar el paso: hacer, concretar, ejecutar. No seguir esperando.
Aprender y desaprender en la vida.
Rincones en la película que producen serenidad y melancolía: esos encuentros de Button y Elizabeth en la cocina del hotel. Esos encuentros y desencuentros de Button y Daisy a lo largo de la vida. Ese reencuentro donde ella habla y habla y él sólo la mira y ella le dice que él no ha dicho nada y él dice que es para no arruinar el momento.
Agüita en los ojos.
Si la vida fuera como en las películas quizás la entendería mejor.
Las palomitas siguen igual de horripilantes que la semana pasada.
