Septiembre 16, 2008
Sin fecha de vencimiento
Una de las grandes lecciones de vida que me dejó mi padre, sin enunciarla expresamente, fue que la edad no es impedimento para hacer absolutamente nada. Tuvo su último hijo a los 63 años, compró su primera computadora a los 90, manejó hasta los 94 años y viajó y cruzó el Atlántico más de una vez todavía en su ochentena.
Mi padre no fue un hombre de sueños extraordinarios ni obsesiones rocambolescas, pero nunca tomó una actitud derrotista ante su edad. Creo que de hecho no tenía consciencia de ella. Aunque desde niña siempre le escuché decir que estaba “viejo” y que “ya se iba a morir”, duró todavía 40 años con una salud envidiable, sin hacer referencia precisa a sus años, sin celebrar su cumpleaños pero, sobre todo, sin permitir que su edad definiera lo que debía o no hacer en la vida.
Crecer junto a una persona así hace que uno asuma ciertas cosas como naturales. Heredé y asumí esa inconsciencia de la edad. Nunca celebro mi cumpleaños. Me siento bastante menor de los años que tengo. No he cambiado mis hábitos o actitudes nada más que porque el calendario dice algo que no siento. Trato de vestir “como yo” y no como “una persona de mi edad”. Cuando cumplí los 40, lo celebré haciéndome un par de tatuajes (y tatuarse es solo para jovencitos, ¿verdad?). Y no descarto otro tatuaje para conmemorar los 50.
