Septiembre 01, 2008
Guatemala bajo mis alas
1.
Lo primero que escucha al caminar hacia la salida del aeropuerto es una voz que claramente la llama. Una voz susurra su nombre con mucha alegría. Ella voltea sobre su hombro izquierdo para saber quién es.
Pero no hay nadie cerca, nadie que pudo haberla llamado.
Los buenos espíritus me dan la bienvenida, piensa.
2.
Cuarto 508 del Hotel Conquistador.
Calcula que el cuarto es más grande que la mazmorra en la que habita. Y lo mejor: tiene una gran ventana, en realidad, una puerta de vidrio que da a un ínfimo balcón. Abre la puerta, pero el ruido que entra desde la calle es insoportable. Vuelve a cerrar.
Justo frente a su ventana se construye algo. Hay una grúa gigante y las fundaciones en cemento de lo que podría ser (imagina), un parqueo subterráneo.
Más allá una calle de cuatro carriles. Construcciones de techos planos y encementados, una arquitectura mixta y desordenada que le recuerda a la ciudad de México.
En el horizonte, volcanes. Uno inmenso, cónico perfecto, cuyo nombre ignora.
3.
Enciende el televisor. Es marca Zenith. Pensaba que ya no existían.
La caja del televisor tiene el mismo color crema de las paredes. Se mira tan antiguo que la conmueve. Le recuerda a su infancia. A su padre. A un mundo ya ido.
El control remoto funciona con dificultad. Hay que apretar con mucha fuerza los botones. Piensa ver tele un rato y luego dormir una siesta. El insomnio de los últimos meses y levantarse temprano para tomar el avión la tienen agotada.
El Biography Channel está pasando un documental sobre The Band. Y cuando Richard Manuel canta “Whispering Pines”, siente una melancolía que duele.
