Julio 04, 2008
La esperanza
Ayer por la mañana, al levantarme y encender el televisor para ver las noticias, lo primero que vieron mis ojos fue la imagen de Ingrid Betancourt abrazando a sus hijos. Me quedé paralizada viendo la escena, las lágrimas rodando por mi cara, emocionada.
Me pareció una manera estupenda de iniciar el día. Llorando emocionada, sí, pero de profunda alegría. Una alegría ajena, pero también propia. Me pareció que por ver imágenes como esa es que a uno le dan ganas de salir de la cama por las mañanas.
Yo soy una que no da un cinco por la humanidad. Estoy convencida que caminamos hacia nuestra inefable auto-destrucción, día a día, construida a base de nuestra estupidez, nuestra mezquindad, nuestra avaricia, nuestra profunda ignorancia y sobre todo, nuestra falta de ética y de espiritualidad. Y que tendremos el final que nos merecemos, simplemente porque nunca aprendemos nada. Porque años de historia, dizque civilización y sobre todo de una constante cadena de error tras error tras error no nos han enseñado absolutamente nada.
Pero cuando vi la imagen de Ingrid abrazada feliz a sus hijos, algo en mí volvió a tener fe, volví a tener esperanza.
Me dije a mí misma que, cuando la gente quiere, cuando realmente quiere, puede cambiar en algo las cosas, sacar lo mejor de sí y hacer algo que devuelve la fe en el espíritu y en la dignidad del ser humano. Y que a veces, muy pero muy pocas veces, el ser humano es capaz de cosas sublimes, pese a que nos empeñamos en sacar a relucir lo peor de nosotros.
