Mayo 15, 2008
Los antojos de la nostalgia
No me cabe duda, por vivencia propia y porque lo veo en los demás, que para los que no vivimos en nuestro país, la nostalgia nos ataca por flancos muy diferentes. Un día añoramos nuestro hogar, otro a nuestros amigos, muchas veces los lugares emblemáticos de la ciudad o del campo. Hay días en que la sola mención del país nos llena de agüita los ojos y no falta el que llora por su himno nacional. No hay duda que uno de esos puntos graves de la nostalgia tiene que ver con la comida.
Un amigo me ha estado “provocando” en los últimos días contándome de unos maravillosos pedazos de marquesote (una especie de pan dulce) que se ha estado comiendo. Y me ha dado un gran antojo, uno más que se agrega a una lista que se está tornando algo larga.
Hace ya varias semanas me dio antojo de requesón, una especie de queso que no he encontrado en ningún país del mundo, aunque medio se parece a la ricotta italiana... pero el requesón es mil veces mejor.
Desde Semana Santa ando también antojada de torrejas. Y un par de pupusas de loroco me caerían de perlas. Un gran vaso de horchata bien helada, con mucho mucho hielo. O un fresco de ensalada, como los que tomaba cuando niña. Una sopa de chipilín. Una tortilla decente (porque en el resto del mundo, inclusive aquí en Costa Rica, las tortillitas son delgadas, no como en El Salvador que son gruesas y sustentadoras). Así es que una tortillita tostada con queso Petacones o queso capa roja, también se me antoja.
