Mayo 14, 2008
La pintura de Remedios Varo

Entre algunas de las cosas que hice el fin de semana fue revisar muchos cuadros de Remedios Varo. Es una de mis pintoras favoritas, junto con Leonora Carrington y Georgia O’Keeffe (aunque esta última se diferencie profundamente de lo que hacen las primeras dos).
En esa revisita de sus cuadros me di cuenta que nació en 1908, es decir, que éste es el año de su centenario. Nació en Cataluña pero durante la Guerra Civil española se fue a vivir a Paris, donde se relacionó con los surrealistas y se casó con el poeta Benjamin Péret. Luego, cuando la invasión nazi, Remedios Varo se iría a México y se quedaría allá hasta su muerte, ocurrida en 1963, por un infarto.
Lo que me encanta de sus cuadros es que cada uno parece contener una historia, donde su carácter onírico y simbólico estimulan la imaginación del espectador y le plantean un escenario, personajes y situaciones. Podemos imaginarnos el antes, el durante y el después de la escena, el cuadro como una instantánea congelada y enigmática, donde apenas contamos con la pista de un título.
Entre sus símbolos están siempre seres enigmáticos con vestimentas que se funden en otros objetos, ojos o rostros que se asoman desde lugares insospechados, animales (a veces pájaros o gatos, pero también fusiones como humanos con atributos animales o animales con atributos vegetales, como el cuadro de los gatos-helecho).
En conmemoración del centenario de su nacimiento, el Museo de Arte Moderno de México tiene actualmente en exhibición (y hasta el 27 de julio) una retrospectiva con 39 piezas entre acuarelas, dibujos, bocetos y cuadros. Dichosos aquellos que podrán acudir.
Encontré un blog, Remedios Varo: 100 remedios para escapar de lo cotidiano, con anécdotas y comentarios sobre su pintura y también dos páginas (una y dos) con galerías de su obra.
El cuadro que ilustra el post de hoy se llama “La creación de los pájaros”.
Quizás de tanto ver sus cuadros fue que soñé con seis barcos rojos y amarillos muy angostos y altos, que salían hacia el mar pasando por un estrecho de agua entre dos montes muy altos y con una mujer de ropajes extraños que rebotaba un inmenso balón de cristal y el balón ni se rajaba ni se quebraba.
