Abril 24, 2008
De traducciones, correcciones y los prodigios de la memoria
El amigo poeta Guillermo Parra tradujo al inglés mi reciente post “Drive Inn El Flamingo” y lo colgó en su blog Venepoetics. Guillermo, quien ha visitado San Salvador, se sintió identificado con el texto porque le removió una serie de recuerdos personales de Caracas. Me decía Guillermo que admiraba la cantidad de detalles que tenía el texto. Y le confesé en mi respuesta que a mí también.
Nunca he tenido una memoria muy clara de mi infancia, recuerdo las cosas en bloque, a grosso modo. Pero cuando me he sentado a escribirlas, algo extraño ocurre. Quizás la concentración en la imagen visual que guardo en mi memoria me permite recordar detalles que creí perdidos u olvidados por completo. El caso es que la escritura obra como una llave mágica para permitirme recorrer la imagen del recuerdo y ver todo como si lo estuviera viviendo de nuevo.
Al leer el post en inglés me dio una sensación extraña. La misma que me da las veces que he leído cosas mías traducidas a idiomas que puedo leer, aunque es una sensación que me da más con el inglés y también la sentí con algún cuento mío traducido al italiano. La sensación es que estoy leyendo algo escrito por una persona que no soy yo.
Hay un alejamiento abismal del texto, de la circunstancia de la escritura. Una distancia objetiva que me encantaría tener cuando reviso mis escritos. Las más de las veces siento que el texto me gusta mil veces más en inglés o en otro idioma, pero no en español.
Supongo que esta sensación viene de la cantidad de tiempo que uno se la pasa revisando un mismo texto. El ojo, pero también la mente, llegan a saturarse de leer una y otra vez las mismas palabras, a veces obsesivamente, buscando una perfección imposible. Eso nubla la posibilidad de detectar los detalles que no funcionan. Pero en algún momento, por lo menos a mí me pasa, llego al empacho y hay un punto en que ya no puedo volver a leer mi propio escrito.
