Abril 21, 2008
Insomnia
Duermo mal. Me despierto a eso de las 3 de la mañana y no puedo volver a dormir. Doy vueltas en mi cama de prisionero. No miro el reloj. Miro la ventana. El cambio de luz. Oigo roncar a la gata. No cuento ovejas. Repito palabras secretas. Entro en sopor pero sigo conciente. De pronto pienso en alguien. En algo. En pendientes. En lo que haré mañana aunque en realidad ya sea hoy. Horarios, presupuesto, lugares. Imagino.
Miro la ventana de nuevo. La luz ha cambiado. Está más claro. No miro el reloj. Recuerdo todos mis insomnios que son demasiados. Los de niña. El terror que me daba la oscuridad. La nostalgia inexplicable de algún vehículo pasando por la carretera a una hora que me parecía superlativamente tarde. La sombra de luz que los faroles encendidos irradiaban hacia mi cuarto. Y luego la oscuridad. Y el silencio. Y los grillos.
No puedo dormir, pero tengo sueño. No puedo leer. Quiero dormir. No puedo escribir. Quiero dormir. No quiero pensar en nada. Quiero dormir.
Cierro los ojos. Los aprieto. Como si con ello viniera el sueño. Repito palabras mágicas. No cuento ovejas. Oigo a la gata roncar. Oigo al vecino roncar. No miro el reloj. No hace falta. Ya lo sé: es la hora en que los pájaros comienzan a cantar, con el presentimiento del sol en sus plumas.
No alcanzaré a ver la mañana. Sin darme cuenta duermo. Y despertaré sobresaltada al darme cuenta de lo tarde que es.
